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Me voy a tomar unas cervezas con mis amigos. Me cruzo con Miguel y no puedo evitar Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse. Él y la jefa. Si ellos supieran que los vi… Pero, como no quiero pensar en ello, me dirijo hacia mi mesa y mientras enciendo mi ordenador veo que se acerca hasta mí.

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Casi todas en el curro babean por él, pero, no sé por qué, en mí no surte el mismo efecto. Como es de esperar, sonríe, me agarra del brazo y dice… —Venga, vamos a tomarnos un café. Sé que te mueres por un cafetito y una tostada de la cafetería.

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Sonrío yo también. No olvida detalle. De ahí que se lleve a las churris de calle.

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Cuando llegamos a la cafetería de la novena planta, vamos a la barra, pedimos nuestra consumición y nos dirigimos a nuestra mesa. Digo nuestra mesa porque siempre nos sentamos allí. Una parejita gay con la que me llevo muy bien.

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Como siempre hacen, me besuquean el cuello y me hacen reír. Los cuatro comenzamos a hablar e inconscientemente recuerdo lo que vi la noche anterior en el parking. Te noto distraída — pregunta Miguel. Eso me reactiva. Es algo que aprendí a asumir desde que el veterinario me lo dijo, pero aun así me cuesta.

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Me cuesta mucho. De pronto, mi jefa llega, rodeada por varios hombres, como siempre. Miguel la mira y sonríe. Yo me callo. Mi jefa es una mujer muy atractiva. Se cuida como nadie y no falta ni un solo día al gimnasio.

O sea, que le gusta… gustar.

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Vuelvo Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse mí y dejo de mirar a mi jefa para mirar mi desayuno. Los cuatro nos levantamos y salimos de la cafetería.

Debemos comenzar a trabajar. Una hora después, tras hacer las fotocopias Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse y acabar el recurso, me dirijo al despacho de mi jefa. Llamo con los nudillos y entro.

Como de costumbre, me quedo parada ante ella a la espera de sus órdenes. El pelo de mi jefa me encanta, tan ondulado, tan cuidado. Nada que ver con mi pelo moreno y liso que suelo recoger en un moño sobre mi cabeza. Suena el teléfono y antes de que me mire lo cojo.

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Soy Eric Zimmerman. Querría hablar con su jefa. A las dos te espero en recepción para comer. Y tras decir esto, cuelga y me mira.

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Después, reserva para dos en el restaurante de Gemma. Dicho y hecho. Pasados cinco minutos oigo risotadas. A las dos menos cinco, la puerta se abre, salen los dos y mi jefa se me acerca. Y recuerda: estaré con el señor Zimmerman. Cuando la bruja mala y Visit web page se van respiro por fin aliviada.

Me suelto el pelo y me quito las gafas. Después recojo mis cosas y me dirijo hacia el ascensor. De pronto, entre la planta seis y la cinco, el ascensor da un trompicón y se detiene del todo. Percibo que tengo que hacer algo. Vamos a ver. A mí no me gusta nada estar encerrada Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse un ascensor. Me agobia mucho y comienzo a sudar. Después le paso mi botellita de agua a Manuela para que beba e intento bromear con las chicas de contabilidad mientras reparto chicles con sabor a fresa.

Pero mi calor va en aumento, así que finalmente saco un abanico Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse mi bolso y comienzo a abanicarme. En ese momento, uno de los hombres que se mantenían en un segundo plano apoyado en el ascensor se acerca a mí y me agarra por el codo.

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Divertida, me vuelvo hacia él y, de repente, mi nariz choca contra una americana gris. Huele muy bien.

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Perfume caro. Desde luego, es alto, le llego a la altura del nudo de la corbata. También es castaño, tirando a rubio, joven y con ojos claros. No me Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse de nada y, al ver que me mira a la espera de una contestación, cuchicheo para que sólo él me pueda oír. Incluso, como me descuide, me pongo a echar espumarajos por la boca y la cabeza me da vueltas como a la niña de El exorcista.

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Es un milagro escénico esa coincidencia, igual que lo de Borja y Patri, si bien es cierto que para que los milagros ocurran debemos estar predispuestos a ellos. En el caso de Borja y Patri también puede hablarse de altura política. CRISTINA: Una minoría de españoles, agazapada en los bancos, en la gran propiedad territorial e industrial y en los negocios financieros que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes. Gente, pues, para la que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro. AHMED: En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Entre todos esos millones de hombres parados los hay de gran preparación profesional y buenos técnicos en sus respectivas ramas industriales. Se trata de que el nombre descubra nuevas tareas para el hombre. Quien salta a la comba, combate. Quien salta a la comba es un combatiente. Gestiona muy bien la respiración y el esfuerzo físico no le empaña la voz hasta pasado un buen rato. Y cuando se la empaña y pierde el aliento, de mezzo soprano pasa a soprano, soprano que se asfixia. Algo es regular, pero no puede estar. Si hay nada es que algo es que no hay, nada bien que mal, todo mal que bien. Nada de lo que es tiene por qué estar. Nada es lo mismo que el nihilismo, nada es lo mismo que el nihilismo. Es que yo no traje traje. La cama es un límite claro para los actores, no hacen como si no existiera. La perciben y la evitan, a veces la miran con extrañeza, con ira, con pena o con desdén. Mira a la cama. Ofrece su compunción con economía, un tembloroso languidecer. Esperar en un hotel es algo opulento, es una medida de espera muy particular. Para representar regalonamente esa soledad, esa unicidad del que ocupa y espera, a lo largo de la pieza se producen salidas de escena de tres de los cuatro actores ocupantes. Se queda así uno desolado en mitad del pequeño desorden el tiempo que tarda en hacer una breve intervención de texto. Se da un margen de silencio y entonces los otros tres regresan. El solo de Borja es el siguiente. Grandes pensadores hablan de su insomnio y de su permanente recurso a los ansiolíticos y se les percibe como complejas personas a las que sus grandes ideas no les dejan dormir. A mí, en cambio, ante la fatalidad y la pobreza, sólo me asiste el sueño, una enseñanza de contrición, un aprender a morir. Duermo sin necesidad de pastillas una media de diez horas diarias, y el día que no las duermo me siento mal y cansado, y ninguna gran idea sale a mi encuentro. Dormir es inacción, es lucidez, es rebeldía, es el paso previo a la guerra. El sueño que es la salud como el apetito que es la salud, la libido que es la salud, la guerra que es la salud. A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Al empezar la presentación José María Merino informó que Ana María Moix no había podido venir por problemas de salud, transmitía sus excusas desde Barcelona y le deseaba mejoría. Juan reparó en mí cuando ya estaba sentado y sonrió y redondeó los ojos de sorpresa. No esperaba encontrarme. Quien se lo había leído era Ana María. Pero a mí la poesía me abandonó muy joven. Yo defiendo que la poesía no es un género, es una esencia. Para mí la escritura de un cuento es, imagínate, ir de un extremo al otro de esta mesa diligentemente, sin entretenerme en lo que pudiera ir apareciendo en el camino: la botella de agua, el vaso, el micrófono, tu libro… Obviar todo eso y seguir adelante, que es lo contrario que hace uno en una novela. Entonces yo ingenio la venganza de pegar una grabadora a la pared y registrar el llanto del bebé para, dentro de cinco años, ponérselo a los padres todas las noches. Por acostumbrarme me he acostumbrado hasta a los placebos. Dogy y yo nos levantamos y educadamente salimos de la fila para irnos. Cuando estamos en el pasillo central nos acercamos a la mesa como para hacerles una foto a los intervinientes con el móvil. Entonces, sin correr pero sin vacilar para que ni Bonilla ni Merino pregunten ni a los guardias jurado les dé tiempo a llegar, subimos a la tarima. En lo que tardan en llegar los seguratas ya nos hemos sentado a horcajadas y a Merino se le van las manos tímidamente a la espalda de Dogy y a Bonilla no se le van ningunas manos pero se ríe dentro del beso, nos reímos los dos. Entonces y sin transición se apagan todos los focos, de manera que toda la iluminación de la escena es la de la pantalla de televisión. De todas formas la imagen no es lo importante. Lo importante es el audio, que no es el propio de la televisión sino que sale en estéreo por el equipo de sonido del teatro. En esa oscuridad salimos de escena Ahmed y yo, que no nos hemos movido de nuestro rincón en los sesenta minutos que llevamos. Se queda Ana combatiendo y cantando a oscuras. Sobre esas muertes pesa el silencio informativo pero también el de las propias familias, que arrastran muchas veces sentimientos de culpa o de rabia. Es la muerte ignorada. Y si no hablamos, entonces, no vemos la tremenda realidad. Por cada persona que se mata hay treinta que lo intentan. Hay unas causas biológicas innegables, o sea, algo pasa en nuestro cerebro que ya no siente la vida. En el caso de un suicidio cercano la pregunta que siempre queda es por qué. Rabia, culpabilidad, tristeza, duelo. Con consecuencias. A veces lo clavamos y terminamos a la par que el audio. Terminados el reportaje y la canción, el estéreo del teatro se desactiva y el telediario sigue avanzando pero con el sonido integrado de la tele. Los saltos son lo de menos. Los mangos no se agarran con tensión, sólo se sostienen en la mano. Los codos deben estar dulces, amortiguadores. Así los saltos salen silbados, de puntillas. Las agujetas las acabas teniendo en la parte de arriba de los brazos, bíceps, tríceps y deltoides. Entonces entendimos por qué los boxeadores se ejercitaban a la comba. Póster De ThePreppyPagans. Etiquetas: allanamiento, instalando un buen trasero, carga en cuclillas, estilo de vida yoga, sentadilla de aptitud, día de la pierna, aptitud. Instalar un buen trasero Póster De sogimester Etiquetas: culo, romance, letras, en blanco y negro. Tienes un buen trasero Póster De tangledribbons. Copia de buen juego Póster De HighCiti. Póster De OLMontana. 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No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Al empezar la presentación José María Merino informó que Ana María Moix no había podido venir por problemas de salud, transmitía sus excusas desde Barcelona y le deseaba mejoría. Juan reparó en mí cuando ya estaba sentado y sonrió y redondeó los ojos de sorpresa. No esperaba encontrarme. Quien se lo había leído era Ana María. Pero a mí la poesía me abandonó muy joven. Yo defiendo que la poesía no es un género, es una esencia. Para mí la escritura de un cuento es, imagínate, ir de un extremo al otro de esta mesa diligentemente, sin entretenerme en lo que pudiera ir apareciendo en el camino: la botella de agua, el vaso, el micrófono, tu libro… Obviar todo eso y seguir adelante, que es lo contrario que hace uno en una novela. Entonces yo ingenio la venganza de pegar una grabadora a la pared y registrar el llanto del bebé para, dentro de cinco años, ponérselo a los padres todas las noches. Por acostumbrarme me he acostumbrado hasta a los placebos. Dogy y yo nos levantamos y educadamente salimos de la fila para irnos. Cuando estamos en el pasillo central nos acercamos a la mesa como para hacerles una foto a los intervinientes con el móvil. Entonces, sin correr pero sin vacilar para que ni Bonilla ni Merino pregunten ni a los guardias jurado les dé tiempo a llegar, subimos a la tarima. En lo que tardan en llegar los seguratas ya nos hemos sentado a horcajadas y a Merino se le van las manos tímidamente a la espalda de Dogy y a Bonilla no se le van ningunas manos pero se ríe dentro del beso, nos reímos los dos. Entonces y sin transición se apagan todos los focos, de manera que toda la iluminación de la escena es la de la pantalla de televisión. De todas formas la imagen no es lo importante. Lo importante es el audio, que no es el propio de la televisión sino que sale en estéreo por el equipo de sonido del teatro. En esa oscuridad salimos de escena Ahmed y yo, que no nos hemos movido de nuestro rincón en los sesenta minutos que llevamos. Se queda Ana combatiendo y cantando a oscuras. Sobre esas muertes pesa el silencio informativo pero también el de las propias familias, que arrastran muchas veces sentimientos de culpa o de rabia. Es la muerte ignorada. Y si no hablamos, entonces, no vemos la tremenda realidad. Por cada persona que se mata hay treinta que lo intentan. Hay unas causas biológicas innegables, o sea, algo pasa en nuestro cerebro que ya no siente la vida. En el caso de un suicidio cercano la pregunta que siempre queda es por qué. Rabia, culpabilidad, tristeza, duelo. Con consecuencias. A veces lo clavamos y terminamos a la par que el audio. Terminados el reportaje y la canción, el estéreo del teatro se desactiva y el telediario sigue avanzando pero con el sonido integrado de la tele. Los saltos son lo de menos. Los mangos no se agarran con tensión, sólo se sostienen en la mano. Los codos deben estar dulces, amortiguadores. Así los saltos salen silbados, de puntillas. Las agujetas las acabas teniendo en la parte de arriba de los brazos, bíceps, tríceps y deltoides. Entonces entendimos por qué los boxeadores se ejercitaban a la comba. La curva del olvido ilustra la pérdida de retentiva con el tiempo. La velocidad con la que olvidamos depende de varios factores, como por ejemplo, de la carga emocional de un recuerdo. El primer recuerdo que tengo de una casa no es la casa de mis padres; es la casa de la hermana de mi madre. Es una casa grande, con tres habitaciones, un pasillo largo y oscuro, un cuarto de baño con baldosas verdes, una cocina a la que no entro por el temor que me infunde su horno y un enorme salón rectangular con un tigre de porcelana encima de una mesa de cristal. Es un día de verano. Hace calor y todos visten camisetas de manga corta. Mis tíos también. Gateo entre los pies de mis padres. Una silla se mueve y aparecen unas piernas; son las piernas de mi prima. Lleva un pantalón de pijama remangado y puedo verle los tobillos. Su piel es rosada. Sin saber muy bien por qué, me siento atraído hacia su cuerpo, hacia sus rosados tobillos. Despacio, me separo de las piernas de mis padres y me coloco junto a las de mi prima. Las miro en silencio durante un largo rato y después alargo el dedo índice y lo poso delicadamente sobre su tobillo desnudo. Mi prima se asusta al notar el contacto. Yo tampoco. Estoy tumbado en la cama. Es domingo. Suena mi teléfono móvil. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Es un amigo. Me dice que otro amigo ha sufrido un accidente. Un coche le arrolló cuando iba en su moto de camino a casa. Cincuenta y cinco minutos y medio depósito después, consigo encontrarlo. Estaciono en el aparcamiento que hay junto al edificio de urgencias. Camino por un pasillo. Todo es blanco. Llego a la sala de espera. Todos se levantan al verme. Su madre se sienta a mi lado. Doy un sorbo al café. Ella hace lo mismo. Intento que mi frase resulte agradable, en cierto modo incluso esperanzadora, pero no lo consigo. Su madre me mira con desprecio y se levanta. Etiquetas: culo, ghetto, fondo, bebé, desnudo, sexis, niñas, se inclina, tirado, abajo, caliente, ajuste, dulce. Queen Karma: Karma nebuloso Póster De aspiresart. Etiquetas: beso, hermosas, ajuste, familia, negrita, declaración, texto, besos, cómics, graciosas, risa, frases, palabras, sugestivo, culo. Etiquetas: fondo, extremo, culo, pantalones, curva, redondo, melocotón, dama mujer, ajuste, piel apretada, levantar, minge, curvo. La curva dorada Póster De Wheatley. Denim Póster De dreamonix. Modo de ahorro de energía diferido Póster De seanicasia. Etiquetas: luna, culo, fondo, ghetto, gheto, botín, chalado, niñas, mujeres, desnudo, glamour, sexis, caliente, hotty, ajuste, grande, redondo, natural, nublado, noche, shorts cortos, retaco, pantalones cortos, fresco, cortar, revelando, su, dulce, vinilos, carne. Nubes al atardecer 3 Póster De Wheatley. 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Regalé mis libros. Escondía algunos. La señora Dalloway, El maestro y Margarita, Los hermosos años del castigo. Un día me pillaron leyendo en un ascensor. Subía y bajaba, subía y bajaba, hasta que pasaron dos horas y me sacó un técnico. Bueno, eso no sé si lo he leído o me lo he inventado. A la escuela de escritura podía llegar andando. Lo peor no era el ambiente, aunque siempre acababa con las manos viscosas. Una señora me pegó un puñetazo porque le toqué las hombreras. Me angustiaba, sobre todo, la oscuridad. Me había comprado unos zapatos con luces de colores en la suela para caminar tranquila y sortear excrementos. Mi novio Blas se reía de mí y me decía: — Eres fosforita. La escuela de escritura estaba en el centro de Madrid. Cuando yo llegaba con mis zapatos nuevos, se asustaban y empezaban a graznar o yo qué sé. Soltaban el pan y parecía que estuviera nevando. La chica de recepción se llamaba Macarena y me matriculó en dos cursos: uno de técnica y otro de inspiración. Luego se Mi formulario se llenó de pelos. Por un momento, me recordó a Amy Winehouse. Salí de allí. Hacía meses que no lo veía tan alegre. Y yo le respondía: — 7 años, 2 meses y un día. Primero se agotó el sexo, que era como comerse una fruta de un bocado, atragantarse de saliva y alucinar, gritarle al hígado y al esternón, que te mueres de placer y lo absorbes y lo derramas. Entonces solía andar con las piernas mojadas y los labios brillantes. Llevaba unas bragas de recambio en el bolso y el césped era bueno para tumbarse y la arena y los hierbajos y la alfombra y las chinches y el asiento del coche oxidado y los toboganes del parque de Valdebebas. Yo le decía: otra vez y él decía sí y yo volvía a decirle otra vez y él respondía sí y en un minuto se llenaba todo de un olor contaminado que era nuestro. No abríamos las ventanas después del sexo. Ahora la cama huele a crema solar. Paseaba con Blas por las aceras de Gran Vía. Era septiembre: familias, solteros y estudiantes, habían vuelto de sus vacaciones. Los edificios escupían aire recalentado. Escribía con Stabilo Boss y guardaba sus manuscritos en Plastic Folder. Había abandonado su físico para cultivar la mente. Adelgazaba pensando. Sus ojos invadían la clase había espejos en la pared, por lo que estaban en todas partes y en ocasiones, se le caía alguna pestaña gigante encima de la mesa, que me apresuraba a limpiar con la manga del jersey. Ahora que me doy cuenta: el suelo estaba lleno de pestañas. Había sido finalista de muchos premios, pero no había ganado ninguno. En algunas entrevistas le preguntaban acerca de ello. Y contestaba rotunda: — Los premios literarios son un invento de la sociedad moderna. En clase éramos tres: Renata, Yin y yo. Mis compañeras acudían a las clases de Regina desde sus inicios. Mi relato trataba sobre una pareja en descomposición. Quería dejar claro que sólo estaban heridos, no estaban rotos ni desmembrados. Mi idea consistía en comparar los residuos tóxicos con una crisis sentimental: Entre Luis y Laura ya no queda nada. Para despejarse, Laura sale a tirar la basura, todas las noches, agarrada a una bolsa que gotea un líquido que podría ser aceite de ricino. Si alguien pasea por la calle, se aparta de Laura. A nadie le gusta caminar al lado de una mujer triste con una bolsa de basura. Por una de las rendijas, asoma una cabeza de sardina. Por eso tarda horas en regresar y porque fuma. No quiere que Luis piense que prefiere tirar la basura antes que cenar con él. Eso haría que la relación se desmoronase. De tanto tirar la basura, Laura se ha hecho amiga del basurero: Ron de las Heras. Los dos hablan de belleza. Ron le cuenta a Laura que el camino al vertedero es largo y tortuoso. Cada semana tiene que ir y descargar toneladas de mierda. La mierda, le confiesa, se pega y se amontona. Eso hace la mierda. Ron, con sinceridad, le cuenta a Laura cómo se vive entre la mierda. No es algo de lo que esté orgulloso, aunque con ella se siente a gusto. El cielo siempre pesa. Regina no me dejaba terminar los textos. Prefería callarme y argumentar: — Lorna Garrido, atiende bien. Tus puntos débiles son: 1. El mal gusto. La emoción reprimida. Una cierta confusión existencial. Anoté mis puntos débiles en el cuaderno. Primero había que mejorar a la persona para que mejorara su escritura. Una simple cuestión de estilo: maniquíes en ruinas. No sabes —me comentaba— lo que me cuesta apuntar a personas a sus clases. Ella quiere artistas. No le gustan los escritores recién llegados. La consecuencia es que, desde hace meses, no hablaban. Aparecían, pagaban y se iban. Estuve dos horas sentada en un bordillo. Mis zapatos con luces se volvieron locos, la luz pegaba en el techo y no había cobertura. Tenía que escribir. Llenaría cuartillas de tinta. Transformaría mis puntos débiles en tesoros de ultratumba. Mañana me leería Regina. Mi obligación era solucionar problemas importantes: la relación entre Ron de las Heras y Laura. Estaban en mi texto. Y me gritaban. Me pidieron un cigarro y a cambio, me ayudaron a salir. Me escrutaba a lo lejos. Lo que realmente ansiaba era descansar y escribir a la vez. Una mañana, tras un sueño intranquilo, Lorna Garrido se despertó convertida en un monstruoso insecto. Había fantaseado mucho con esa frase. Qué insecto sería yo. Con alas, antenas, mediano, tal vez venenoso. Porque si Gregor Samsa era una cucaracha o escarabajo, ese bicho ya estaba cogido. Yo creo que sería una oruga, generadora de urticarias, con huevos rotos en mi vientre. O ni siquiera tendría vientre. Sería un insecto peludo a los que nadie se acerca, ni los niños valientes. Estaba perdiendo el tiempo. Cómo le iba a contar un suceso metafísico a Blas, que me había preparado un pincho de tortilla y me esperaba desde hace horas, puesto que aquel día cumplíamos 7 años, 2 meses y 2 días y un vino y besos cortos y espaciados que no sabían a nada. Hacía años que no teníamos relación. Nos habíamos distanciado porque yo no quería tener hijos y no sabía cómo zanjar el tema. Se lo advertí con la voz ronca: — Que no me gustan los niños y menos las niñas, con sus lacitos. Una vez me fumé un puro delante de ella. Un habano grande y gordo, sentada con las piernas abiertas en la silla ortopédica. Salía un humo descomunal, que se retorcía en el aire Mi madre comenzó a toser y amenazó con llamar a la policía. Tras la discusión, le escribí una carta en la que manifestaba mi cansancio, el horror de las peleas, las arrugas de amargura que se nos quedaban después de odiarnos tanto. Se llevó la carta, una foto mía vestida de primera comunión y dio un portazo. Desde ese día la puerta no cierra bien y entra un viento frío. Fue una época difícil porque sólo tenía veinte años y un título irrisorio: periodismo, sin terminar. Empecé a trabajar de acomodadora en un cine para adultos. Lo que encontraba en los asientos, después de la película, no lo puedo describir. El mejor momento del día era cuando apagaba las luces. Crecer es apagar interruptores. En cuanto a la escritura, me iba muy mal. No me concentraba en casa. Blas me vigilaba por encima del hombro. Ron le propone a Laura visitar el vertedero con él. Una cita diferente, como quien va a un museo. Cuando ella se sienta libre y confiada. Antes de precipitarse, Laura le advierte a Ron que es sensible a las acumulaciones. Me recuerdan a mi habitación de niña: grande y desordenada; una parte con juguetes y el resto abarrotado con cosas de adultos. Mis pinturas estaban al lado de una aspiradora. Si mis padres compraban una caja de clavos o una cafetera y no cabía en el comedor o en el despacho, la dejaban en mi cuarto. Mi habitación nunca fue un paraíso infantil. Se fue convirtiendo en un trastero. Ron le cuenta la verdad a Laura: en el vertedero hay plagas de moscas y buitres con los ojos furiosos. Puede que pisen ratas. Es un psicópata disfrazado. Durante aquellas tardes, traté de convencer a Blas de que Ron de las Heras no existía, aunque tenía el pelo rizado y una sonrisa atractiva. Era un personaje de ficción. Un basurero poético. Ponte en mi lugar: sales a tirar la basura y es el mejor momento del día. La negrura de la noche, una estrella solitaria que se esfuerza en brillar y una gran conversación filosófica, sobre grasa y humanidad. Blas tenía inseguridades y me espiaba. Yo escribía nuevas frases del relato —se iba a titular Las suciedades— y él se acercaba con autoridad al ordenador. No me quedaba otro remedio que parar de escribir. Se notaba que no le gustaba la trama y ponía cara de derrota deportiva. La misma que cuando no recordaba nuestro aniversario. Podría calificarla de cercana. Nos sentamos juntas. Antes nos separaba un buen tramo de mesa. Por fin conseguimos cruzar las miradas. Leyó mi texto y no le pareció mal: una visita al vertedero le resultaba inquietante. Se vuelven contra ti. Se estremecen. Y escribes, a pesar de ello, con heridas en los dedos, la dentadura apretada y desafiando una ley gravitatoria que consiste en emular a las grandes obras literarias. Hay que buscar la devastación de uno, los golpes espirituales que se disuelven en el cuerpo y no son palpables, pero de repente, aparecen materializados y bruscos como una sacudida de toro. Ahí es donde Regina se cansaba de dilucidar. Se hundía en el asiento y sus ojos se tornaban oscuros y chinescos. Llevaba un espray con agua termal y lo agitaba con fruición. Le seguían preocupando mis puntos débiles. Se levantaba, gruñía, daba vueltas alrededor de la clase. Su médico le había mandado ejercitar las piernas. No estaba avanzando y mi cuerpo me pedía abandonar la clase. Dejar la escritura. Despedirme de Regina y de sus ojos grandiosos. Pero Regina me abrazó. Mis espacios residuales resistían y ella se ablandaba. Se estaba convirtiendo en esa almohada humana que son las personas. Quiero decir, las personas sensibles. Yo publiqué mi primer libro así: entre sesiones de encierro y acupuntura. Regina admiraba mucho a Marguerite Duras. Ambicionaba ser como ella, su lucha kilométrica, y pasaba semanas en casa, sola y olvidada, con una botella de vino. Ya casi no veía a Blas y tuvimos una discusión tremenda porque los dos queríamos tirar la basura. Él me echaba en cara que estaba perdiendo el norte. Icebergs puntiagudos, medio resquebrajados, flotando a la deriva..

Pero lo gracioso es que lo abre y me lo mete en la boca a mí. Lo acepto soprendida y, sin saber por qué, abro otro chicle y hago la operación a la inversa. Él, divertido, también lo acepta.

Miro a Manuela y compañía. Siguen histéricas, sudorosas y descoloridas.

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Veo que el hombre me mira sorprendido. Yo me retiro el pelo del cuello y se lo enseño. Él asiente y yo me rasco. Y ni corto ni perezoso se agacha y me sopla en el cuello.

Me tapo el cuello e intento desviar el tema.

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Eso me hace sonreír. Éste no conoce a mi jefa.

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No Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse extraña. Mi empresa es alemana y teutones como aquél pululan todos los días por click. Pero, sin poder evitarlo, lo miro con una sonrisita maliciosa. Entonces él, con gesto serio, se encoge de hombros.

Sin inmutarse, él parece leerme la mente y se acerca de nuevo a mi oreja, poniéndome la carne de gallina. Yo lo imito y me doy la vuelta para no tener que verlo.

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Miro el reloj; las tres menos cuarto. Ya he perdido tres cuartos de hora de mi comida y ya no me da tiempo a llegar al Vips. Pararé en el bar de Almudena y me comeré un bocata.

De pronto, las luces Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse encienden, el ascensor reanuda su marcha y todos en su interior aplaudimos. Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse el ascensor llega a la planta cero y las puertas se abren, Manuela y las de contabilidad salen de su interior como caballos desbocados entre chillidos e histerismos. Cómo me alegro de no ser así. La verdad es que soy un poco chicazo. Mi padre me crió así. Sin embargo, cuando salgo, me quedo parada al ver a mi jefa.

De pronto, mi cabeza rebobina. Me pongo como un tomate y me niego a mirarlo a la cara. Deseo escapar de allí cuanto antes, pero entonces siento que alguien me agarra del codo. Ella es mi secretaria. Mi continue reading se cansa de no sentirse la protagonista del momento y lo agarra posesivamente del brazo, tirando de él.

Como si me hubieran plantado en el vestíbulo de la empresa, yo levanto mi cabeza y sonrío.

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Instantes después, aquel impresionante hombre de ojos claros se aleja, Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse, antes de salir por la puerta, se vuelve y me mira. Noto que levanta la vista y me mira, pero yo me hago la sueca. No me apetece saludarlo. Lagarto, lagarto… Pero la verdad es que este hombre me pone nerviosa. Tengo razón.

Tengo que trabajar. Durante el día vuelvo a coincidir con él en varios sitios.

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Intento esconderme tras la pantalla del ordenador, pero es imposible. Él siempre encuentra la manera de cruzar su mirada con la mía. Cuando salgo de la oficina, me voy directa al gimnasio. El señor Zimmerman, ese guapo jefazo con el que he comenzado a soñar y al que toda la oficina venera y lame el culo, aparece por todos los lados por donde me muevo, y eso hace que me ponga nerviosa.

Es serio, borde y apenas sonríe. Pero noto que Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse busca con la mirada y eso me desconcierta.

Los días van pasando y, finalmente, una mañana cruzo un par de sonrisitas con él. Me tiene totalmente controlada.

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Por si fuera poco, cada día que coincido con él en la cafetería me observa… me observa… y me observa. Hoy estoy liadísima con cientos de papeles que la tiquismiquis de mi jefa me ha pedido.

Sexlegetoj tilbud p pHinweis: Hot Milf Frau Sex verlässt Pornhub. p pHinweis: Hot Milf Frau Sex verlässt Pornhub. Sexi link. Coge mis caderas con sus fuertes manos. Abro los ojos y lo miro. Es un dios y yo me siento una simple mortal entre sus manos. Ver su expresión y su fuerza me enloquece. Tras varios envites que me rompen por dentro y me revuelven por completo, Eric cierra los ojos y se corre tras un gruñido sexy, mientras me aprieta contra él. Finalmente cae sobre mí. Le acaricio la cabeza, que reposa sobre mi cuerpo, con mimo y aspiro su perfume. Es varonil y me gusta. Noto su boca sobre mi pecho y eso también me gusta. No quiero moverme. No quiero que él se mueva. Digo que sí con la cabeza. Él sonríe. Instantes después veo que se levanta y se marcha de la habitación. Oigo la ducha. Deseo ducharme con él pero no me ha invitado. Me siento en la cama sudorosa y veo en mi reloj digital que son las siete y media. Minutos después aparece desnudo y mojado. Me sorprendo al darme cuenta de que coge los calzoncillos y se los pone. Os mandaron a casita. Eric me mira y añade: —Sabemos perder, te lo dije. Sigue vistiéndose sin inmutarse por lo que le acabo de decir. Irritada por su falta de tacto, tras lo que ha ocurrido entre nosotros, me pongo la camiseta y las bragas. Eso lo sorprende. Eso me avergüenza. Acabo de dejar constancia de que soy una fisgona. Soy tu jefe. Con un descaro increíble, lo miro, me encojo de hombros y respondo: —Pues me lo da, seas mi jefe o no. Me levanto de la cama y camino hacia la cocina. No responde. Sólo me mira, desafiante, con los ojos entornados. Furiosa lo empujo y salgo de la cocina. Quiero que te vayas de mi casa. Me mira con un gesto que me impulsa a partirle la cara. Me contengo. Quedé en que te enseñaría a utilizar el vibrador. Dice eso y se queda tan pancho. Simplemente quería ser el primero en hacerlo. No me creo nada de eso. Pero he sido el primero que ha jugado con un vibrador en tu cuerpo. Escucharlo decir aquello me excita. Me calienta. Pero no estoy dispuesta a caer en su influjo. El sexo es algo estupendo en esta vida y siempre lo he disfrutado con quien he querido, cuando he querido y como he querido. Y tiene razón, señor Zimmerman. Le tengo que dar las gracias por algo. Gracias por alegrar mi vida sexual. Lo oigo resoplar. Lo estoy cabreando. Lleva el otro vibrador que te he regalado siempre en el bolso. Eso me descoloca. Malhumorada, me dispongo a sacar a la arpía mal hablada que hay en mí, cuando me coge por la cintura y me atrae hacia él. No puedo hacer eso. Es el señor Zimmerman y me gusta mucho. Entonces, me coge de la barbilla y me hace mirarlo a los ojos. Y antes de que pueda hacer o decir nada, saca su lengua y me la pasa por el labio superior. Quiero que se vaya de mi casa. Pero mi cuerpo no responde. Se niega a hacerme caso. Convencida de que sólo puedo contestar que sí, asiento y él, sin miramientos, me da la vuelta entre sus brazos. Me hace caminar ante él hasta el aparador de mi habitación. Me planta las manos en él y me inclina hacia adelante. Después me arranca las bragas de un tirón y yo gimo. No puedo moverme mientras siento que saca la cartera de su pantalón y, de su interior, un preservativo. Se quita el pantalón y los calzoncillos con una mano, mientras con la otra me masajea las nalgas. Cierro los ojos, mientras imagino que se pone el preservativo. No sé qué estoy haciendo. Sólo sé que estoy a su merced, dispuesta a que haga lo que quiera conmigo. Eso me aviva. Luego, me da un azotito exigente. Me agarro al aparador y siento que las piernas me flojean. Él debe notar mi debilidad porque me agarra por la cintura con las dos manos de modo posesivo y comienza a bombear su erecto pene con una intensidad increíble dentro y fuera de mí. Una y otra vez. De pronto, las embestidas paran de ritmo y su mano abandona mi cadera y baja hasta mi vagina. Mete los dedos en mi hendidura y me busca el clítoris. Le digo que sí. Quiero que lo haga. Quiero que lo haga ya. No quiero que se vaya. Él lo sabe. Lo intuye y pregunta cerca de mi oreja con su voz ronca. Una nueva embestida hasta el fondo. Jadeo por el placer. Mi mente funciona a una velocidad desbordante. Sé lo que quiero, así que, sin importarme lo que piense de mí, suplico: —Quiero que me penetres fuerte. Quiero que… Un grito escapa de mi boca al sentir cómo mis palabras lo avivan. Lo siento jadear. Lo vuelven loco. Agotada y satisfecha, me agarro con fuerza al mueble. Lo siento apoyado en mi espalda y eso me reconforta. Al cabo de un rato me incorporo y suspiro mientras me doy aire. Tengo calor. En esa ocasión soy yo la que se marcha directa a la ducha, donde disfruto en soledad de cómo el agua resbala por mi cuerpo. Sólo espero que él no esté cuando salga. Mi gesto es un poema. Lo miro. Me mira y, cuando veo que él va a decir algo, levanto la mano para interrumpirlo: —Estoy cabreada. Y cuando estoy cabreada mejor que no hables. Me toma de la mano. Lo carbonizo con la mirada. Me suelta. Le voy a… Le voy a dar un guantazo. Pero regresaré mañana a la una. Con un gesto serio que incluso el mismísimo Robert De Niro sería incapaz de poner, lo miró y gruño: —No. No me parece. Que te enseñe Madrid otra española. Y vuelve a hacerlo. Abro la boca estupefacta y resoplo. Quiero mandarlo a que le den por donde amargan los pepinos, pero no puedo. El hipnotismo de sus ojos no me deja. Finalmente, mientras tira de mí en dirección a la puerta dice: —Que pases una buena noche, Jud. Y si me echas de menos, ya tienes con qué jugar. Poco después se va de mi casa y yo me quedo como una imbécil mirando la puerta. Miro el reloj de mi mesilla. Las once y siete. Me tumbo de nuevo en la cama. Mi sobrina Luz. Maldigo en silencio, pero luego miro a la pequeña y la agarro para besarla con amor. Adoro a mi sobrina. Pero cuando mis ojos se cruzan con los de mi hermana, mi mirada dice de todo menos bonita. Veinte minutos después y recién salida de la ducha, entro en el comedor en pijama. Mi hermana me mira y pone un café ante mí. Pero no, esto no va a quedar así. Te juro que voy a contratar al mejor abogado que encuentre y le voy a sacar hasta los higadillos por cabrón. Te juro que… Necesito un segundo. Tiempo muerto. La pequeña desaparece de nuestra vista. Eso me deja patitiesa. No sé qué decir. Efectivamente, se dice que uno de los síntomas para desconfiar en un hombre es ése. Pero claro, tampoco se puede decir que eso sea una tónica general en todos. Y menos en mi cuñado. Que no, que no me lo imagino. Eso quiere decir mucho. Pensar en mi cuñado en plan caliente no me apetece. Al escuchar eso creo morir. Salto de la encimera y se lo quito. Menos mal. En las bragas. La pequeña suelta una risotada y yo me parto. Bendita inocencia. Mi hermana nos mira y mi sobrina dice: —Tita, no te olvides de la fiesta del martes. Mi sobrina me mira con sus ojitos castaños, tuerce la boca y dice: —He discutido otra vez con Alicia. Es tonta y no la pienso ajuntar en la vida. Alicia es la mejor amiga de mi sobrina. Pero son tan diferentes que no paran de discutir, aunque luego no pueden vivir la una sin la otra. Yo soy su intermediaria. Luz resopla y pone sus ojitos en blanco. Me llamó tonta y cosas peores y yo me enfadé. Pero ayer me trajo la película, me pidió perdón y yo no la perdoné. Mi canija y sus grandes problemas. Lo pensaré. Segundos después la pequeña desaparece en el interior de mi piso. Eso me alegra. Media hora después, tras haber despotricado todo lo habido y por haber contra mi cuñado, mi hermana y mi sobrina se van y me dejan tranquila en casa. Las doce y cinco minutos. No pienso salir con él. Que salga con la que tuvo la cita anoche. Voy a mi habitación, cojo mi móvil y, sorprendida, me doy cuenta de que tengo un mensaje. Es de Eric. A la una paso a buscarte. Este tío es de todo, menos bonito. Y, antes de que le conteste, mi móvil pita de nuevo. Mi móvil inmediatamente pita de nuevo. Dejo el móvil sobre la encimera, pero suena de nuevo. La primera, enseñarme Madrid y disfrutar del día conmigo. Y la segunda enfadarme y soy tu JEFE. Su abuso de autoridad me enardece pero me excita. Con las manos temblorosas, vuelvo a dejarlo sobre la encimera. No pienso contestarle. Enfadada, maldigo por lo bajo. Me lo imagino sonriendo mientras escribe aquello. Suelto el teléfono. No pienso contestar y tres segundos después vuelve a pitar. Desesperada, me acuerdo de todos sus antepasados. Espero su respuesta, pero no llega. Convencida de que me estoy metiendo en un juego al que no debería jugar, me preparo otro café y, cuando miro el reloj del microondas, veo que marca la una menos veinte. Sin tiempo que perder, corro por la casa. Me sujeto el pelo en una coleta alta y a la una suena el telefonillo. Convencida de que es él, no contesto. Que vuelva a llamar. Diez segundos después lo hace. Te espero. Ni buenos días, ni nada. Tras besar a Curro en la cabeza, salgo de mi casa deseosa de que mi aspecto con vaqueros no le guste nada de nada y decida no salir conmigo. Pero me quedo a cuadros cuando llego a la calle y lo veo vestido con unos vaqueros y una camiseta negra junto a un impresionante Ferrari rojo que me deja patidifusa. La sonrisa vuelve a mi boca. Se encoge de hombros y no contesta. No seas aguafiestas y déjame. Mi padre tiene un taller y te aseguro que sé hacerlo. Eric me mira. Yo lo miro también. Él resopla y yo sonrío. Finalmente niega con la cabeza. Mientras él conduce, disfruto del hecho de ir en un Ferrari. Me encanta esa canción de Juanes. Él la baja. Vuelvo a subirla. Él vuelve a bajarla. Eric toca mi mano. Con la fuerza de mi voz camino gallardo, atronando al mundo, con veintidós años. Mi alma no tiene una sola cana ni tiene ternura senil. Soy dispar a los ilustres. Me importa un bledo que Homero y Ovidio no tengan nombres manchados de hollín. No mendiguemos del tiempo el perdón. Nosotros, uno a uno, somos las correas de transmisión de los mundos. Yo, escarnecido por la estirpe de hoy, como un chiste obsceno, veo a alguien que nadie ve remontando las cimas del tiempo. El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. JOSE: Creo que no. Creo que en esto reside todo mi interés. Y en las cosas sobre las que escribo. El amor, las canciones, las calles, los rostros, las ciudades, los niños. JOSE: Ah, es usted ruso. BORJA: Pero sólo me pongo a escribir cuando todas esas cosas han ido subiendo en mi interior al nivel de las palabras. JOSE: Yo soy maestro pintor, escultor y arquitecto. Pinto vírgenes, cristos y santos, esculpo vírgenes, cristos y santos, y diseño catedrales. JOSE: Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo siempre que tengo oportunidad les enseño la espada a los pintores malos. Ya me habría gustado, ya. A quien maté fue a mi mujer. Yo a las mujeres sólo las mato en mis textos. Bueno, a las mujeres y a los hombres. JOSE: Es usted inteligente. BORJA: A mí me los puede contar, no me espanto por nada, y menos por las razones por las que se mata a una mujer. JOSE: Siempre son las mismas. A lo que le digo que oidores puede hacerlos el rey del polvo de la tierra, pero sólo a Dios se reserva el hacer un Alonso Cano. JOSE: Me cago en su puta madre. Yo le digo que la poesía es como la extracción del radio: un gramo de producto por un año de trabajo. Pero no se entera. JOSE: De qué se van a enterar los del fisco. Por emplear un lenguaje que él pudiera entender, le hago la comparación de que la rima es un barril de dinamita y la estrofa es la mecha. Se consume la estrofa, estalla la rima, y la ciudad revienta como un verso. Y entonces tengo que lanzarme a viajar, ciudadano inspector, haga frío o calor, y para eso tengo que trabarme de anticipos y préstamos. Soy deudor de los lampiones de Broadway, de los cielos de Bagdadí, del ejército rojo, de todo sobre lo que no tuve tiempo de escribir. JOSE: Muy bien dicho. Hamletada Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos. Sara valora por ejemplo que te quedes pensando. Iba de una mujer a la que le gusta que los hombres la dominen. Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no actuando sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente. Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces de nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Se lo hizo a Ester, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García. Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone. Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos. El problema con el nazi y el violador no era que fuesen un nazi y un violador respectivamente, el problema fue que se volvieron pesadísimos. Si hubiera añadido gracias alguien se habría reído, o no sé, porque el círculo se había quedado patidifuso, sobre todo los curiosos para quienes existe una curiosidad permitida y otra no. Pepe dijo que prefería no contestar a la pregunta, con lo cual la pregunta quedaba contestada, y aunque no hubiera quedado contestada lo importante era hacer la pregunta. Piqué, claro. Dije que cada vez que uno de los presentes hablaba yo me construía un castillo de prejuicios hacia él y que de momento todas esos prejuicios estaban siendo malos, no porque él o ella fuera efectivamente malo, aunque por supuesto alguien malo habría, sino porque estaban hablando demasiado y sin decir nada porque ésta no es la manera de hablar, esta es una manera completamente forzada. Ahora sé, porque me lo demostraron en el trascurso de los ensayos, que en ese momento me gané recelosos como Borja y el propio Pepe, pero también desperté simpatías inmediatas como la de Ahmed, que la hizo explícita saliendo sutilmente en mi defensa. Así me calló la boca y me provocó las ganas de llorar, que me aguanté hasta la hora de la pausa. Pepe sudaba como un cerdo, tenía piel de cera y ojos azules saltones, y una media melena que empezaba a clarearle por la coronilla. Era un gordo que estaba adelgazando a toda velocidad, es decir un flaco blandengue. Yo tenía la camiseta empapada no de mi sudor sino del sudor de Pepe, y a mí eso no me da asco, lo que me da asco es que sea un sudor completamente enmascarado, no de alguien que se echa desodorante para no oler mal sino de alguien que no quiere oler en absoluto, de alguien acomplejado que quiere pasar desapercibido. Y la frase de Pepe no me habría dado asco y yo no habría empezado a presumir sus trastornos sexuales si en lugar de decir pelitos hubiera dicho pelos, simplemente pelos, los pelos de mi trenza. Pero dijo pelitos, y esa guarrada diminutiva dicha a una desconocida no indica que te la quieras ligar por la vía guarra, indica que la quieres humillar. A mí me entra un tío diciéndome te quiero reventar ese culo o ese culazo que tienes y vale, puedo recoger el capote o puedo decirle no gracias. Pero me entra diciendo te quiero reventar ese culito que tienes y le doblo la cara por grosero. Estoy harta de verlo en Derecho Penal. Las víctimas relatan las perversiones de sus acosadores y todos usan diminutivos: voy a follarte por todos tus agujeritos, enséñame esas tetitas, te lo vas a tragar enterito, este dedito adónde va, y así. En los primeros meses de montaje de Zwölf, cuando todavía ni tenía nombre y los ensayos consistían en largas discusiones sobre la falibilidad del lenguaje y por tanto del derecho y por tanto de la democracia, desbarrando en torno a Habermas y Murakami, Pepe defendía cierta bondad ilustrada y hippy. El pueblo no sabe que sabe pero sabe, decía, y decía que esa era una frase de Séneca y que si Jose iba a parafrasear a Le Corbusier y yo a Emily Dickinson él quería ir de Séneca, toga senatorial incluida. Esto era coherente con mis otras sospechas: sólo alguien a quien le repugna su propio sudor puede querer interpretar a Séneca. En una de aquellas largas disquisiciones que nos ocupaban tardes enteras, Pepe nos habló de una obra de teatro que había visto. En un determinado punto de la narración empezó a hacer gestos raros y a balbucir. Entonces los actores… Los actores se ponen. Follando, Pepe, terminé yo la frase. Sí, eso, follando, admitió con su cara de cera de un rojo reluciente, como una manzana de cera de expositor. Eso era concluyente. Una noche después de los ensayos me preguntó con su amabilidad habitual dónde vivía, él iba en la misma dirección, había que hacer grupo. Me negué a ensayar la escena de desnudo con Pepe delante y convencí a Patri para que se uniera a mi renuncia. Todavía no conocía a Patri y la trataba con distancias porque me parecía demasiado alocada, pero en esto hicimos piña. En lugar de ensayar el desnudo la tarde que nos correspondía llevé otra propuesta. Hamletada lo llamé para mis adentros. En ese fragmento Garibaldo regresa de América a su pueblo natal en Italia, un pueblo costero, es la posguerra mundial y su amor de juventud, Esperia, lo espera desde hace diez años en una casa de la playa. Esperia había sido novia de los hermanos de Garibaldo y Garibaldo acabó por gustarle también, y viceversa, inercias familiares de éstas de Tabucchi, pero Garibaldo y Esperia nunca han sido novios, ni se han besado ni se han acostado ni nada, pero se han estado escribiendo cartas de amor y reproches todos esos años. La violó dulcemente entre las redes y las sogas podridas. Adapté el texto a primera persona de manera que la voz del narrador coincidiera con la de Garibaldo, para que donde decía En cuanto Garibaldo regresó fue a desatar el pasado de Esperia, dijera En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Y para que donde decía La violó dulcemente dijera La violé dulcemente, y me propuse a mí misma como Esperia y a Pepe como Garibaldo, que aceptó encantado de que alguien lo incluyera en una de sus improvisaciones. En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Lo hice como me dictaba la naturaleza: con el ímpetu de una adolescencia incongruentemente reciente. Para llegar hasta la casa de la costa recorrí a pie el mismo camino que habían hecho mis hermanos todos los domingos. Era mayo y las retamas amarilleaban las dunas. Las redes, abandonadas en los cañizos y acostumbradas a la tierra, se habían convertido en vegetales; nacían en ellas campanillas rosadas, carnosas, que casi parecían ombligos. Esperia, cuando me vio en el umbral, comprendió para qué había vuelto, recitó Pepe engolando voz de Serrat, qué malo era, y nos pusimos de frente. La mano le chorreaba. Entonces cerró los ojos, se rio y se salió de la escena. Perdón, ay, lo siento, se excusó. Me he puesto nervioso, repetimos. Pues claro que se había puesto nervioso el hijo de puta. No pasa nada, Pepe, repetimos. Pausa para cogerme la mano, pauta por él introducida. Acto seguido hizo su pregunta de rigor: Por qué has elegido este texto. Yo continué con la milonga de las inercias familiares, satisfecha. Pepe dejó de acudir puntualmente a los ensayos hasta que dejó de venir, y nunca vimos su improvisación de Séneca. Pero qué hilo, si yo en mi vida he puesto por escrito los montajes, nos decía Sara que no se atrevía a decirle. Los abuelos de Walter eran alemanes establecidos en Brasil, donde sus padres y él habían nacido, y esta vez la pregunta que había que hacer estaba clarísima y la mentirijilla que nos iba a responder también: después de la guerra Alemania estaba destrozada, emigraron para buscarse la vida. No tuvo huevos de hacer de Hitler en Schweyk en la segunda guerra mundial, de Bertolt Brecht, cuando se lo propusimos en otra hamletada. El verdadero reencuentro Borja no recita el poema, lo dice. No lo dice coloquialmente, como si no le diera importancia a su contenido, pero tampoco imposta afectación a su significado. Tampoco lo larga como un autómata. Nuestra aspiración es reproducir en tanto que opuesto a recitar. Nuestra aspiración es que Borja no recite sino que reproduzca el poema, que lo reproduzca en el sentido biológico del término, aquél de la EGB de los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, o sea que no reproduce el poema sino que reproduce al poema. Borja es el semental que viene a fecundar al poema. El poema se reproduce a sí mismo, se preña de él mismo y se pare a sí mismo. Esto podría dar la idea de que Borja va de médium, del rollo de que no es él quien dice el poema sino que es el poema el que se dice a través de él, pero tampoco es eso. Borja es importante, es el semental, el resucitador si se quiere, porque el poema es palabra muerta en tanto que palabra impresa, poema bueno poema muerto. La relación se establece entre el actor y el texto, no entre el actor, el texto y el escritor. En tanto que sementales o resucitadores, somos implacables con los autores: si usted, en tanto que escritor, ha decidido matar sus palabras y llevarlas a un taxidermista, no espere que dentro de cien años nosotros, después de haber elegido a su lechuza disecada de entre. Durante el poema se oye otro ruido limpio, de ritmo alegre. Un instante antes de que Borja empiece se oyen dos series de golpecitos, ese es su pie para arrancar. Viste pantalones y camisa celestes. Los zapatos de todos nosotros son de piel con cordones, sin brillo y con suela de goma, que no hace apenas ruido al andar. Nadie ha andado todavía. Quienes las adopten se condenan sin remisión a un limbo permanente, a una eterna infancia de imbéciles y castrados. La primera. A la política, pues, no en papel de rivales de estos y aquellos partidos, sino en rivalidad permanente y absoluta con el sistema entero. Política contra las políticas. Partido contra los partidos. Así tienes menos opciones de meter la pata, le respondió Dogy una vez, y él se ofendió. Hay una bandolera sobre la mesa de la televisión y una mochila al lado de la bolsa de viaje del suelo. Hay una chaqueta encima del escritorio en el que apoyan el codo Borja y Jose, y otra en el sillón correspondiente al reposapiés. En la mesita de noche de al lado de Patri hay una funda de gafas y un paquete de klínex, y un klínex usado en el suelo. DOGY: Qué malo eres. Es verdad, he tenido una historia paradójica, porque mi corazón siempre estuvo ocupado por mi amor frustrado por ti, me quedaba sólo un espacio limitadísimo para una compañía. Es tarde, tienes ganas de desear, mira que el tiempo de la vida no va al mismo ritmo que el tiempo del deseo, en un día pueden pasar cien años. DOGY: Yo ya había intuido que volvería a encontrarte, volvería a encontrarte en esta noche veraniega que preveía en mi carta. No la recibí nunca. DOGY: Mi carta no hablaba de la noche de junio que me llevaste al hotel, allí no hubo un verdadero reencuentro. JOSE: Y sin embargo te follé toda la noche. DOGY: Qué vulgar eres. DOGY: Tristano es un nombre falso, un nombre artificial, no me gusta, suena a nombre de otro. AHMED: Al convertirse las juventudes en sujeto primordial de la historia, la época adopta necesariamente perfiles revolucionarios. Antes aludimos a las épocas por esencias conservadoras y tranquilas, en las que realmente. Y es que al pasar la juventud a ser la fuerza motriz decisiva, al convertirse en sujeto creador, su misión, que en otras épocas parece casi inexistente como tal, se agiganta y dilata de un modo extraordinario, ya que es de hecho la misión misma de la humanidad en aquella hora. Es en definitiva un descontento, un desplazado, un insatisfecho. JOSE: Rosamunda, no te lo había dicho nunca. Mi padre se llamaba Tristano y yo no estoy bautizado. DOGY: Yo, en cambio, sí. En el monte te parecía una soldado implacable, pero no lo era, porque soy una buena cristiana y sé bien que no hay que desear a la mujer del prójimo. Mientras Dogy y Jose conversaban y ejecutaban pequeñas acciones para acomodarse a la habitación, Borja y Patri han empezado a deambular y a acudir a las mismas maletas que Dogy y Jose, Patri a la que había abierto Dogy y Borja a la que había abierto Jose, pero. Al igual que Jose y Dogy, ejecutan pequeñas acciones para acomodarse a la habitación, pero no los imitan. El primer gesto de Patri cuando sale de su quietud es recoger el klínex usado del suelo, el primero de Borja retirarse el flequillo. Ana se descruza la cuerda del pecho y se desplaza en cuatro saltos de comba hasta ponerse en el otro extremo del telón de fondo, delante del armario, que la enmarca, y vuelve a cruzarse la cuerda. Nadie ha tocado la cama todavía. Y ello por una razón doble: frecuentemente ocurre que no hay sitio para los jóvenes, que no se les acepta con facilidad, y que su primera impresión, por tanto, consiste en la angustia de verse sin solicitaciones justas, casi en un papel de residuo histórico. Yo no iba a venir Me invitaron a formar parte de una mesa redonda en la feria del libro. Era la primera vez que me invitaban a participar en una mesa redonda sobre literatura, no a leer mis cosas y a hablar de cómo las escribo, sino a hablar de literatura, con lo poco que yo sé de literatura. Todos mis conocimientos literarios son sospechas, yo me acerco a la literatura sospechando. A la literatura y a casi todo. La sospecha debería considerarse otro método científico como el inductivo, el deductivo y el abductivo, inducción, deducción, abducción y sospecha. Estaba ilusionada y un poco temerosa porque no sabía si iba a estar a la altura de la mesa. El email por el cual me invitaban decía lo siguiente: Querida Cristina: Me pongo en contacto contigo desde el Centro Andaluz de las Letras de la Consejería de Cultura. Con lo mal que se me da a mí el feminismo, a cuyo conocimiento sólo accedo por el método suspectivo, y tuve que aceptar la invitación porque mi coño se sintió interpelado. Supongo que nos reuniremos las intervinientes para fijar los temas a tratar. Quedo a tu disposición para lo que necesites. Atentamente, Cristina García Morales cristina. Él también lo había pasado muy bien, afirmaba que se había metido. Yo debía decirlo porque me diera la gana y la situación lo mereciese, no porque esas gamberradas le molaran a Juan Bonilla y yo quisiera labrar esa complicidad aunque Juan ni siquiera estuviera allí para verlo, pero lo tenía inevitablemente presente porque acababa de estar en Madrid. Cuando llegó el momento de hacerlo, cuando debí calibrar si la situación lo merecía o no, la decisión y Juan se confundieron y al final me dije a tomar por culo, pa puta y en chancletas me quedo quieta, y lo hice. Patri, Dogy, Borja y su novia estaban allí, Borja el primero, que venía a darme un abrazo después de mi llantina al teléfono de la noche anterior. Me gustaría empezar a mí. No puedo hablar de la forma en la que abordo la escritura sin antes dilucidar la naturaleza de esta mesa. Mientras estas preguntas no sean respondidas, y a la vista de lo mal que le va al género del cuento. Yo no iba a venir porque yo no quería propiciar una mesa con un nombre tan desafortunado, pero al final yo he venido porque alguien tenía que denunciar el hecho machista. Porque lo que no puede ser es que en pleno siglo veintiuno estemos todavía hablando de igualdad, yo que he luchado por la igualdad y que en los años ochenta yo me imaginaba que en el siglo veintiuno yo iría a trabajar en nave espacial, y resulta que no hay ni naves espaciales ni igualdad. Con lo que a mí me gusta follar y lo bien que follo y tampoco cobro por ello. Pero desde mañana mismo, qué digo mañana mismo, desde esta misma noche voy a empezar a cobrar, para que el mundo sea menos injusto. Este es un cuento inédito que he escrito en especial para esta mesa. Se titula Resultados. Camaradas, dijo. Yo estaba harta, camaradas. En cinco años de matrimonio Johannes no había hecho ni el amago de fregar un plato. El primer día no vi resultados,. El segundo día tampoco vi resultados. Amigas, hermanas, luchadoras todas. Quiero hablaros de mi caso no como experta sino como mujer. Jean perdió todo el romanticismo tan pronto dejó a su anterior pareja para ponerse a salir conmigo. En tres años de relación sentimental no había tenido ni un solo gesto hacia mí, ni un solo detalle, algo que yo al principio interpretaba como una cualidad propia de nuestro compromiso abierto, pero que llegado un punto tomé como un maltrato psicológico muy sutil que perpetuaba los roles de macho independiente y de hembra dependiente de los afectos. O me haces caso o te dejo. Llegó el turno de una de las anfitrionas granadinas, Cristina Romales, asesora jurídica del Instituto Andaluz de la Mujer. Poco puede aportar mi juventud a esta mesa redonda, pero agradezco la oportunidad que se me brinda para expresarme en un ambiente de absoluta libertad y complicidad. Yo, compañeras, llevaba cuatro años viéndome a escondidas con Juan, saltando de hotel en hotel, algo que hacíamos de mutuo acuerdo y con gran excitación por parte de ambos. Pélagie Mèrlon suspiró al micrófono ah, quién no ha sido joven, y recibió un tierno aplauso por su comentario. Ninguno de los dos pedía cuentas al otro, y si lo hacíamos era para felicitarnos por nuestras otras conquistas. Pero una es un ser humano y a veces necesita. Un día Juan me dejó sola en el hotel para ir a atender una cena importante de trabajo a la que, por razones de discreción, no le podía acompañar. En vez de llamar a ninguno de mis amantes lo esperé a él, compañeras. En vez de salir a divertirme por mi cuenta me quedé a esperarlo con el pijama puesto, llamando por teléfono a un amigo para que me consolara. O me tratas con la dignidad con la que tratas a tus amigos o no nos volvemos a ver. Pues bien, compañeras. El primer día no vi nada. Me sujeta con fuerza y después me estrecha entre sus brazos. Me miran fijamente, como si nunca antes me hubieran tenido delante. Asiento con la cabeza. Contemplo de reojo a mi hermano. No soy un chivato. Mi padre y yo caminamos por la calle rumbo al videoclub. Vamos a alquilar una película. Llegamos y comienzo a caminar por los pasillos. Hay cientos de películas, no sé por cual decidirme. Una señora se acerca despacio a mi espalda y me toca ligeramente el hombro. Me giro. Me toco con la yema de los dedos y después los miro. Busco a mi padre por todo el videoclub. No le encuentro. Noto la sangre recorriendo mi rostro hasta llegar al mentón. Estoy nervioso. Lleva un pañuelo en la mano. Me limpia la sangre y sonríe. Yo también sonrío. Alquilamos Rocky IV, aunque ya la he visto media docena de veces, y regresamos a casa caminando. La película no me gusta demasiado. Pero me encanta la parte del entrenamiento, no la primera parte, en la que entrena sin ganas, como si supiera que no tiene posibilidades de ganar el combate, sino la otra, las que comienza con un plano cerrado de sus zapatillas saltando a la comba al ritmo de la canción Hearts on fire. Me gusta el plano. Muy cerrado. Ni siquiera puede verse la cuerda. Pasa tan deprisa que solamente puede escucharse. Sus pies se mueven a mayor velocidad y a su alrededor comienza a formarse una pequeña nube de polvo. El polvo que levanta al pisar el suelo de madera con las zapatillas. Son unas zapatillas negras. Unas de esas zapatillas que llevan los boxeadores. Yo ya he visto le película. Comienzo a pensar que tal vez hayan cambiado el final. Los entrenadores del boxeador ruso, todos vestidos de un llamativo rojo, celebran el inicio del combate. Cuando llegan al sexto asalto yo ya estoy convencido. No hay duda. Yo no entiendo nada de lo que dice. Cuando comienzan a aparecer los títulos de crédito mi padre detiene la proyección, saca la película del reproductor VHS y yo me marcho a la cama. Salgo al jardín y me siento. Es de noche y, aunque hay una bombilla encendida sobre la mesa del porche, apenas puede verse. La casa no es mía, es simplemente un lugar en el que estoy pasando las vacaciones, así que no puedo cambiarla por otra de mayor voltaje. Veo entre las sombras algo que se mueve y me asusto. Comienzo a pensar que no ha sido buena idea salir a escribir a medianoche. De entre la oscuridad aparece una gata. Camina titubeante hacia mí. Empieza a ronronear. Lo coloco todo con cuidado en una hoja del cuaderno y lo dejo en el suelo. Tarda menos de un minuto en devorarlo. Cuando termina de relamerse, se sube de un salto al banco en el que estoy sentado y me mira. Intento escribir pero no lo consigo, levanto la vista para observarla cada dos segundos. Se tumba junto a mi mano. Es como si temiera que al cerrar los ojos volviera a quedarse sola, del mismo modo en el que estaba un instante antes de que yo saliera al porche. Finalmente el sueño gana la batalla y cierra los ojos despacio, sin parar de ronronear. La miro en silencio durante unos segundos, después recojo el cuaderno y el bolígrafo, me levanto y vuelvo dentro. Es de noche y hace calor. Mucho calor. Estoy tumbado boca abajo, con los ojos cerrados, pero no estoy dormido. Mi padre se acerca despacio al umbral de la puerta de mi habitación; puedo escuchar sus pisadas. Camina despacio hasta la cabecera de mi cama y me zarandea con delicadeza. Me giro y le miro. Yo también lo hago. Después observo de pasada el reloj de la mesilla de noche: son las de la madrugada. Llegamos al salón. Miramos fijamente el televisor. Cuando ha salido del vestuario, con la cabeza tapada por la capucha del batín, en los altavoces del recinto en el que se celebra el combate ha comenzado a sonar Gonna fly, el tema principal de la banda sonora de la película Rocky. Parece que mientras lo hagan estén aguantando la respiración. Como si el acto de respirar pudiera mostrarle una debilidad al rival. Regresan a sus esquinas y tragan todo el oxígeno que han dejado de inhalar durante el cruce de miradas. Suena la campana que da inicio al primer asalto y ambos se dirigen nuevamente al centro del ring para comenzar la pelea. Baila uno alrededor del otro moviendo sin parar los pies, parece una coreografía ensayada. Tras un par de minutos titubeantes, el potro lanza un derechazo que impacta en el estómago de Whitaker, haciéndole retroceder unos pasos. Vuelven a colocarse en el centro y nuevamente intercambian sus miradas, pero por la rectitud de sus rostros da la impresión que ninguno de ellos tenga ya ganas de seguir bailando. Pero justo un instante después de pronunciar aquellas palabras, descubre que no son ciertas. Y es a partir del segundo asalto cuando mi padre deja de sonreír. El combate se decide a los puntos. Mi padre se levanta y sale a la terraza sin decir nada. Se enciende otro cigarrillo y fuma pausadamente con los codos apoyados en la barandilla. Salgo y me coloco a su lado. Le miro. Son casi las cuatro de la madrugada. Da una larga calada y lanza el cigarrillo al vacío. Tuve una buena racha, gané cuatro o cinco combates seguidos como amateur y encontré un buen entrenador. Tuve incluso un par de peleas semiprofesionales. Pasé un par de minutos inconsciente tumbado boca arriba, con los brazos en cruz, encima de la lona. Después de aquello me asusté y decidí dejarlo. Durante un instante no habla nadie. Me cuesta asimilar su escueta respuesta. Por eso hay que intentar aprovechar las primeras ——dice. Y después de decir aquella frase regresa al salón. Yo le sigo. Antes de apagar el televisor lo observamos durante unos segundos, un periodista entrevista a Poli Díaz, le pregunta por el combate y él. Mi padre apaga la televisión y volvemos a la cama. Después de aquel combate el potro disputó muchos otros, pero ninguno de ellos fue por el título del mundo, y nosotros nunca volvimos a levantarnos a media noche para verle pelear. Hay una cabina con una ventanilla de cristal, y al otro lado de la ventanilla de cristal hay un hombre gordo que suda. Y el hombre y su sudor son realmente desagradables. Le digo que es mi primer día de trabajo y me da una tarjeta verde y me dice que vaya hasta el almacén que hay al final de la calle, y que le de la tarjeta a la mujer que encontraré en la puerta. Me doy la vuelta y comienzo a caminar. La mujer que hay en la entrada del almacén parece un hombre. Es grande y fuerte y tiene bigote; pero también tiene tetas. Me explica la labor que voy a desempeñar, que se resume en repartir publicidad por las calles de la ciudad, y después se marcha a explicarle lo mismo a otro chico que también empieza hoy. Cojo un saco lleno de octavillas publicitarias y me lo cargo a la espalda. Salgo a la calle y espero en la acera la llegada de la furgoneta que ha de llevarnos, a los empleados y a las octavillas, a la zona de la ciudad en la que debemos comenzar el reparto. No hace demasiado calor para ser agosto, pero el saco pesa y yo sudo. La furgoneta llega. La mujer con tetas y bigote abre la puerta trasera y una veintena de repartidores subimos. No hay asientos, así que nos acomodamos en el suelo. A mi derecha hay un chico de unos diecisiete años. Tiene la piel morena y los ojos claros. Tiene unas tetas enormes. La puerta de la furgoneta se cierra; no podemos vernos los unos a los otros. En la oscuridad intento tocarle un pecho a la chica del pelo rojo, pero no lo consigo, mis dedos se pierden entre las octavillas de uno de los sacos. No me apetece demasiado seguir hablando. Pero estamos a oscuras dentro de una furgoneta y no hay nada mejor que hacer. Volvemos a quedarnos en silencio. No se ve un carajo. Yo no pienso repartir publicidad de militares, va contra mis principios. No puedo verle la cara, pero lo dice en un tono francamente severo. Hassim acerca su cabeza a mi oído y me habla en voz baja: ——Yo pensé que cuando viajas en el suelo de una furgoneta, a oscuras como si fueras ganado, no le das demasiada importancia a los principios. No sé qué decirle, así que no digo nada. Llegamos a nuestro destino y la furgoneta se detiene. Nos abren la puerta y todos bajamos. El primer contacto con la luz natural nos daña la vista. Cada uno de nosotros coge un saco y comenzamos a repartir octavillas. La chica del pelo rojo también lo hace. Hassim me mira y sonríe. Y a mí me empieza a caer mal. Observamos el avión desde la escalera de embarque. Es blanco y tiene dos alas. Como todos. Caminamos por el pasillo que queda entre las hileras de asientos hasta encontrar nuestras plazas. El suelo es de moqueta azul. Marina quiere colocarse junto a la ventana; yo también. Finalmente ella cede y ocupo yo el privilegiado asiento. Cojo una revista. Una azafata se coloca delante de nosotros. Viste zapatos negros, medias negras, falda azul, camisa blanca, un ridículo gorrito y un pañuelo anudado a su cuello. Es alta y atractiva, pero no lo suficiente como para conseguir desviar mi atención de la revista. Habla de accidentes, incendios, salidas de emergencia El avión despega y todos miramos por la ventana. Treinta y nueve minutos después del despegue comienzan las turbulencias. El avión sube y baja como si fuera una atracción de feria, y ante la primera embestida todos sonreímos, algunos niños incluso aplauden. Siete minutos después, justo el instante posterior a que el piloto nos indique por megafonía que no consigue estabilizar el aparato, ya nadie sonríe. Marina me agarra con fuerza de la mano. La miro pero no sé qué decir. Ella también se queda callada. Un tipo de unos cincuenta años, canoso y con un frondoso bigote, se levanta y se enciende un cigarrillo. Marina apoya su cabeza en mi hombro y me dice que me quiere, le digo que yo también y cierro los ojos. Durante unos segundos no habla nadie. El avión queda completamente en silencio. De repente las turbulencias cesan y el avión se estabiliza. Abro los ojos y me parece como si todo hubiera sido un sueño. Y aunque todos los pasajeros celebramos con entusiasmo la noticia, en nuestro interior nos lamentamos al sentir que nunca dispondremos de una ocasión tan idónea para morir. Llamamos a la puerta y esperamos alrededor de cinco segundos. Abre una chica alta y atractiva. Tiene los ojos claros y unos ajustados pantalones negros. Se da la vuelta y comienza a caminar por un estrecho pasillo. Pasamos por delante de diferentes puertas cerradas. En los espacios en los que no hay ninguna puerta hay cuadros. Los personajes de los cuadros son santos, o curas, o cualquier otra cosa relacionada con la religión católica. La cafetería es grande, cuadrada y oscura. Hay cerca de una veintena de personas dentro. Mientras esperan, algunos alumnos suben al escenario y recitan poesía ——nos explica la chica que nos ha llevado hasta allí. Después de decir aquello se marcha y nos quedamos Marina y yo en medio de la estancia. Vemos dos sillas vacías junto a una mesa y nos sentamos. A nuestra izquierda hay un chico con el pelo rizado y una camiseta amarilla con dos gaviotas dibujadas y una leyenda escrita: PP. Se queda un segundo en silencio, como pensativo. Sube al escenario un chico de unos veinte años con un brazo escayolado. Recita un poema de Lorca que habla de una chica que lava pañales de algodón bajo un naranjo y que tiene los ojos verdes y la voz violeta. Cuando se baja del escenario, todos los que no hemos subido le aplaudimos y yo intento recordar todas las voces que he escuchado en mi vida, y pienso que ninguna de ellas me ha parecido violeta. Frente a la tarima que se usa como escenario hay una mesa alargada. En ella se encuentran los miembros del jurado y también la chica que nos ha abierto la puerta. Ella es quién presenta la gala; cada vez que anuncia un nuevo premio se levanta de la silla y sube al escenario usando unas pequeñas escaleras de madera que hay tras una cortina. Cada vez que se levanta puedo verle la ropa interior. Sus bragas son de un color violeta, como la voz de la chica del poema de Lorca. El premio de poesía lo gana una chica gorda y fea que viene acompañada de su novio, que es tan gordo y tan feo como ella. Sube al escenario, recoge el premio y lee su obra; es un poema eterno que habla de su relación con su actual pareja y de lo angustiosa que fue su anterior relación. También cuenta lo mucho que sufrió cuando era una niña porque todo el mundo le decía que era gorda y fea. Después de la categoría de poesía, entregan los premios de narrativa y narrativa de ficción. Mi premio me lo entrega la jefa de estudios del centro. Es una chica bastante joven, con el pelo rizado y unas gafas de pasta negra. Se levanta para recibirme, sube conmigo al escenario, me da un beso en cada mejilla y me entrega un diploma. A ella no se le ve la ropa interior. Asiento con la cabeza y me dirijo hacia allí. Me detengo frente al micrófono e intento mirar hacia el lugar en el que se encuentra Marina, pero hay un enorme foco encendido sobre mi cabeza y no puedo ver nada. Después me doy la vuelta y regreso con la jefa de estudios. Me giro y miro nuevamente el atril. El foco sigue encendido justo encima. Y me mira como si estuviera pensando: pues para ser escritor no se te da demasiado bien hablar. Bajo del escenario y regreso a mi sitio. El primer premio de narrativa lo recoge otra chica. Cuenta que cuando estaba preparando la selectividad sus padres se pasaban el día entero discutiendo, porque él quería que su hija estudiase económicas, para que de ese modo acabara trabajando en un banco, como él; y en cambio, su madre, quería que estudiase magisterio para que pudiera acabar dando clase en un colegio, como había hecho ella. Hay tortilla, croquetas y empanada. Al salir, sobre la mesa de la recepción, hay amontonados unos libros gratuitos. Marina coge uno. Es un pequeño folleto en el que pueden leerse los poemas y relatos ganadores en la pasada edición. Levanta la vista del papel y nos mira. Subimos a la calle y caminamos hacia el coche. Miramos el folleto que nos hemos llevado, parece publicidad de un centro depilatorio. Y antes de subirnos al coche, tiramos el ejemplar en una papelera que hay junto a una señal de STOP. Mis hermanos y yo estamos sentados junto a la chaqueta que mi padre acaba de dejar. A la mañana siguiente, cuando me despierto, les descubro a todos en el salón. Buen chico maad city Póster De stickerlocker. Etiquetas: lindo vago, baño, extremo, bañera, ducha, universidad, residencia universitaria, gracioso, fuente, tipografía, en blanco y negro, mínimo, minimalismo, simple, buen trasero, bonito culo. Lindo vago Póster De cheekylildesign. 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Como siempre, parece no recordar que Miguel, aunque sea el secretario del señor Zimmerman, es quien debe ocuparse del cincuenta por ciento del papeleo que gestionamos. Cuando me quedo sola, me siento por fin aliviada.

No sé qué me pasa con ese hombre, pero su presencia me acalora y me hace hervir la sangre. Tras recoger un poco mi mesa decido hacer lo mismo que ellos y me voy a comer. Al llegar, meto mi bolso en mi cajonera, cojo mi iPod y Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse pongo mis auriculares.

Entro en el despacho de la tiquismiquis de mi jefa cargada con carpetas y abro Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse especie de vestidor que utilizamos como archivo. No somos perfectos, somos polos opuestos. Te amo con fuerza, te odio a momentos. Te regalo mi amor, te regalo mi vida, te regalaré el Sol siempre que me lo pidas.

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No somos perfectos, sólo polos opuestos. Esa voz.

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Supongo que nos reuniremos las intervinientes para fijar los temas a tratar. Quedo a tu disposición para lo que necesites. Atentamente, Cristina García Morales cristina. Él también lo había pasado muy bien, afirmaba que se había metido. Yo debía decirlo porque me diera la gana y la situación lo mereciese, no porque esas gamberradas le molaran a Juan Bonilla y yo quisiera labrar esa complicidad aunque Juan ni siquiera estuviera allí para verlo, pero lo tenía inevitablemente presente porque acababa de estar en Madrid. Cuando llegó el momento de hacerlo, cuando debí calibrar si la situación lo merecía o no, la decisión y Juan se confundieron y al final me dije a tomar por culo, pa puta y en chancletas me quedo quieta, y lo hice. Patri, Dogy, Borja y su novia estaban allí, Borja el primero, que venía a darme un abrazo después de mi llantina al teléfono de la noche anterior. Me gustaría empezar a mí. No puedo hablar de la forma en la que abordo la escritura sin antes dilucidar la naturaleza de esta mesa. Mientras estas preguntas no sean respondidas, y a la vista de lo mal que le va al género del cuento. Yo no iba a venir porque yo no quería propiciar una mesa con un nombre tan desafortunado, pero al final yo he venido porque alguien tenía que denunciar el hecho machista. Porque lo que no puede ser es que en pleno siglo veintiuno estemos todavía hablando de igualdad, yo que he luchado por la igualdad y que en los años ochenta yo me imaginaba que en el siglo veintiuno yo iría a trabajar en nave espacial, y resulta que no hay ni naves espaciales ni igualdad. Con lo que a mí me gusta follar y lo bien que follo y tampoco cobro por ello. Pero desde mañana mismo, qué digo mañana mismo, desde esta misma noche voy a empezar a cobrar, para que el mundo sea menos injusto. Este es un cuento inédito que he escrito en especial para esta mesa. Se titula Resultados. Camaradas, dijo. Yo estaba harta, camaradas. En cinco años de matrimonio Johannes no había hecho ni el amago de fregar un plato. El primer día no vi resultados,. El segundo día tampoco vi resultados. Amigas, hermanas, luchadoras todas. Quiero hablaros de mi caso no como experta sino como mujer. Jean perdió todo el romanticismo tan pronto dejó a su anterior pareja para ponerse a salir conmigo. En tres años de relación sentimental no había tenido ni un solo gesto hacia mí, ni un solo detalle, algo que yo al principio interpretaba como una cualidad propia de nuestro compromiso abierto, pero que llegado un punto tomé como un maltrato psicológico muy sutil que perpetuaba los roles de macho independiente y de hembra dependiente de los afectos. O me haces caso o te dejo. Llegó el turno de una de las anfitrionas granadinas, Cristina Romales, asesora jurídica del Instituto Andaluz de la Mujer. Poco puede aportar mi juventud a esta mesa redonda, pero agradezco la oportunidad que se me brinda para expresarme en un ambiente de absoluta libertad y complicidad. Yo, compañeras, llevaba cuatro años viéndome a escondidas con Juan, saltando de hotel en hotel, algo que hacíamos de mutuo acuerdo y con gran excitación por parte de ambos. Pélagie Mèrlon suspiró al micrófono ah, quién no ha sido joven, y recibió un tierno aplauso por su comentario. Ninguno de los dos pedía cuentas al otro, y si lo hacíamos era para felicitarnos por nuestras otras conquistas. Pero una es un ser humano y a veces necesita. Un día Juan me dejó sola en el hotel para ir a atender una cena importante de trabajo a la que, por razones de discreción, no le podía acompañar. En vez de llamar a ninguno de mis amantes lo esperé a él, compañeras. En vez de salir a divertirme por mi cuenta me quedé a esperarlo con el pijama puesto, llamando por teléfono a un amigo para que me consolara. O me tratas con la dignidad con la que tratas a tus amigos o no nos volvemos a ver. Pues bien, compañeras. El primer día no vi nada. El segundo día tampoco vi nada. Pero entre el tercer y el cuarto día me bajó la inflamación del ojo y empecé a ver algo. Muchas gracias. Saltar a la comba Ahmed y yo somos como dos presentadores de telediario. Estamos de pie uno al lado del otro como podrían estarlo dos estrellas de cine que van a hacer entrega de un premio en un festival, pero a diferencia de ellos nosotros no tenemos un atril delante, ni tampoco estamos sentados a una mesa como los del telediario. Entre dadores de premios e informadores, por tanto. Llevamos, como ellos, unas cartulinas con marcas de guion, pero nos sabemos nuestros textos de memoria y sólo acudimos a ellas para seguir los pies de entrada. Como los informadores cuando terminan de dar una noticia y esperan a que entre el vídeo, bajamos la mirada en una suave diagonal, que los informadores dirigen a un monitor y nosotros al suelo del escenario. Ahmed ha trabajado la sugerencia y yo la solemnidad, porque Ahmed tiende como actor y como todo a la solemnidad, y lo mismo yo con la sugerencia, y lo que no queríamos era asignarnos los roles de chica seductora y chico duro. Pretendemos ser intercambiables y a la vez imprescindibles, echarnos de menos y que el espectador también nos eche de menos si alguno de los dos se tira mucho rato sin hablar y el otro acapara el discurso. La noticia o el premio que damos es un discurso, o sea que la intención del texto es convencer a alguien de algo, lo cual no significa que necesariamente los personajes que representamos Ahmed y yo tengan la intención de convencer. O sea, poniéndonos irónicos. Lo que no significa que Ahmed y yo estemos necesariamente de acuerdo con el discurso y tengamos la intención de convencer, igual que el juez de Montesquieu no tiene por qué estar de acuerdo con la ley que habla por su boca. Esta coincidencia a tres bandas entre el discurso, los personajes que Ahmed y yo representamos y nosotros mismos nos hace escalar a alturas políticas. Es un milagro escénico esa coincidencia, igual que lo de Borja y Patri, si bien es cierto que para que los milagros ocurran debemos estar predispuestos a ellos. En el caso de Borja y Patri también puede hablarse de altura política. CRISTINA: Una minoría de españoles, agazapada en los bancos, en la gran propiedad territorial e industrial y en los negocios financieros que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes. Gente, pues, para la que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro. AHMED: En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Entre todos esos millones de hombres parados los hay de gran preparación profesional y buenos técnicos en sus respectivas ramas industriales. Se trata de que el nombre descubra nuevas tareas para el hombre. Quien salta a la comba, combate. Quien salta a la comba es un combatiente. Gestiona muy bien la respiración y el esfuerzo físico no le empaña la voz hasta pasado un buen rato. Y cuando se la empaña y pierde el aliento, de mezzo soprano pasa a soprano, soprano que se asfixia. Algo es regular, pero no puede estar. Si hay nada es que algo es que no hay, nada bien que mal, todo mal que bien. Nada de lo que es tiene por qué estar. Nada es lo mismo que el nihilismo, nada es lo mismo que el nihilismo. Es que yo no traje traje. La cama es un límite claro para los actores, no hacen como si no existiera. La perciben y la evitan, a veces la miran con extrañeza, con ira, con pena o con desdén. Mira a la cama. Ofrece su compunción con economía, un tembloroso languidecer. Esperar en un hotel es algo opulento, es una medida de espera muy particular. Para representar regalonamente esa soledad, esa unicidad del que ocupa y espera, a lo largo de la pieza se producen salidas de escena de tres de los cuatro actores ocupantes. Se queda así uno desolado en mitad del pequeño desorden el tiempo que tarda en hacer una breve intervención de texto. Se da un margen de silencio y entonces los otros tres regresan. El solo de Borja es el siguiente. Grandes pensadores hablan de su insomnio y de su permanente recurso a los ansiolíticos y se les percibe como complejas personas a las que sus grandes ideas no les dejan dormir. A mí, en cambio, ante la fatalidad y la pobreza, sólo me asiste el sueño, una enseñanza de contrición, un aprender a morir. Duermo sin necesidad de pastillas una media de diez horas diarias, y el día que no las duermo me siento mal y cansado, y ninguna gran idea sale a mi encuentro. Dormir es inacción, es lucidez, es rebeldía, es el paso previo a la guerra. El sueño que es la salud como el apetito que es la salud, la libido que es la salud, la guerra que es la salud. A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Da una larga calada y lanza el cigarrillo al vacío. Tuve una buena racha, gané cuatro o cinco combates seguidos como amateur y encontré un buen entrenador. Tuve incluso un par de peleas semiprofesionales. Pasé un par de minutos inconsciente tumbado boca arriba, con los brazos en cruz, encima de la lona. Después de aquello me asusté y decidí dejarlo. Durante un instante no habla nadie. Me cuesta asimilar su escueta respuesta. Por eso hay que intentar aprovechar las primeras ——dice. Y después de decir aquella frase regresa al salón. Yo le sigo. Antes de apagar el televisor lo observamos durante unos segundos, un periodista entrevista a Poli Díaz, le pregunta por el combate y él. Mi padre apaga la televisión y volvemos a la cama. Después de aquel combate el potro disputó muchos otros, pero ninguno de ellos fue por el título del mundo, y nosotros nunca volvimos a levantarnos a media noche para verle pelear. Hay una cabina con una ventanilla de cristal, y al otro lado de la ventanilla de cristal hay un hombre gordo que suda. Y el hombre y su sudor son realmente desagradables. Le digo que es mi primer día de trabajo y me da una tarjeta verde y me dice que vaya hasta el almacén que hay al final de la calle, y que le de la tarjeta a la mujer que encontraré en la puerta. Me doy la vuelta y comienzo a caminar. La mujer que hay en la entrada del almacén parece un hombre. Es grande y fuerte y tiene bigote; pero también tiene tetas. Me explica la labor que voy a desempeñar, que se resume en repartir publicidad por las calles de la ciudad, y después se marcha a explicarle lo mismo a otro chico que también empieza hoy. Cojo un saco lleno de octavillas publicitarias y me lo cargo a la espalda. Salgo a la calle y espero en la acera la llegada de la furgoneta que ha de llevarnos, a los empleados y a las octavillas, a la zona de la ciudad en la que debemos comenzar el reparto. No hace demasiado calor para ser agosto, pero el saco pesa y yo sudo. La furgoneta llega. La mujer con tetas y bigote abre la puerta trasera y una veintena de repartidores subimos. No hay asientos, así que nos acomodamos en el suelo. A mi derecha hay un chico de unos diecisiete años. Tiene la piel morena y los ojos claros. Tiene unas tetas enormes. La puerta de la furgoneta se cierra; no podemos vernos los unos a los otros. En la oscuridad intento tocarle un pecho a la chica del pelo rojo, pero no lo consigo, mis dedos se pierden entre las octavillas de uno de los sacos. No me apetece demasiado seguir hablando. Pero estamos a oscuras dentro de una furgoneta y no hay nada mejor que hacer. Volvemos a quedarnos en silencio. No se ve un carajo. Yo no pienso repartir publicidad de militares, va contra mis principios. No puedo verle la cara, pero lo dice en un tono francamente severo. Hassim acerca su cabeza a mi oído y me habla en voz baja: ——Yo pensé que cuando viajas en el suelo de una furgoneta, a oscuras como si fueras ganado, no le das demasiada importancia a los principios. No sé qué decirle, así que no digo nada. Llegamos a nuestro destino y la furgoneta se detiene. Nos abren la puerta y todos bajamos. El primer contacto con la luz natural nos daña la vista. Cada uno de nosotros coge un saco y comenzamos a repartir octavillas. La chica del pelo rojo también lo hace. Hassim me mira y sonríe. Y a mí me empieza a caer mal. Observamos el avión desde la escalera de embarque. Es blanco y tiene dos alas. Como todos. Caminamos por el pasillo que queda entre las hileras de asientos hasta encontrar nuestras plazas. El suelo es de moqueta azul. Marina quiere colocarse junto a la ventana; yo también. Finalmente ella cede y ocupo yo el privilegiado asiento. Cojo una revista. Una azafata se coloca delante de nosotros. Viste zapatos negros, medias negras, falda azul, camisa blanca, un ridículo gorrito y un pañuelo anudado a su cuello. Es alta y atractiva, pero no lo suficiente como para conseguir desviar mi atención de la revista. Habla de accidentes, incendios, salidas de emergencia El avión despega y todos miramos por la ventana. Treinta y nueve minutos después del despegue comienzan las turbulencias. El avión sube y baja como si fuera una atracción de feria, y ante la primera embestida todos sonreímos, algunos niños incluso aplauden. Siete minutos después, justo el instante posterior a que el piloto nos indique por megafonía que no consigue estabilizar el aparato, ya nadie sonríe. Marina me agarra con fuerza de la mano. La miro pero no sé qué decir. Ella también se queda callada. Un tipo de unos cincuenta años, canoso y con un frondoso bigote, se levanta y se enciende un cigarrillo. Marina apoya su cabeza en mi hombro y me dice que me quiere, le digo que yo también y cierro los ojos. Durante unos segundos no habla nadie. El avión queda completamente en silencio. De repente las turbulencias cesan y el avión se estabiliza. Abro los ojos y me parece como si todo hubiera sido un sueño. Y aunque todos los pasajeros celebramos con entusiasmo la noticia, en nuestro interior nos lamentamos al sentir que nunca dispondremos de una ocasión tan idónea para morir. Llamamos a la puerta y esperamos alrededor de cinco segundos. Abre una chica alta y atractiva. Tiene los ojos claros y unos ajustados pantalones negros. Se da la vuelta y comienza a caminar por un estrecho pasillo. Pasamos por delante de diferentes puertas cerradas. En los espacios en los que no hay ninguna puerta hay cuadros. Los personajes de los cuadros son santos, o curas, o cualquier otra cosa relacionada con la religión católica. La cafetería es grande, cuadrada y oscura. Hay cerca de una veintena de personas dentro. Mientras esperan, algunos alumnos suben al escenario y recitan poesía ——nos explica la chica que nos ha llevado hasta allí. Después de decir aquello se marcha y nos quedamos Marina y yo en medio de la estancia. Vemos dos sillas vacías junto a una mesa y nos sentamos. A nuestra izquierda hay un chico con el pelo rizado y una camiseta amarilla con dos gaviotas dibujadas y una leyenda escrita: PP. Se queda un segundo en silencio, como pensativo. Sube al escenario un chico de unos veinte años con un brazo escayolado. Recita un poema de Lorca que habla de una chica que lava pañales de algodón bajo un naranjo y que tiene los ojos verdes y la voz violeta. Cuando se baja del escenario, todos los que no hemos subido le aplaudimos y yo intento recordar todas las voces que he escuchado en mi vida, y pienso que ninguna de ellas me ha parecido violeta. Frente a la tarima que se usa como escenario hay una mesa alargada. En ella se encuentran los miembros del jurado y también la chica que nos ha abierto la puerta. Ella es quién presenta la gala; cada vez que anuncia un nuevo premio se levanta de la silla y sube al escenario usando unas pequeñas escaleras de madera que hay tras una cortina. Cada vez que se levanta puedo verle la ropa interior. Sus bragas son de un color violeta, como la voz de la chica del poema de Lorca. El premio de poesía lo gana una chica gorda y fea que viene acompañada de su novio, que es tan gordo y tan feo como ella. Sube al escenario, recoge el premio y lee su obra; es un poema eterno que habla de su relación con su actual pareja y de lo angustiosa que fue su anterior relación. También cuenta lo mucho que sufrió cuando era una niña porque todo el mundo le decía que era gorda y fea. Después de la categoría de poesía, entregan los premios de narrativa y narrativa de ficción. Mi premio me lo entrega la jefa de estudios del centro. Es una chica bastante joven, con el pelo rizado y unas gafas de pasta negra. Se levanta para recibirme, sube conmigo al escenario, me da un beso en cada mejilla y me entrega un diploma. A ella no se le ve la ropa interior. Asiento con la cabeza y me dirijo hacia allí. Me detengo frente al micrófono e intento mirar hacia el lugar en el que se encuentra Marina, pero hay un enorme foco encendido sobre mi cabeza y no puedo ver nada. Después me doy la vuelta y regreso con la jefa de estudios. Me giro y miro nuevamente el atril. El foco sigue encendido justo encima. Y me mira como si estuviera pensando: pues para ser escritor no se te da demasiado bien hablar. Bajo del escenario y regreso a mi sitio. El primer premio de narrativa lo recoge otra chica. Cuenta que cuando estaba preparando la selectividad sus padres se pasaban el día entero discutiendo, porque él quería que su hija estudiase económicas, para que de ese modo acabara trabajando en un banco, como él; y en cambio, su madre, quería que estudiase magisterio para que pudiera acabar dando clase en un colegio, como había hecho ella. Hay tortilla, croquetas y empanada. Al salir, sobre la mesa de la recepción, hay amontonados unos libros gratuitos. Marina coge uno. Es un pequeño folleto en el que pueden leerse los poemas y relatos ganadores en la pasada edición. Levanta la vista del papel y nos mira. Subimos a la calle y caminamos hacia el coche. Miramos el folleto que nos hemos llevado, parece publicidad de un centro depilatorio. Y antes de subirnos al coche, tiramos el ejemplar en una papelera que hay junto a una señal de STOP. Mis hermanos y yo estamos sentados junto a la chaqueta que mi padre acaba de dejar. A la mañana siguiente, cuando me despierto, les descubro a todos en el salón. Parecen nerviosos. Yo nunca he estado en la playa, así que recibo la notica con entusiasmo. Subimos al coche y nos ponemos los cinturones de seguridad. Mi padre conduce. Mi madre va sentada en el asiento del copiloto. No tenemos dinero, no podemos permitírnoslo. Escuchamos un rugido. Es el motor del viejo Ford poniéndose en marcha. El coche comienza a moverse. No paro de mirar por la ventanilla durante todo el viaje. Como si nada pudiera seguirnos. Como si nada pudiera alcanzarnos. Veo el mar a lo lejos. Es inmenso. Abarca hasta donde alcanza la vista. Es justo como me había imaginado, como en las películas. Llegamos a un aparcamiento que hay junto a la costa. Mi padre estaciona entre un Renault verde y un Opel Vectra blanco. Mis hermanos y yo abrimos las puertas traseras y salimos corriendo hacia la playa como si nos fuera la vida en ello; como si fuéramos tres peces que necesitaran entrar en el agua para poder respirar. Me siento libre al hacerlo, como si en lugar de dejar caer una camiseta y un pantalón, me estuviera despojando de una pesada armadura. Cuando el sol comienza a ponerse salimos del agua y vamos hacia el lugar en el que se encuentran mis padres. Han estado allí todo el día, sin meterse ni una sola vez en el agua. Mi madre saca unas toallas de una mochila que tiene junto a sus rodillas. Nos secamos y nos sentamos junto a ellos. Descubro una pequeña herida en el dedo pulgar de mi mano izquierda. Un corte casi insignificante por el que mana un pequeño hilo de sangre. Me llevo el dedo a la boca para taponar la herida con la lengua y descubro que mi piel tiene un extraño sabor, un sabor que nunca antes ha tenido. Sabe a salitre. Tenemos que volver a casa. Queremos volver al agua. Mi madre no dice nada. Mi padre se levanta, se sacude la arena del pantalón y comienza a caminar hacia el coche. Mi padre se detiene a repostar. Baja del coche y llena el depósito. Regresa y nos mira. Mis hermanos duermen. Mi madre también. Yo estoy despierto. Junto a nosotros hay otro coche. Dentro hay un matrimonio joven y un niño de unos diez años. Ella dice algo, desde el interior del viejo Ford no podemos escuchar lo que ha dicho, pero ha debido ser algo gracioso porque el hombre y el niño sonríen; realmente ríen, ríen a carcajadas. Mi padre gira la llave para arrancar el motor; éste hace un ruido agónico, como el de un anciano al que le cuesta respirar, pero el coche no consigue ponerse en marcha. Mi madre se despierta y nos mira. Nos pregunta que si ocurre algo, pero ni mi padre ni yo le respondemos. Él sigue intentando poner el motor en marcha, yo, mientras tanto, le observo detenidamente. Uno de los personajes secundarios de mi primer libro se convierte en protagonista del segundo. Escuché la puerta abrirse, pero yo fingí seguir dormido. Mila estaba unos metros a mi derecha. La voz de él sonó a muy poca distancia de mí. Dos manos que al tacto me resultaron inmensas, me agarraron por los hombros y me zarandearon un poco. El encanto de sus ojos negros y achinados no era mérito del fotógrafo. Eran suyos, reales, exactamente los mismos que en las fotografías. Este joven había dejado de ser una impresión sobre papel plano. Mila estaba sentada sobre el alféizar de la ventana. Observaba el Central Park con una taza entre las manos. Enderecé la espalda sobre las almohadas y Soy incapaz de tragar algo sólido hasta una hora y media después de despertarme. Por lo menos. No me quitaba el ojo de encima mientras yo recogía mi ropa, amontonada sobre el respaldo de una silla. Evaluaba cada centímetro de mi cuerpo. Una vez me hube vestido, hizo una mueca de aprobación carente de euforia, como si me concediera un seis sobre diez. Seguro que si desayunara por la mañana, luego no se pasaría el resto del día comiendo como una vaca. Su tórax quedaba casi al descubierto, un tórax lampiño del que sobresalía un pezón marrón como una castaña. Él me llama así —aunque Zhenia también había dicho que comía como una vaca, ella rebosaba orgullo al reconocerse merecedora de este diminutivo. Solo los que nos despertamos con hambre nos comeremos el mundo. Detecto de inmediato a la gente que no desayuna. Arrastran de un sitio a otro su mal La gente no se toma en serio lo del desayuno y luego se cortan las venas. El bielorruso se sentó enfrente de mí, deseando verme ingerir los cereales que, aparentemente, eran imprescindibles para no cortarse las venas. No sabía desde dónde empezar. El inicio es arbitrario cuando uno no tiene historia. Le lancé una mirada furibunda. No era muy respetuoso por su parte proclamar en voz alta las confidencias de la noche anterior. Mila daba palmadas desde el marco de la ventana. Estaban la mar de contentos. Estoy seguro de que no viniste aquí para echarte novio. Era obvio que a esta chica nadie le había explicado la diferencia que existe entre ambas profesiones. Me miró muy confundida, como si de pronto me hubiera convertido en un absoluto extraño. Apuesto a que tienes mucho que decir. Nadie merece vivir en un gueto como en el que vivías con esa loca que te ha echado de casa. Esa voz que al escucharla desde la cama me sonó vulgar, ahora me estaba provocando una sensación diferente. Con los ojos abiertos, la voz tenía forma y temperatura, como si fuera algo que se pudiera recoger con las manos. Los artistas dependemos del tiempo como del aire. Los restaurantes de Nueva York son cementerios de talentos perdidos. Ahora pago cuatro mil de alquiler al mes —dio un golpe seco sobre la mesa, tras el que se puso de pie y se dio la vuelta, como si con eso lo hubiera dicho todo—. Se lo dije anoche. La mandó callar. Por lo visto no se refería a su profesión. Se tumbó en la cama, con las piernas bailoteando en el aire—. Me leyó parte del pasaje a ritmo lento, traduciendo las palabras con precaución. Y esta es la receta que utilizaron los grandes hombres y mujeres que no se conformaron con lo que hace la mayoría de las personas, seguir a la manada. Ellos y ellas lucharon sin tregua para materializar sus sueños. Lo que diferencia a estos seres de la multitud es que tuvieron el valor de comenzar y, una vez en marcha, no se rindieron ante nada. Le miré con una mezcla de admiración y pasmo. Nadie quiere una polla de veinticuatro si pueden tener una de veintitrés. Después de los veinticinco, olvídate. Demasiado tarde para empezar. Me quedé callado. Hay cantidad que estarían dispuestos a pagarte un alquiler en Midtown a cambio de que les des un poco de pena y mucho morbo. No todos pueden llegar hasta arriba. Zhenia no estaba dispuesto a perder el tiempo y yo ya lo había perdido demasiado. Sin embargo, él hablaba sobre prostitución y hacerse con una vivienda en Manhattan, mientras que yo pensaba en guiones de películas y forjarme una vida en torno a la escritura. Él hablaba sobre realidad y yo sobre ficción. Él me estaba dando argumentos para que me hiciera chapero y a mí me estaba sonando todo de maravilla. Precisamente estaba pensando en eso. Reconocí complicidad en su instinto de buscarse con la mirada, de reafirmarse en su subjetiva prudencia, de estar juntos en todo este tinglado de vida que se habían montado en las alturas de la Calle Nos empezamos a prostituir desde el momento en el que aceptamos las reglas de este mundo de mierda. Nosotros no vendemos armas ni drogas. Nos limitamos a ofrecer belleza y juventud. Y la otra mitad no lo ha hecho porque son feos. La oscuridad de sus ojos creaba en mí un efecto hipnótico. Al incorporarme, Mila me siguió hasta el recibidor. Cuando sentí la palma de su mano aterrizar sobre mi espalda, el corazón me dio un vuelco. Puede que no estemos en casa por la tarde. Había demasiada ciudad en esta parte de la ciudad. Resultaba insoportable. Me detuve en la esquina de la Quinta Avenida con la Calle 12 y observé la cima del torreón gótico compuesto por columnas que trepaban la fachada hasta acabar en punta. Había llegado tarde y sudando a mares, pero al fin había llegado a un lugar seguro. Me calmé tan pronto di el primer paso por el camino de piedra que daba acceso a la iglesia presbiteriana del Village. Si no le importa, acceda al mezanine por estas escaleras. Era capaz de reconocer los rizos de Fabio entre millares de peinados, especialmente en un entorno donde predominaban canas y calvicies. A pesar de su reciente afición a leer la Biblia, estaba claro que los rizos tropicales de mi ex novio no habían acudido a la iglesia este domingo por la mañana. El órgano se estrenó con tres notas graves y un tremendo coro formado por al menos veinticinco personas irrumpió de la nada. Pero Fabio no estaba y hacía años que Dios tampoco. Utilicé la tapa dura de una Biblia como soporte donde apoyar el sobre que tenía en la mano. Mis palabras estaban deseosas por lanzarse de bruces contra el papel. Hay una avioneta suspendida en el cielo. Ni sube ni baja, ni va ni viene. Se queda en el mismo lugar, como clavada con chincheta. Una de las pocas personas que estaban conmigo en la nave lateral se acercó a mí por la espalda y me tocó el hombro. Me giré, ansioso por volver cuanto antes al papel. Un negro cuadrado como un armario me ofrecía su mano para que la estrechara. En cuanto dejó mi mano libre, la volví a utilizar para llenar el sobre de palabras. Dentro de la avioneta hay un piloto y dos aventureros. Digo aventureros porque se retaron a hacer paracaidismo y han llegado a un punto sin retorno. El piloto lleva minutos aguardando el salto. Ambos se colocan cerca del borde. A decir verdad nunca se les ha visto tan histéricos. Son pareja. Uno de ellos soy yo, por cierto. El de la derecha o el de la izquierda. No hay forma de saberlo. Incluso en la inmensidad del cielo eligen estar juntos. Se ríen de sus bocas infladas por el aire. Se miran. Se cogen de las manos. Palomas de la paz. Pavos Pura vida. Libertad y diversión. Pero ahora fíjate bien… se creen que vuelan y no vuelan, en realidad caen. Un suelo de cemento, piedra y cristal se aproxima. El gozo se desvanece en un instante y ahora tienen que preparar el aterrizaje. Deberían separar las manos y espabilarse. No tienen opción: las separan y se espabilan. Cada mochila contiene dos paracaídas. Las anillas pegadas a la pechera del arnés son las que abren el paracaídas principal. También cuentan con uno de emergencias, por si las moscas. Ese se activa con las anillas ubicadas cerca de las axilas. Se tira de ellas, el paracaídas sale de la mochila y se infla. Eso es todo. Uno de ellos —de nosotros, él o yo—se ha quedado colapsado. El individuo del paracaídas averiado se lanza sobre la espalda del otro. Lo abraza fuerte. El individuo del paracaídas no averiado no entiende nada y tan solo trata de quitarse al otro de encima. Con su pareja pegada a la espalda no puede desplegar sus paracaídas. Imposible esquivar el golpe. Distinguen los colores y las formas de las piedras. Arrugué el sobre y lo escondí en el bolsillo de mi pantalón. Le había visto. Era él. Como si le hubiese invocado con mis palabras. A pesar de que estaba a escaso medio metro de mí, todavía no me había visto. Yo había corrido despavorido desde la Calle 58 hasta la 12 para encontrarme con él, pero ahora que lo tenía enfrente solo pensaba en esconderme. Nací en Castellar del Vallés, un pueblo pequeño no muy lejos de Barcelona, en plenos años ochenta. Crecí con ganas de viajar y leer y, como ya leía todo lo que me caía en las manos, me puse a estudiar Traducción e Interpretación, lo que me permitió pasar un año en Copenhague y otro en Taipéi. Al terminar la universidad, me fui a vivir a Barcelona, en un sexto sin ascensor con una terraza inmensa desde la que se veía una pulgada de mar. No lo recuerdo, creo que siempre he ido escribiendo, desde que era pequeña. Sí que recuerdo que una de las primeras cosas que escribí, a mano y en unas hojas cuadriculadas horribles, fueron las historias que me contaba mi abuela. No estoy nada al día ni de las novedades ni de las tendencias. Hay tantas cosas buenas por leer, ya sea de hace un año o de hace quinientos, que siento que no voy a tener tiempo para leerlo todo. Como es una sensación tan desagradable, simplemente me dejo llevar y escojo lo que me gusta, ya sea por el autor, en libro en sí o incluso la edición. Siempre voy escribiendo cuentos, pero no tengo nada definitivo entre manos. Era invierno, un día despejado. Desde el asiento del copiloto, lo vi hurgar en el motor y mancharse la camisa de grasa. Después, cogió una manguera y roció el camión. Le había puesto nombre, como si fuese un barco, unos adhesivos con letras azules muy gastadas en la parte interior de su puerta. El suelo estaba descuidado, había manchas de césped despeinado y marrón. Conducía con los ojos clavados en la autopista y apretaba el volante. El sol se ponía y los campos y las colinas se volvieron de color lila. Los faros del camión iluminaban la carretera y los coches que nos adelantaban. Uno llevaba la luz interior encendida. Una mujer miraba un mapa, lo tenía extendido y ocupaba casi todo el parabrisas. Recorría la ruta con el dedo Solo los vi un momento, luego el coche apagó la luz y aceleró. Atravesamos el aparcamiento, los camiones y la gente que gritaba hacia las luces de colores del restaurante. Charlaron un buen rato y yo rellené el crucigrama de un periódico que alguien se había olvidado. Le daban golpecitos en la espalda. Me preguntaron si era su hija y les dije que sí y les estreché la mano. Preparamos el camión para dormir. Se marchó dando un portazo y oí cómo se alejaba. Subí a la litera de arriba y me tapé con la manta. Oía voces roncas, rugidos, chirridos, bocinas. Un olor intenso a gasolina. No podía parar de moverme. Daba vueltas, me ponía bocarriba, me agarraba las rodillas. La manta picaba. La saqué de la cama de una patada. Hacía mucho calor. Fui todo el día con el brazo sacado por la ventanilla, haciendo olas con el viento caliente y furioso de la autopista y me quemé. Me dijo que con el brazo quemado ya era una camionera de verdad y nos echamos a reír. De pronto, entre la planta seis y la cinco, el ascensor da un trompicón y se detiene del todo. Percibo que tengo que hacer algo. Vamos a ver. A mí no me gusta nada estar encerrada en un ascensor. Me agobia mucho y comienzo a sudar. Después le paso mi botellita de agua a Manuela para que beba e intento bromear con las chicas de contabilidad mientras reparto chicles con sabor a fresa. Pero mi calor va en aumento, así que finalmente saco un abanico de mi bolso y comienzo a abanicarme. En ese momento, uno de los hombres que se mantenían en un segundo plano apoyado en el ascensor se acerca a mí y me agarra por el codo. Divertida, me vuelvo hacia él y, de repente, mi nariz choca contra una americana gris. Huele muy bien. Perfume caro. Desde luego, es alto, le llego a la altura del nudo de la corbata. También es castaño, tirando a rubio, joven y con ojos claros. No me suena de nada y, al ver que me mira a la espera de una contestación, cuchicheo para que sólo él me pueda oír. Incluso, como me descuide, me pongo a echar espumarajos por la boca y la cabeza me da vueltas como a la niña de El exorcista. Pero lo gracioso es que lo abre y me lo mete en la boca a mí. Lo acepto soprendida y, sin saber por qué, abro otro chicle y hago la operación a la inversa. Él, divertido, también lo acepta. Miro a Manuela y compañía. Siguen histéricas, sudorosas y descoloridas. De modo que, dispuesta a que mi histerismo no aumente, intento entablar conversación con el desconocido. Yo no voy a ser menos. Me agarro al brazo del hombre en cuestión y le retuerzo la manga. Cuando soy consciente, lo suelto en seguida. Pero no puedo estar tranquila. De repente noto un picor en mi cuello. Abro mi bolso y saco un espejito del neceser. Me miro en él y empiezo a maldecir. Veo que el hombre me mira sorprendido. Yo me retiro el pelo del cuello y se lo enseño. Él asiente y yo me rasco. Y ni corto ni perezoso se agacha y me sopla en el cuello. Me tapo el cuello e intento desviar el tema. Eso me hace sonreír. Éste no conoce a mi jefa. No me extraña. Mi empresa es alemana y teutones como aquél pululan todos los días por allí. Pero, sin poder evitarlo, lo miro con una sonrisita maliciosa. Entonces él, con gesto serio, se encoge de hombros. Sin inmutarse, él parece leerme la mente y se acerca de nuevo a mi oreja, poniéndome la carne de gallina. Yo lo imito y me doy la vuelta para no tener que verlo. Miro el reloj; las tres menos cuarto. Ya he perdido tres cuartos de hora de mi comida y ya no me da tiempo a llegar al Vips. Pararé en el bar de Almudena y me comeré un bocata. De pronto, las luces se encienden, el ascensor reanuda su marcha y todos en su interior aplaudimos. Cuando el ascensor llega a la planta cero y las puertas se abren, Manuela y las de contabilidad salen de su interior como caballos desbocados entre chillidos e histerismos. Cómo me alegro de no ser así. La verdad es que soy un poco chicazo. Mi padre me crió así. Sin embargo, cuando salgo, me quedo parada al ver a mi jefa. De pronto, mi cabeza rebobina. Me pongo como un tomate y me niego a mirarlo a la cara. Deseo escapar de allí cuanto antes, pero entonces siento que alguien me agarra del codo. Ella es mi secretaria. Mi jefa se cansa de no sentirse la protagonista del momento y lo agarra posesivamente del brazo, tirando de él. Como si me hubieran plantado en el vestíbulo de la empresa, yo levanto mi cabeza y sonrío. Instantes después, aquel impresionante hombre de ojos claros se aleja, aunque, antes de salir por la puerta, se vuelve y me mira. Noto que levanta la vista y me mira, pero yo me hago la sueca. No me apetece saludarlo. Lagarto, lagarto… Pero la verdad es que este hombre me pone nerviosa. Tengo razón. Tengo que trabajar. Durante el día vuelvo a coincidir con él en varios sitios. Intento esconderme tras la pantalla del ordenador, pero es imposible. Él siempre encuentra la manera de cruzar su mirada con la mía. Cuando salgo de la oficina, me voy directa al gimnasio. El señor Zimmerman, ese guapo jefazo con el que he comenzado a soñar y al que toda la oficina venera y lame el culo, aparece por todos los lados por donde me muevo, y eso hace que me ponga nerviosa. Es serio, borde y apenas sonríe. Pero noto que me busca con la mirada y eso me desconcierta. Los días van pasando y, finalmente, una mañana cruzo un par de sonrisitas con él. Me tiene totalmente controlada. Por si fuera poco, cada día que coincido con él en la cafetería me observa… me observa… y me observa. Hoy estoy liadísima con cientos de papeles que la tiquismiquis de mi jefa me ha pedido. Como siempre, parece no recordar que Miguel, aunque sea el secretario del señor Zimmerman, es quien debe ocuparse del cincuenta por ciento del papeleo que gestionamos. Cuando me quedo sola, me siento por fin aliviada. No sé qué me pasa con ese hombre, pero su presencia me acalora y me hace hervir la sangre. Tras recoger un poco mi mesa decido hacer lo mismo que ellos y me voy a comer. Al llegar, meto mi bolso en mi cajonera, cojo mi iPod y me pongo mis auriculares. Entro en el despacho de la tiquismiquis de mi jefa cargada con carpetas y abro una especie de vestidor que utilizamos como archivo. No somos perfectos, somos polos opuestos. Te amo con fuerza, te odio a momentos. Te regalo mi amor, te regalo mi vida, te regalaré el Sol siempre que me lo pidas. No somos perfectos, sólo polos opuestos. Esa voz. Ese acento. La carpeta que tengo en las manos se me cae al suelo por el susto. Con el señor Zimmerman. Lo miro y me quito los auriculares. Como un muñequito de esos que hay en las partes traseras de algunos coches, asiento con la cabeza. No era mi intención. Vuelvo a mover mi cabeza como un muñeco. Pero, afortunadamente, contengo mi impulsividad. Pero parece que mis palabras le hacen gracia. En el ascensor no lo reconocí. Pero ahora que ya sé quién es, creo que debo tratarlo como se merece. Él vuelve a dar otro paso y yo, al intentar hacer lo mismo, me pego contra el archivador. No tengo salida. Mi nombre es Eric. Pero no creo que esto sea correcto. Yo lo miro. Él me mira también. Cuando voy a responder, oigo las voces de mi jefa y Miguel que entran en el despacho. Zimmerman pega su cuerpo al mío y me ordena callar. Sin saber muy bien por qué, le hago caso. Vamos, ven aquí y déjame ver qué llevas hoy bajo la falda. Esto no puede estar pasando. Pienso cómo entretenerlo o despistarlo, pero no se me ocurre nada. Dejémoslos que se diviertan —me susurra. Instantes después no se oye nada a excepción del sonido de las bocas y las lenguas de esos dos al chocar. Mi respiración se agita y Zimmerman sonríe desde su altura. Lo miro y no hablo. No pienso contestar esa pregunta. Estoy avergonzada por lo que estamos presenciando los dos juntos. Me excita él. Él, él y él. Al final, vuelvo a asentir como un muñequito. No tengo vergüenza. Zimmerman, al verme tan alterada, también mueve su cabeza. Mira por la rendija y me arrastra hasta quedar ambos delante del hueco de la puerta. Lo que veo me deja sin habla. Mi jefa se encuentra abierta de piernas sobre la mesa, mientras Miguel pasea su boca con avidez por la entrepierna de ella. Cierro los ojos. No quiero ver aquello. Pasearía mi boca por tus muslos, para después meter mi lengua en tu interior y hacerte mía. Impresionada y altamente excitada, voy a contestarle una fresca cuando, de repente, todo mi cuerpo reacciona y siento que mi vientre se deshace. Lo que ese hombre acaba de decir me altera y no lo puedo disimular, por mucho que sea una grosería por su parte. Entonces, el recorrido de sus labios se detiene frente a mi boca. No me muevo. Al ver que mi respiración se agita, vuelve a sacar su lengua e, inconscientemente, abro la boca. Sus pupilas se dilatan. Me dejo llevar por mi deseo. Vuelvo a mover la cabeza, pero esta vez para negarme. No pienso cenar con él. Es el jefazo, el dueño de la empresa. Pero mi respuesta parece no agradarle y afirma: —Sí. Cenas conmigo. Su proximidad es irresistible y el nuevo asalto a mi boca es arrebatador. Ardor… Calor… Y cuando consigue que toda yo me convierta en gelatina entre sus manos, vuelve a sacar su lengua de mi boca y amaga una sonrisa. Sin habla y perturbada, lo miro. Sin moverse un milímetro de su posición, saca una Blackberry negra y comienza a teclear en ella. Minutos después oigo que llaman a la puerta de mi jefa, mientras él me pide silencio. Segundos después, Miguel abre. El señor Zimmerman quiere tomar un café con usted. La espera en la cafetería de la planta nueve. En ese momento, siento que la presión que ejerce ese hombre sobre mí se relaja y me suelta. Vuelve a ponerme un dedo en la boca. Me siento tentada de morderlo, pero me contengo. Y, tras abrir las puertas del archivo, me mira y me dice: —De acuerdo. No nos tutearemos. Póngase guapa, señorita Flores. Quiero gritar que no, pero si lo hago, toda la oficina me oiría. Acalorada y frenética salgo del archivo y, mientras camino hacia mi mesa, suena mi móvil. Un mensaje. El pobre ni se inmuta. Tras darle su ración de mimos, abro la nevera para tomarme una Coca-Cola. Tras acabarme la lata me voy directa a la ducha. Me encanta este grupo. Y Axl, el cantante, con esos pelos y esa cara tan de guiri, y con su particular movimiento de caderas. Entro en el baño. Instantes después, suspiro al sentir cómo cae el agua caliente por mi piel. Me hace sentir limpia. Pero, de repente, el señor Zimmerman y su manera de hablarme aparecen en mi mente y mis manos, resbaladizas por el jabón, bajan por mi cuerpo. Abro las piernas y me toco. Pensar en su boca, en cómo recorrió mis labios con su lengua me enciende. Recordar sus ojos y todo él me pone a cien. Me toco el pezón derecho con el pulgar y éste se hincha. Copia de buen juego Póster De HighCiti. Póster De OLMontana. 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Vuelve a ponerme un dedo en la boca. Me siento tentada de morderlo, pero me contengo. Quise atajar el conato de llanto nervioso, no quería llorar en la silla, tenía muchas cosas que decir y no quería llorar en la silla pero acto seguido quise llorar en la silla por todas las cosas que tenía que decir.

Lloré con los dedos índice y corazón en las sienes y los codos elevados. Lloro de significado, de Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse, respondí.

Bondage pornn Teen amateur pov riding. Daily updated amateur webcam videos. China xxx. Eric Zimmerman me mira altivo y un gemido sale de mi interior en el momento en que él me coge de las piernas y me las separa. Se quita la camisa y vuelvo a gemir. Aquel hombre es impresionante con su sensual torso. Desea que se deshaga entre sus manos y disfrutar plenamente de sus orgasmos, de su cuerpo y de toda ella. Nunca lo olvides. Ahora cierra los ojos y abre las piernas para mí — susurra—. Estoy asustada. Nunca he utilizado un vibrador para el clítoris y oír lo que él me dice me avergüenza, pero me excita. Eric ve la indecisión en mis ojos. Lo miro durante unos segundos. Es mi jefe. Tengo miedo a lo desconocido. Ni sé lo que me va a hacer. Pero estoy tan excitada que, finalmente, vuelvo a asentir. Me besa e, instantes después, desaparece de mi vista. Siento cómo se acomoda entre mis piernas mientras yo miro el techo y me muerdo los labios. Estoy muy nerviosa. Nunca he estado tan expuesta a un hombre. Me besa la cara interna de los muslos mientras con delicadeza me acaricia las piernas. Luego me las dobla y cierro los ojos para no observar la imagen grotesca que debo dar. Entonces siento sus dedos por mi vagina. Eso vuelve a estremecerme y, cuando su caliente boca se posa en ella, doy un salto. Eric comienza a mover su lengua como cuando lo hace sobre mi boca. Su lengua va a mi clítoris. Lo rodea. Lo estimula y, en el momento en que se hincha, lo coge con los labios y tira de él. Un extraño ruido que pronto identifico como el vibrador. Eric lo pasa por la cara interna de mis muslos y tiemblo de excitación. Y tiene razón. Esa vibración, acompañada del morbo del momento, me enloquece. Con cuidado abre los pliegues de mi sexo y coloca aquel aparato sobre mi bultito, sobre mi clítoris. Me muevo. Es electrizante. Segundos después, lo retira y siento su lengua succionarme con avidez. Pocos después, su boca se retira y vuelvo a sentir la vibración. Esta vez no encima de mi clítoris, sino al lado. De pronto, un calor enorme comienza a subirme del estómago hacia arriba. Siento que voy a estallar de placer, cuando me doy cuenta de que la vibración ha subido de potencia. El calor se concentra en mi cara y en mi sien. Respiro agitadamente. Nunca había sentido ese calor. Nunca me había sentido así. Me siento como una flor a punto de abrirse al mundo. Durante unos segundos boqueo como un pez. Al sentir que él se tumba sobre mí y toma mi boca resurjo de mis cenizas y lo beso. Lo deseo. Le tomo la palabra y toco su cinturón. Mi petición parece convertirse en su urgencia. La píldora. Se queda totalmente desnudo ante mí y me estremezco de placer. Eric es impresionante. Fuerte y varonil. Alargo mi mano y lo toco. Él cierra los ojos. Obediente, le hago caso mientras veo que rasga con los dientes el envoltorio de un preservativo. Se lo coloca con celeridad y se tumba sobre mí sin hablar. Me coloca las piernas sobre sus hombros y sin dejar de mirarme a los ojos me penetra lentamente hasta el fondo. Inmóvil bajo su peso, le permito entrar en mi interior. Su pene duro y rígido me enloquece y siento cómo busca refugio con desesperación dentro de mí. Me ensarta hasta el fondo y yo jadeo cuando bambolea las caderas. Pero él exige que le hable y para hasta que respondo: —Sí. Sus ojos brillan, lo veo sonreír y yo me arqueo de placer. Eric es poderoso y posesivo. Instantes después me baja las piernas de sus hombros y me las pone a ambos lados de sus piernas. Coge mis caderas con sus fuertes manos. Abro los ojos y lo miro. Es un dios y yo me siento una simple mortal entre sus manos. Ver su expresión y su fuerza me enloquece. Tras varios envites que me rompen por dentro y me revuelven por completo, Eric cierra los ojos y se corre tras un gruñido sexy, mientras me aprieta contra él. Finalmente cae sobre mí. Le acaricio la cabeza, que reposa sobre mi cuerpo, con mimo y aspiro su perfume. Es varonil y me gusta. Noto su boca sobre mi pecho y eso también me gusta. No quiero moverme. No quiero que él se mueva. Digo que sí con la cabeza. Él sonríe. Instantes después veo que se levanta y se marcha de la habitación. Oigo la ducha. Deseo ducharme con él pero no me ha invitado. Me siento en la cama sudorosa y veo en mi reloj digital que son las siete y media. Minutos después aparece desnudo y mojado. Me sorprendo al darme cuenta de que coge los calzoncillos y se los pone. Os mandaron a casita. Eric me mira y añade: —Sabemos perder, te lo dije. Sigue vistiéndose sin inmutarse por lo que le acabo de decir. Irritada por su falta de tacto, tras lo que ha ocurrido entre nosotros, me pongo la camiseta y las bragas. Eso lo sorprende. Eso me avergüenza. Acabo de dejar constancia de que soy una fisgona. Soy tu jefe. Con un descaro increíble, lo miro, me encojo de hombros y respondo: —Pues me lo da, seas mi jefe o no. Me levanto de la cama y camino hacia la cocina. No responde. Sólo me mira, desafiante, con los ojos entornados. Furiosa lo empujo y salgo de la cocina. Quiero que te vayas de mi casa. Me mira con un gesto que me impulsa a partirle la cara. Me contengo. Quedé en que te enseñaría a utilizar el vibrador. Dice eso y se queda tan pancho. Simplemente quería ser el primero en hacerlo. No me creo nada de eso. Pero he sido el primero que ha jugado con un vibrador en tu cuerpo. Escucharlo decir aquello me excita. Me calienta. Pero no estoy dispuesta a caer en su influjo. El sexo es algo estupendo en esta vida y siempre lo he disfrutado con quien he querido, cuando he querido y como he querido. Y tiene razón, señor Zimmerman. Le tengo que dar las gracias por algo. Gracias por alegrar mi vida sexual. Lo oigo resoplar. Lo estoy cabreando. Lleva el otro vibrador que te he regalado siempre en el bolso. Eso me descoloca. Malhumorada, me dispongo a sacar a la arpía mal hablada que hay en mí, cuando me coge por la cintura y me atrae hacia él. No puedo hacer eso. Es el señor Zimmerman y me gusta mucho. Entonces, me coge de la barbilla y me hace mirarlo a los ojos. Y antes de que pueda hacer o decir nada, saca su lengua y me la pasa por el labio superior. Quiero que se vaya de mi casa. Pero mi cuerpo no responde. Se niega a hacerme caso. Convencida de que sólo puedo contestar que sí, asiento y él, sin miramientos, me da la vuelta entre sus brazos. Me hace caminar ante él hasta el aparador de mi habitación. Me planta las manos en él y me inclina hacia adelante. Después me arranca las bragas de un tirón y yo gimo. No puedo moverme mientras siento que saca la cartera de su pantalón y, de su interior, un preservativo. Se quita el pantalón y los calzoncillos con una mano, mientras con la otra me masajea las nalgas. Cierro los ojos, mientras imagino que se pone el preservativo. No sé qué estoy haciendo. Sólo sé que estoy a su merced, dispuesta a que haga lo que quiera conmigo. Eso me aviva. Luego, me da un azotito exigente. Me agarro al aparador y siento que las piernas me flojean. Él debe notar mi debilidad porque me agarra por la cintura con las dos manos de modo posesivo y comienza a bombear su erecto pene con una intensidad increíble dentro y fuera de mí. Una y otra vez. De pronto, las embestidas paran de ritmo y su mano abandona mi cadera y baja hasta mi vagina. Mete los dedos en mi hendidura y me busca el clítoris. Le digo que sí. Quiero que lo haga. Quiero que lo haga ya. No quiero que se vaya. Él lo sabe. Lo intuye y pregunta cerca de mi oreja con su voz ronca. Una nueva embestida hasta el fondo. Jadeo por el placer. Mi mente funciona a una velocidad desbordante. Sé lo que quiero, así que, sin importarme lo que piense de mí, suplico: —Quiero que me penetres fuerte. Quiero que… Un grito escapa de mi boca al sentir cómo mis palabras lo avivan. Lo siento jadear. Lo vuelven loco. Agotada y satisfecha, me agarro con fuerza al mueble. Lo siento apoyado en mi espalda y eso me reconforta. Al cabo de un rato me incorporo y suspiro mientras me doy aire. Tengo calor. En esa ocasión soy yo la que se marcha directa a la ducha, donde disfruto en soledad de cómo el agua resbala por mi cuerpo. Sólo espero que él no esté cuando salga. Mi gesto es un poema. Lo miro. Me mira y, cuando veo que él va a decir algo, levanto la mano para interrumpirlo: —Estoy cabreada. Y cuando estoy cabreada mejor que no hables. Me toma de la mano. Lo carbonizo con la mirada. Me suelta. Le voy a… Le voy a dar un guantazo. Los meses de lactancia son duros. La madre apenas duerme, al padre le cuesta hacerse con la forma de los asientos, le duele el cuello y la espalda. Alguna vez que paran en la gasolinera, el taxista, que han descubierto que se llama Ataulfo, trae todo lo necesario para el niño, llenando el maletero del taxi de potitos, Anda, agítalo así, como una maraca. A ninguno de ellos se les ocurre nada que decir. Apenas piensan en su casa o en su vida pasada. Ya veremos por el camino, dice. A menudo, marido y mujer se turnan para cuidar al niño y mientras el uno le cambia los pañales, el otro va al asiento del copiloto a hacerle compañía a Ataulfo. A veces, cuando ninguno de los dos habla, el taxista les cuenta alguna anécdota del cantante, o cuando lo vio en este o aquel concierto. Por eso, cuando el niño habla por primera vez, a ninguno de los dos padres le sorprende que su primer sonido reconocible sea machínnn. Apenas es un balbuceo, pero ellos comprenden. En el taxi a Guillermo se le cae el primer diente, dice su primera palabrota, celebra su primer cumpleaños, aprende sus primeras canciones. Todas de Machín, por supuesto. También escucha a sus padres hablar de cine, y de gente que conocen de sus anteriores vidas, y de todo eso que puede encontrarse fuera, y aprende y empieza a pensar por cuenta propia, y un día llega la gran pregunta. La intensidad y la lógica de la pregunta hace que los dos, el padre y la madre, se miren alarmados, y se digan con los ojos algo así como vale, ha llegado el momento. Incluso el taxista Ataulfo reduce la velocidad. La madre mira a las alfombrillas debajo de sus pies, intentando escudriñar la respuesta entre las migas de pan y las pelusas; el padre finge preocuparse por algo que divisa desde la ventana. Tras varios minutos de silencio, miran los dos extrañados a Ataulfo. Pero la voz de Ataulfo se impone. Ea, míralo aquí. La canción suene a todo volumen, las maracas estallan sobre el salpicadero, sobre los asientos traseros, envolviéndolo todo de ondas hertzianas, con la violencia elegante de los compases latinos. Los padres se retuercen un poco sobre sus asientos, incapaces de permanecerse quietos, y miran de soslayo a Guillermo. Yo soy taxista. Un sitio que le gustó a Guillermo. Durante varias semanas vuelven al mismo paso de peatones, a la misma hora, cuando terminan las clases. Varias veces coinciden con la niña hasta que ella advierte la constante presencia del taxi a aquella hora, y un día se acerca. A los padres les sorprende el arrojo de su hijo. Os he visto algunas veces. Joanna, al principio, hace muchas preguntas. Después de los primeros días Joanna deja de preguntarlo. Los dos tienen pocas nociones del sexo, aunque las suficientes. Algunas cosas que había escuchado Joanna en el colegio y otras que Guillermo le había podido sonsacar a Ataulfo. Todos menos Ataulfo: el taxista nunca ha manifestado sueño ni cansancio. Nunca ha dejado de conducir. Así, escondido en la sombra de la noche, acompasando su ritmo al de los ronquidos de sus padres, Guillermo va introducién Hay una vez, solamente una, en la que el empeño de ellos es tan fuerte que a Guillermo se le olvida por completo sacarla cuando va a correrse. Nueve meses después ocurre de nuevo. Ella hace un gesto afirmativo con la cabeza, mostrando conformidad y gratitud ante el taxista, como si ni ella ni ninguno de ellos supiesen de la naturaleza hipotética de esas palabras. Nacen dos criaturas, niño y niña, sobre las piernas de sus padres y la constante vigilia de sus abuelos y de Ataulfo al volante. El abuelo extiende el brazo y pellizca cariñosamente a Gloria en el moflete, luego posa la mano delicadamente encima de la de su mujer, que sigue llorando y ha cerrado los ojos. Siento no haber aprendido a conducir. Intenta atrapar el instante de cada una de las figuras que emergen desde la luna trasera, su hijo, su nuera, y sus dos nietos, Gloria y Antonio. Luego mira a su mujer, todos estos años conmigo, piensa. Antes de que el taxi se pierda en la lejanía le da tiempo a observar su carrocería antigua y sus colores apagados y su letrero con la X fundida. Eso y que ha sacado el genio de su abuelo. A ellos les encanta jugar a eso, se yerguen y acercan su oído al radiocasete. Empieza la canción y esta vez es Gloria, que ha empezado a desarrollar los pechos, la que la identifica primero. Ahora eran cinco otra vez. A Ataulfo no le quitarían la licencia. Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías y revistas literarias. Escribo con conciencia de estar realizando una labor creativa desde muy niña, desde que iba a la escuela, y por dos razones: porque me daba mucho placer y porque mis padres eran extremadamente estrictos con mis notas. El lenguaje y el relato impuestos por el poder económico, cultural, político frente al lenguaje y al relato nacidos de mi experiencia y la de mis iguales, que ni tenemos ni queremos el poder. Esos no me han abandonado nunca. Me interesa la literatura que extrema las posibilidades del lenguaje y que desacraliza el hecho literario. Una literatura creativa con su materia prima: la lengua, entendiéndola como la institución de poder que es y de la que haríamos bien en emanciparnos. El cómic, la poesía, el teatro y el ensayo son nuestros aliados. Tengo entre manos una pieza de danza llamada Catalina, de la cual soy intérprete y coreógrafa dentro de la compañía Iniciativa Sexual Femenina. Tengo unas compuertas instaladas en las sienes. Cierran en vertical, como las del metro, y me clausuran la cara. Así son, en efecto, las compuertas del metro. Aunque se pueda ver perfectamente lo que pasa al otro lado, son lo suficientemente altas y resbaladizas como para que no puedas ni saltarlas ni agacharte para pasar por debajo. O eso o pagar el billete, claro. Hablo de estas mis compuertas y no lo hago en un sentido figurado. Qué retorcido, qué subliminal y qué rancio. Mis compuertas son visibles. Desde las sienes y hasta las quijadas se abren sendas ranuras por la que cada compuerta entra y sale. Volvió a darle al play y se puso la primera delante del espejo para que la siguiéramos. Ejecuto los movimientos con un segundo o menos de retardo, tiempo que necesito para imitarla de reojo y recordar lo que viene después, pero los ejecuto intensa y redondamente, y eso me satisface y me hace sentir una buena bailarina. Soy una buena bailarina. Contó cinco-seis-siete-ocho y arrancó, melena al viento por ella misma Ya no bailo sino que balbuceo de mala gana. No estoy deconstruyendo en series de movimientos el ovillo desmadejado que es la danza, no estoy agarrando el extremo del ovillo para no perderme en el laberinto de direcciones que es la danza. Entre las siete u ocho alumnas hay un alumno. Es un hombre pero ante todo es un macho, un demostrador constante de su hombredad en un grupo formado por mujeres. Va vestido con descoloridos colorines, mal afeitado, con el pelo largo y la apelación a la comunidad y a la cultura siempre a punto. O sea, un fascista. Fascista y macho son para mí sinónimos. Sin embargo el macho hizo como que no las vio y, cuando terminó la coreografía de la que yo me había salido, se me acercó para indicarme en lo que me había equivocado y se ofreció a corregirme. Sí sí, ya ya, le respondí sin moverme del sitio. Madre mía de mi vida, menos mal que las compuertas estaban cerradas y que la machedad llegaba amortiguada por mi total carencia de interés hacia el entorno. Este es un claro ejemplo de No es que antesdeayer no pudiera seguir la coreografía, es que no quería seguirla, es que no me daba la gana bailar coordinadamente con siete desconocidas y un macho, no me daba la gana masturbar los sueños de coreógrafa de la bailarina que ha terminado de profesora en un centro cívico municipal y no me daba la gana fingir el nivel de una compañía profesional de danza cuando en realidad somos un grupo de nenas en una guardería para adultos, y esto de tener la voluntad de no hacer algo la gente no lo entiende. Yo intenté mangarle a otra amiga una copa menstrual por su cumpleaños y es verdad que no encontré dónde, ni en El Corte Inglés, y que las farmacias dan reparo. Yo no sé qué coño tiene la píldora de emancipadora. Se trata de la salud de nuestras adolescentes, que no me entero. Pero si el sida no existe, Nati, qué dices. Ni el uno por ciento de la población. Pero es que yo no follo con españoles, Marga, porque son todos unos fascistas. Todo el mundo se quitó los calcetines menos yo, que tenía una ampolla en proceso de curación en el dedo gordo del pie derecho. La profesora repitió la disimulada orden. Era disimulada por dos motivos: prime Y segundo, era disimulada porque no se dirigió a la otredad que en toda clase, sea de danza o de derecho administrativo, constituimos las alumnas con respecto a la profesora. Si hubieran sido varias las personas con calcetines, la profesora habría comprendido que alguna causa, por minoritaria que fuera, las movía motivadamente a actuar de un modo distinto y habría tolerado la diferencia. Una causa minoritaria de insumisión puede llegar a ser respetable. Una causa individual, no. Todo el mundo miró los desnudos pies de los otros. Soy miope y para bailar me tengo que quitar las gafas, por eso no puedo afirmar a ciencia cierta que todas las miradas se concentraran en mis pies vestidos. Tras las dos disimuladas órdenes fallidas, la profesora sueca Tina Johanes llegó a la conclusión de que yo, aparte de miope, debía de ser sorda o no hispanoparlante. Ya ni pirueta ni nada. A la mierda el espejismo de estar aprendiendo a bailar. A la mierda los cuatro euros la hora en que se me quedan las clases con el descuento para parados. Cuatro euros que podría haberme gastado en ir y volver en tren de la sala de ensayo de la Universidad Autónoma, donde bailo sola, mambo, desnuda, mal. Cuatro euros que me podía estar gastando en cuatro birras en la terraza de un chino, cuatro euros que inaugurarían una fiesta o que me lanzarían mortalmente en la cama sin espacio para pensar en la muerte. Tina Johanes es una figura de autoridad. Yo soy bastardista pero de pasado bovarístico, y por esa mierda de herencia todavía pienso en la muerte, y por eso estoy muerta por adelantado. Es muy arriesgado, el viaje es largo y estar pendiente del revisor del que huir durante doce paradas me revienta los nervios, que se me arremolinan en el estómago y me entran ganas de cagar, y son doce las paradas que me paso aplacando los retortijones. Alguna vez he llegado a la Autónoma con las bragas cagadas. Después de soltar un poquito No, en los ferrocarriles de corta distancia de la Generalitat no hay lavabos. Hay que subirse en el tren meada, cagada y follada. En los trenes gestionados directamente por la Renfe y el Ministerio del Interior sí que hay lavabos. Dímelo, Angelita, te estoy leyendo el pensamiento y estoy deseando oírlo: Tina Johanes te estaba pidiendo que te quitaras los calcetines por tu bien Angelita no dijo Tina Johanes. Para que no te resbalaras. Para que no te cayeras y te hicieras daño. Para que bailaras mejor. Eres una exagerada. Eres incapaz de toda empatía no lo dijo así. Has pagado por unas clases de danza, o sea, has pagado por recibir órdenes tampoco lo dijo así. Te equivocas, le respondí yo. Te equivocas muchísimo. Una medio guapa, y ya no te digo una guapa o una tía buena, no tiene derecho a la radicalidad. Santiago de Compostela, Escritora y crítica teatral, doctora en Filología por la Universidad de Santiago y diplomada en Estudios Teatrales por la Sorbona, es columnista en el periódico La Voz de Galicia y, fundamentalmente, novelista. Se dio a conocer en con la novela Neve en abril a la que seguiría el libro de relatos Rosas, corvos e cancións , género al que regresa en con Tinta. Empecé a sentirme escritora a los 17 años, al publicar mi primera novela. Una de ellas es el paso del tiempo, especialmente en lo relativo a nuestras desmemoriadas repeticiones, lo cual me ha llevado a hablar también de la madurez. Otra constante es la reflexión sobre la identidad femenina; es desde ahí como llego a un tema que centra casi todo lo que he escrito:. Como mujer de teatro, siempre Shakespeare esa forma de ironizar… , Beckett la no-lógica y Camus la sencillez. Hace cuatro años que escribo sobre la verdad y la mentira a partir de un hecho concreto: una agresión sexual en el seno familiar. Ahí empezó todo. Siempre empieza así. Margot lleva tanto tiempo esquivando esa palabra que incluso ha llegado a olvidarse a sí misma. Todo el mundo dice que es así, y por eso ha dado por hecho que en su caso también sería de esa manera. En sus paseos de otoño al aire fresco de las mañanas de Vigo, fantaseaba continuamente con esa idea. Sabría reconocerlo entre millones de gitanos rubios y de ojos verdes, con su imaginario plato de lentejas en la mano. El hijo pródigo va de eso. Y sin embargo, cuando Margot entró hecha un flan en la sala de visitas, tuvo que esperar a que un funcionario le dijese Margot pensó que el cristal era una buena idea para los primeros encuentros, y se sentó. También intentó sonreírle, pero estuvo convencida de que cualquier gesto suyo, en ese momento, iba a parecer falso. Y no sabía muy bien qué hacer con las manos. Margot tuvo mucho cuidado en ponerse una ropa que le cubriese las marcas de la mala vida. Manga larga para que su hijo no viese las cicatrices de las jeringuillas primero y de los goteros después. Un jersey negro de cuello alto, para disimular esas arrugas que se colocan en los cuellos cuya piel se ha estropeado con los excesos de alcohol. Como si fuese a tener un vis a vis con Isabel, Margot decidió ese día maquillarse a conciencia. En el fondo siempre quiso que su hijo creyese que llevó una vida radicalmente distinta de la vida en la que la colgaron el día que la dejaron medio muerta delante del hospital que la salvó a medias. Margot siempre ha pensado que, después de muerta Isabel y con su madre totalmente anulada por el miedo, se quedaría sola para siempre, e incluso llegó a dudar de si aprovechar o no los permisos penitenciarios cuando empezasen a concedérsele. Pero de repente todo cambió. Dudó, vaya si dudó. Mientras desayuna, piensa ahora que son curiosas estas ganas que tiene de limpiar a conciencia la colección de teteras de porcelana. En otras circunstancias le daría una pereza terrible, bajarlas todas de sus estantes, pasarles un plumero una a una, y en algunos casos lavarlas con agua bien caliente con jabón, porque a veces el polvo se queda pegado en la porcelana y no hay quien lo quite. Pero después de llevar tantos meses sin hacerlo, Margot empieza a creer que estar en su casa limpiando es el mayor gesto de libertad que existe. A su hijo le va a extrañar su estilo decorativo. Los clientes se adaptan a una y si desapare Margot espera que su hijo no se ponga a recomendarle estudiar, o montar un estudio de decoración o cualquier cosa de esas, cuando le abra la puerta de su casa y lo invite a entrar con el aroma de un buen guiso en la cocina. No, eso no va a pasar. Eso es muy de madres, no de hijos. Si le dicen algo a alguien, no hay trato, insistió Margot. A pesar de criarse donde se crio, su hijo no entiende muy bien lo que es un destierro gitano. Puede ser que tenga parte de razón y Margot exagere, tantos años después. Los destierros son de por vida, querido. Lo sintió absolutamente ajeno a ella. Claro que sí. A esas alturas, ya Margot no podía dejar de llorar. Eso de llorar en la sala de visitas no es sólo cosa de las películas. Le fue suficiente para entenderlo todo y para poder comenzar la vida que decidió comenzar. Hace mucho que he salido de allí, de aquello. Pero se alegra mucho, con una alegría inexplicable y un orgullo esencial, de que su hijo haya sido capaz de lograr que a él le tocase la buena. A Borja le afecta menos, pero correrse o no correrse determina mucho el resto de la actuación de Patri. El primer clic lo ha dado Jose en el proscenio y es un flexo de luz blanca. El tercer clic lo. El cuarto clic lo ha dado Borja en diagonal con Jose y es otro flexo igual. A mí la luz me baña toda la cabeza y hasta la cintura, pero Ahmed es muy alto y sólo se le ve desde el flequillo y hasta la mitad del pecho. Yo llevo una camisa beige y una falda roja como la de Patri. Ahmed lleva una camisa celeste y unos pantalones chinos marrones. Dogy lleva puesta una camisa beige como la mía y unos pantalones marrones como los de Ahmed, pero de mujer. Borja lleva una camisa beige como la mía, pero de hombre, y unos pantalones como los de Ahmed pero del color rojo de las faldas de las chicas. Jose lleva chinos marrones y camisa como la mía y la de Borja, beige. Todos sonreímos, en especial Ahmed y yo, y en Borja y en Patri sonríen las endorfinas. Han pasado nueve minutos. Los jóvenes no tienen riqueza, no tienen sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política que servir. Ahora bien, resulta que los jóvenes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio peculiar bagaje, aquel que ellos incorporan y traen, sea también torpedeado y hundido. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y la incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, y todo esto tiene en realidad que ser aprendido, le tiene que ser enseñado a la juventud, no es de ella ni forma parte de ella. Pero un mínimo de crítica, en el. Hoy existen mil interpretaciones, mil explicaciones acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto para nada. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años. La excitaré con el trapo sangrante de mi corazón y me burlaré, descarado y mordaz. Con la fuerza de mi voz camino gallardo, atronando al mundo, con veintidós años. Mi alma no tiene una sola cana ni tiene ternura senil. Soy dispar a los ilustres. Me importa un bledo que Homero y Ovidio no tengan nombres manchados de hollín. No mendiguemos del tiempo el perdón. Nosotros, uno a uno, somos las correas de transmisión de los mundos. Yo, escarnecido por la estirpe de hoy, como un chiste obsceno, veo a alguien que nadie ve remontando las cimas del tiempo. El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. JOSE: Creo que no. Creo que en esto reside todo mi interés. Y en las cosas sobre las que escribo. El amor, las canciones, las calles, los rostros, las ciudades, los niños. JOSE: Ah, es usted ruso. BORJA: Pero sólo me pongo a escribir cuando todas esas cosas han ido subiendo en mi interior al nivel de las palabras. JOSE: Yo soy maestro pintor, escultor y arquitecto. Pinto vírgenes, cristos y santos, esculpo vírgenes, cristos y santos, y diseño catedrales. JOSE: Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo siempre que tengo oportunidad les enseño la espada a los pintores malos. Ya me habría gustado, ya. A quien maté fue a mi mujer. Yo a las mujeres sólo las mato en mis textos. Bueno, a las mujeres y a los hombres. JOSE: Es usted inteligente. BORJA: A mí me los puede contar, no me espanto por nada, y menos por las razones por las que se mata a una mujer. JOSE: Siempre son las mismas. A lo que le digo que oidores puede hacerlos el rey del polvo de la tierra, pero sólo a Dios se reserva el hacer un Alonso Cano. JOSE: Me cago en su puta madre. Yo le digo que la poesía es como la extracción del radio: un gramo de producto por un año de trabajo. Pero no se entera. JOSE: De qué se van a enterar los del fisco. Por emplear un lenguaje que él pudiera entender, le hago la comparación de que la rima es un barril de dinamita y la estrofa es la mecha. Se consume la estrofa, estalla la rima, y la ciudad revienta como un verso. Y entonces tengo que lanzarme a viajar, ciudadano inspector, haga frío o calor, y para eso tengo que trabarme de anticipos y préstamos. Soy deudor de los lampiones de Broadway, de los cielos de Bagdadí, del ejército rojo, de todo sobre lo que no tuve tiempo de escribir. JOSE: Muy bien dicho. Hamletada Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos. Sara valora por ejemplo que te quedes pensando. Iba de una mujer a la que le gusta que los hombres la dominen. Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no actuando sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente. Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces de nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Se lo hizo a Ester, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García. Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone. Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos. El problema con el nazi y el violador no era que fuesen un nazi y un violador respectivamente, el problema fue que se volvieron pesadísimos. Si hubiera añadido gracias alguien se habría reído, o no sé, porque el círculo se había quedado patidifuso, sobre todo los curiosos para quienes existe una curiosidad permitida y otra no. Pepe dijo que prefería no contestar a la pregunta, con lo cual la pregunta quedaba contestada, y aunque no hubiera quedado contestada lo importante era hacer la pregunta. Piqué, claro. Dije que cada vez que uno de los presentes hablaba yo me construía un castillo de prejuicios hacia él y que de momento todas esos prejuicios estaban siendo malos, no porque él o ella fuera efectivamente malo, aunque por supuesto alguien malo habría, sino porque estaban hablando demasiado y sin decir nada porque ésta no es la manera de hablar, esta es una manera completamente forzada. Ahora sé, porque me lo demostraron en el trascurso de los ensayos, que en ese momento me gané recelosos como Borja y el propio Pepe, pero también desperté simpatías inmediatas como la de Ahmed, que la hizo explícita saliendo sutilmente en mi defensa. Así me calló la boca y me provocó las ganas de llorar, que me aguanté hasta la hora de la pausa. Pepe sudaba como un cerdo, tenía piel de cera y ojos azules saltones, y una media melena que empezaba a clarearle por la coronilla. Era un gordo que estaba adelgazando a toda velocidad, es decir un flaco blandengue. Yo tenía la camiseta empapada no de mi sudor sino del sudor de Pepe, y a mí eso no me da asco, lo que me da asco es que sea un sudor completamente enmascarado, no de alguien que se echa desodorante para no oler mal sino de alguien que no quiere oler en absoluto, de alguien acomplejado que quiere pasar desapercibido. Y la frase de Pepe no me habría dado asco y yo no habría empezado a presumir sus trastornos sexuales si en lugar de decir pelitos hubiera dicho pelos, simplemente pelos, los pelos de mi trenza. Pero dijo pelitos, y esa guarrada diminutiva dicha a una desconocida no indica que te la quieras ligar por la vía guarra, indica que la quieres humillar. A mí me entra un tío diciéndome te quiero reventar ese culo o ese culazo que tienes y vale, puedo recoger el capote o puedo decirle no gracias. Pero me entra diciendo te quiero reventar ese culito que tienes y le doblo la cara por grosero. Estoy harta de verlo en Derecho Penal. Las víctimas relatan las perversiones de sus acosadores y todos usan diminutivos: voy a follarte por todos tus agujeritos, enséñame esas tetitas, te lo vas a tragar enterito, este dedito adónde va, y así. En los primeros meses de montaje de Zwölf, cuando todavía ni tenía nombre y los ensayos consistían en largas discusiones sobre la falibilidad del lenguaje y por tanto del derecho y por tanto de la democracia, desbarrando en torno a Habermas y Murakami, Pepe defendía cierta bondad ilustrada y hippy. El pueblo no sabe que sabe pero sabe, decía, y decía que esa era una frase de Séneca y que si Jose iba a parafrasear a Le Corbusier y yo a Emily Dickinson él quería ir de Séneca, toga senatorial incluida. Esto era coherente con mis otras sospechas: sólo alguien a quien le repugna su propio sudor puede querer interpretar a Séneca. En una de aquellas largas disquisiciones que nos ocupaban tardes enteras, Pepe nos habló de una obra de teatro que había visto. En un determinado punto de la narración empezó a hacer gestos raros y a balbucir. Entonces los actores… Los actores se ponen. Follando, Pepe, terminé yo la frase. Sí, eso, follando, admitió con su cara de cera de un rojo reluciente, como una manzana de cera de expositor. Eso era concluyente. Una noche después de los ensayos me preguntó con su amabilidad habitual dónde vivía, él iba en la misma dirección, había que hacer grupo. Me negué a ensayar la escena de desnudo con Pepe delante y convencí a Patri para que se uniera a mi renuncia. Todavía no conocía a Patri y la trataba con distancias porque me parecía demasiado alocada, pero en esto hicimos piña. En lugar de ensayar el desnudo la tarde que nos correspondía llevé otra propuesta. Hamletada lo llamé para mis adentros. En ese fragmento Garibaldo regresa de América a su pueblo natal en Italia, un pueblo costero, es la posguerra mundial y su amor de juventud, Esperia, lo espera desde hace diez años en una casa de la playa. Esperia había sido novia de los hermanos de Garibaldo y Garibaldo acabó por gustarle también, y viceversa, inercias familiares de éstas de Tabucchi, pero Garibaldo y Esperia nunca han sido novios, ni se han besado ni se han acostado ni nada, pero se han estado escribiendo cartas de amor y reproches todos esos años. La violó dulcemente entre las redes y las sogas podridas. Adapté el texto a primera persona de manera que la voz del narrador coincidiera con la de Garibaldo, para que donde decía En cuanto Garibaldo regresó fue a desatar el pasado de Esperia, dijera En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Y para que donde decía La violó dulcemente dijera La violé dulcemente, y me propuse a mí misma como Esperia y a Pepe como Garibaldo, que aceptó encantado de que alguien lo incluyera en una de sus improvisaciones. En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Lo hice como me dictaba la naturaleza: con el ímpetu de una adolescencia incongruentemente reciente. Para llegar hasta la casa de la costa recorrí a pie el mismo camino que habían hecho mis hermanos todos los domingos. Era mayo y las retamas amarilleaban las dunas. Las redes, abandonadas en los cañizos y acostumbradas a la tierra, se habían convertido en vegetales; nacían en ellas campanillas rosadas, carnosas, que casi parecían ombligos. Esperia, cuando me vio en el umbral, comprendió para qué había vuelto, recitó Pepe engolando voz de Serrat, qué malo era, y nos pusimos de frente. La mano le chorreaba. Entonces cerró los ojos, se rio y se salió de la escena. Perdón, ay, lo siento, se excusó. Me he puesto nervioso, repetimos. Pues claro que se había puesto nervioso el hijo de puta. No pasa nada, Pepe, repetimos. Pausa para cogerme la mano, pauta por él introducida. Acto seguido hizo su pregunta de rigor: Por qué has elegido este texto. Yo continué con la milonga de las inercias familiares, satisfecha. Pepe dejó de acudir puntualmente a los ensayos hasta que dejó de venir, y nunca vimos su improvisación de Séneca. Pero qué hilo, si yo en mi vida he puesto por escrito los montajes, nos decía Sara que no se atrevía a decirle. Los abuelos de Walter eran alemanes establecidos en Brasil, donde sus padres y él habían nacido, y esta vez la pregunta que había que hacer estaba clarísima y la mentirijilla que nos iba a responder también: después de la guerra Alemania estaba destrozada, emigraron para buscarse la vida. No tuvo huevos de hacer de Hitler en Schweyk en la segunda guerra mundial, de Bertolt Brecht, cuando se lo propusimos en otra hamletada. El verdadero reencuentro Borja no recita el poema, lo dice. No lo dice coloquialmente, como si no le diera importancia a su contenido, pero tampoco imposta afectación a su significado. Tampoco lo larga como un autómata. Nuestra aspiración es reproducir en tanto que opuesto a recitar. Nuestra aspiración es que Borja no recite sino que reproduzca el poema, que lo reproduzca en el sentido biológico del término, aquél de la EGB de los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, o sea que no reproduce el poema sino que reproduce al poema. Borja es el semental que viene a fecundar al poema. El poema se reproduce a sí mismo, se preña de él mismo y se pare a sí mismo. Esto podría dar la idea de que Borja va de médium, del rollo de que no es él quien dice el poema sino que es el poema el que se dice a través de él, pero tampoco es eso. Borja es importante, es el semental, el resucitador si se quiere, porque el poema es palabra muerta en tanto que palabra impresa, poema bueno poema muerto. La relación se establece entre el actor y el texto, no entre el actor, el texto y el escritor. En tanto que sementales o resucitadores, somos implacables con los autores: si usted, en tanto que escritor, ha decidido matar sus palabras y llevarlas a un taxidermista, no espere que dentro de cien años nosotros, después de haber elegido a su lechuza disecada de entre. Durante el poema se oye otro ruido limpio, de ritmo alegre. Un instante antes de que Borja empiece se oyen dos series de golpecitos, ese es su pie para arrancar. Viste pantalones y camisa celestes. Los zapatos de todos nosotros son de piel con cordones, sin brillo y con suela de goma, que no hace apenas ruido al andar. Nadie ha andado todavía. Quienes las adopten se condenan sin remisión a un limbo permanente, a una eterna infancia de imbéciles y castrados. La primera. A la política, pues, no en papel de rivales de estos y aquellos partidos, sino en rivalidad permanente y absoluta con el sistema entero. Política contra las políticas. Partido contra los partidos. Así tienes menos opciones de meter la pata, le respondió Dogy una vez, y él se ofendió. Hay una bandolera sobre la mesa de la televisión y una mochila al lado de la bolsa de viaje del suelo. Hay una chaqueta encima del escritorio en el que apoyan el codo Borja y Jose, y otra en el sillón correspondiente al reposapiés. En la mesita de noche de al lado de Patri hay una funda de gafas y un paquete de klínex, y un klínex usado en el suelo. DOGY: Qué malo eres. Es verdad, he tenido una historia paradójica, porque mi corazón siempre estuvo ocupado por mi amor frustrado por ti, me quedaba sólo un espacio limitadísimo para una compañía. Es tarde, tienes ganas de desear, mira que el tiempo de la vida no va al mismo ritmo que el tiempo del deseo, en un día pueden pasar cien años. DOGY: Yo ya había intuido que volvería a encontrarte, volvería a encontrarte en esta noche veraniega que preveía en mi carta. No la recibí nunca. DOGY: Mi carta no hablaba de la noche de junio que me llevaste al hotel, allí no hubo un verdadero reencuentro. JOSE: Y sin embargo te follé toda la noche. DOGY: Qué vulgar eres. DOGY: Tristano es un nombre falso, un nombre artificial, no me gusta, suena a nombre de otro. AHMED: Al convertirse las juventudes en sujeto primordial de la historia, la época adopta necesariamente perfiles revolucionarios. Antes aludimos a las épocas por esencias conservadoras y tranquilas, en las que realmente. Y es que al pasar la juventud a ser la fuerza motriz decisiva, al convertirse en sujeto creador, su misión, que en otras épocas parece casi inexistente como tal, se agiganta y dilata de un modo extraordinario, ya que es de hecho la misión misma de la humanidad en aquella hora. Oh melocotón! De AlessiaJD. Etiquetas: chucky, muñeca, conductor asiento trasero, feo, mal, cabello rojo, juego de niños, buen chico. Conductor asiento trasero Póster. De ALeighHull. 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Para defenderme de su ataque, dispongo de otra raqueta de madera. Obviamente, mi raqueta también simula una destructiva arma de combate. Comienza la pelea. Consigo esquivar el golpe, pero al hacerlo pierdo el equilibrio y caigo al suelo, no sin antes golpearme en la sien con la cómoda de la habitación. Comienzo a sangrar. Mi cara se mancha de sangre. Mi camiseta también. Hasta el suelo se mancha de sangre. Mi hermano se asusta. Me mira y en sus ojos puedo ver que tiene miedo y que no sabe cómo actuar. Llaman a la puerta. Mi hermano coge las raquetas y las esconde debajo de la cama. Después abre la puerta. Mi madre, al verme, comienza a gritar histérica y se arrodilla para poder agarrarme por los hombros. Me sujeta con fuerza y después me estrecha entre sus brazos. Me miran fijamente, como si nunca antes me hubieran tenido delante. Asiento con la cabeza. Contemplo de reojo a mi hermano. No soy un chivato. Mi padre y yo caminamos por la calle rumbo al videoclub. Vamos a alquilar una película. Llegamos y comienzo a caminar por los pasillos. Hay cientos de películas, no sé por cual decidirme. Una señora se acerca despacio a mi espalda y me toca ligeramente el hombro. Me giro. Me toco con la yema de los dedos y después los miro. Busco a mi padre por todo el videoclub. No le encuentro. Noto la sangre recorriendo mi rostro hasta llegar al mentón. Estoy nervioso. Lleva un pañuelo en la mano. Me limpia la sangre y sonríe. Yo también sonrío. Alquilamos Rocky IV, aunque ya la he visto media docena de veces, y regresamos a casa caminando. La película no me gusta demasiado. Pero me encanta la parte del entrenamiento, no la primera parte, en la que entrena sin ganas, como si supiera que no tiene posibilidades de ganar el combate, sino la otra, las que comienza con un plano cerrado de sus zapatillas saltando a la comba al ritmo de la canción Hearts on fire. Me gusta el plano. Muy cerrado. Ni siquiera puede verse la cuerda. Pasa tan deprisa que solamente puede escucharse. Sus pies se mueven a mayor velocidad y a su alrededor comienza a formarse una pequeña nube de polvo. El polvo que levanta al pisar el suelo de madera con las zapatillas. Son unas zapatillas negras. Unas de esas zapatillas que llevan los boxeadores. Yo ya he visto le película. Comienzo a pensar que tal vez hayan cambiado el final. Los entrenadores del boxeador ruso, todos vestidos de un llamativo rojo, celebran el inicio del combate. Cuando llegan al sexto asalto yo ya estoy convencido. No hay duda. Yo no entiendo nada de lo que dice. Cuando comienzan a aparecer los títulos de crédito mi padre detiene la proyección, saca la película del reproductor VHS y yo me marcho a la cama. Salgo al jardín y me siento. Es de noche y, aunque hay una bombilla encendida sobre la mesa del porche, apenas puede verse. La casa no es mía, es simplemente un lugar en el que estoy pasando las vacaciones, así que no puedo cambiarla por otra de mayor voltaje. Veo entre las sombras algo que se mueve y me asusto. Comienzo a pensar que no ha sido buena idea salir a escribir a medianoche. De entre la oscuridad aparece una gata. Camina titubeante hacia mí. Empieza a ronronear. Lo coloco todo con cuidado en una hoja del cuaderno y lo dejo en el suelo. Tarda menos de un minuto en devorarlo. Cuando termina de relamerse, se sube de un salto al banco en el que estoy sentado y me mira. Intento escribir pero no lo consigo, levanto la vista para observarla cada dos segundos. Se tumba junto a mi mano. Es como si temiera que al cerrar los ojos volviera a quedarse sola, del mismo modo en el que estaba un instante antes de que yo saliera al porche. Finalmente el sueño gana la batalla y cierra los ojos despacio, sin parar de ronronear. La miro en silencio durante unos segundos, después recojo el cuaderno y el bolígrafo, me levanto y vuelvo dentro. Es de noche y hace calor. Mucho calor. Estoy tumbado boca abajo, con los ojos cerrados, pero no estoy dormido. Mi padre se acerca despacio al umbral de la puerta de mi habitación; puedo escuchar sus pisadas. Camina despacio hasta la cabecera de mi cama y me zarandea con delicadeza. Me giro y le miro. Yo también lo hago. Después observo de pasada el reloj de la mesilla de noche: son las de la madrugada. Llegamos al salón. Miramos fijamente el televisor. Cuando ha salido del vestuario, con la cabeza tapada por la capucha del batín, en los altavoces del recinto en el que se celebra el combate ha comenzado a sonar Gonna fly, el tema principal de la banda sonora de la película Rocky. Parece que mientras lo hagan estén aguantando la respiración. Como si el acto de respirar pudiera mostrarle una debilidad al rival. Regresan a sus esquinas y tragan todo el oxígeno que han dejado de inhalar durante el cruce de miradas. Suena la campana que da inicio al primer asalto y ambos se dirigen nuevamente al centro del ring para comenzar la pelea. Baila uno alrededor del otro moviendo sin parar los pies, parece una coreografía ensayada. Tras un par de minutos titubeantes, el potro lanza un derechazo que impacta en el estómago de Whitaker, haciéndole retroceder unos pasos. Vuelven a colocarse en el centro y nuevamente intercambian sus miradas, pero por la rectitud de sus rostros da la impresión que ninguno de ellos tenga ya ganas de seguir bailando. Pero justo un instante después de pronunciar aquellas palabras, descubre que no son ciertas. Y es a partir del segundo asalto cuando mi padre deja de sonreír. El combate se decide a los puntos. Mi padre se levanta y sale a la terraza sin decir nada. Se enciende otro cigarrillo y fuma pausadamente con los codos apoyados en la barandilla. Salgo y me coloco a su lado. Le miro. Son casi las cuatro de la madrugada. Da una larga calada y lanza el cigarrillo al vacío. Tuve una buena racha, gané cuatro o cinco combates seguidos como amateur y encontré un buen entrenador. Tuve incluso un par de peleas semiprofesionales. Pasé un par de minutos inconsciente tumbado boca arriba, con los brazos en cruz, encima de la lona. Después de aquello me asusté y decidí dejarlo. Durante un instante no habla nadie. Me cuesta asimilar su escueta respuesta. Por eso hay que intentar aprovechar las primeras ——dice. Y después de decir aquella frase regresa al salón. Yo le sigo. Antes de apagar el televisor lo observamos durante unos segundos, un periodista entrevista a Poli Díaz, le pregunta por el combate y él. Mi padre apaga la televisión y volvemos a la cama. Después de aquel combate el potro disputó muchos otros, pero ninguno de ellos fue por el título del mundo, y nosotros nunca volvimos a levantarnos a media noche para verle pelear. Hay una cabina con una ventanilla de cristal, y al otro lado de la ventanilla de cristal hay un hombre gordo que suda. Y el hombre y su sudor son realmente desagradables. Le digo que es mi primer día de trabajo y me da una tarjeta verde y me dice que vaya hasta el almacén que hay al final de la calle, y que le de la tarjeta a la mujer que encontraré en la puerta. Me doy la vuelta y comienzo a caminar. La mujer que hay en la entrada del almacén parece un hombre. Es grande y fuerte y tiene bigote; pero también tiene tetas. Me explica la labor que voy a desempeñar, que se resume en repartir publicidad por las calles de la ciudad, y después se marcha a explicarle lo mismo a otro chico que también empieza hoy. Cojo un saco lleno de octavillas publicitarias y me lo cargo a la espalda. Salgo a la calle y espero en la acera la llegada de la furgoneta que ha de llevarnos, a los empleados y a las octavillas, a la zona de la ciudad en la que debemos comenzar el reparto. No hace demasiado calor para ser agosto, pero el saco pesa y yo sudo. La furgoneta llega. La mujer con tetas y bigote abre la puerta trasera y una veintena de repartidores subimos. No hay asientos, así que nos acomodamos en el suelo. A mi derecha hay un chico de unos diecisiete años. Tiene la piel morena y los ojos claros. Tiene unas tetas enormes. La puerta de la furgoneta se cierra; no podemos vernos los unos a los otros. En la oscuridad intento tocarle un pecho a la chica del pelo rojo, pero no lo consigo, mis dedos se pierden entre las octavillas de uno de los sacos. No me apetece demasiado seguir hablando. Pero estamos a oscuras dentro de una furgoneta y no hay nada mejor que hacer. Volvemos a quedarnos en silencio. No se ve un carajo. Yo no pienso repartir publicidad de militares, va contra mis principios. No puedo verle la cara, pero lo dice en un tono francamente severo. Hassim acerca su cabeza a mi oído y me habla en voz baja: ——Yo pensé que cuando viajas en el suelo de una furgoneta, a oscuras como si fueras ganado, no le das demasiada importancia a los principios. No sé qué decirle, así que no digo nada. Llegamos a nuestro destino y la furgoneta se detiene. Nos abren la puerta y todos bajamos. El primer contacto con la luz natural nos daña la vista. Cada uno de nosotros coge un saco y comenzamos a repartir octavillas. La chica del pelo rojo también lo hace. Hassim me mira y sonríe. Y a mí me empieza a caer mal. Observamos el avión desde la escalera de embarque. Es blanco y tiene dos alas. Como todos. Caminamos por el pasillo que queda entre las hileras de asientos hasta encontrar nuestras plazas. El suelo es de moqueta azul. Marina quiere colocarse junto a la ventana; yo también. Finalmente ella cede y ocupo yo el privilegiado asiento. Cojo una revista. Una azafata se coloca delante de nosotros. Viste zapatos negros, medias negras, falda azul, camisa blanca, un ridículo gorrito y un pañuelo anudado a su cuello. Es alta y atractiva, pero no lo suficiente como para conseguir desviar mi atención de la revista. Habla de accidentes, incendios, salidas de emergencia El avión despega y todos miramos por la ventana. Treinta y nueve minutos después del despegue comienzan las turbulencias. El avión sube y baja como si fuera una atracción de feria, y ante la primera embestida todos sonreímos, algunos niños incluso aplauden. Siete minutos después, justo el instante posterior a que el piloto nos indique por megafonía que no consigue estabilizar el aparato, ya nadie sonríe. Marina me agarra con fuerza de la mano. La miro pero no sé qué decir. Ella también se queda callada. Un tipo de unos cincuenta años, canoso y con un frondoso bigote, se levanta y se enciende un cigarrillo. Marina apoya su cabeza en mi hombro y me dice que me quiere, le digo que yo también y cierro los ojos..

A lo mejor la realidad es precisamente Juan porque lejos de Juan yo no me encuentro, lejos de Juan yo no me pienso luego yo no me existo, posible colofón. Click cuentas y yo he estado junto a Juan en total catorce días o dieciséis y entonces qué, he existido dieciséis días en veinticinco años.

La caja blanca es la habitación alquilada con Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse mesa y una silla y un ordenador adonde voy todas las mañanas a escribir, y la caja negra es este escenario con la escenografía de Beckett.

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Me acaban de llamar los del departamento de asesoría jurídica de Repsol para decirme que no me cogen porque no he pasado los psicotécnicos y yo pienso normal, cómo cojones voy a pasar los psicotécnicos si me paso la vida entre la caja blanca y la caja negra. Escribir un poema Después Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse polvo Patri y Borja descansan unos segundos el uno en el otro.

Eso plantearía nuevas posibilidades escénicas.

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Borja sale de la luz y se le pierde de vista, a quitarse el condón o a limpiarse si acaso, mientras Patri se queda de pie en el sitio al lado de la lamparita, que le ilumina un trecho de Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse, de vientre, de seno y de brazo desnudos. Es una falda roja de algodón grueso y poliéster que le llega por la mitad de las rodillas, densa y cómoda, con bolsillos.

Si se ha corrido deja el peso en una pierna y bascula, suspira. A Borja le afecta menos, pero correrse o no correrse determina mucho el resto de la actuación de Patri.

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Yo llevo una camisa beige y una falda roja como la de Patri. Ahmed lleva una camisa celeste y unos pantalones chinos marrones. Dogy lleva puesta una camisa beige como la mía y unos pantalones marrones como los de Ahmed, pero de mujer. Borja lleva una camisa beige como la mía, pero de hombre, y unos pantalones como los de Ahmed pero del color rojo de Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse faldas de las chicas.

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Jose lleva chinos marrones y camisa como la mía y la de Borja, beige. Todos sonreímos, en especial Ahmed y yo, y en Borja y en Patri sonríen las endorfinas.

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Han pasado nueve minutos. Los jóvenes no tienen riqueza, no tienen sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política que servir. Ahora bien, resulta que los jóvenes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio peculiar bagaje, aquel que ellos incorporan y Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse, sea también torpedeado y hundido.

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No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y la incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse todo esto tiene en realidad que ser aprendido, le tiene que ser enseñado a la juventud, no es de ella ni forma parte de ella.

Pero un mínimo de crítica, en el. Hoy existen mil Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse, mil explicaciones acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria.

Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven article source absoluto para nada. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años. La excitaré con el trapo sangrante de mi corazón y me burlaré, descarado y mordaz. Con la Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse de mi voz camino gallardo, atronando al mundo, con veintidós años. Mi alma no tiene una sola cana ni tiene ternura senil.

Soy dispar a los ilustres. Me importa un bledo que Homero y Ovidio no tengan nombres manchados de hollín. No mendiguemos del tiempo el perdón. Nosotros, uno a uno, somos las correas de transmisión de los mundos.

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Yo, escarnecido por la estirpe de hoy, como un chiste obsceno, veo a alguien que nadie ve remontando las cimas del tiempo. El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria.

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JOSE: Creo que no. Creo que en esto reside todo mi interés. Y en las cosas sobre las que escribo. El amor, las canciones, las calles, los rostros, las ciudades, los niños.

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JOSE: Ah, es usted ruso. Click Pero sólo me pongo a escribir cuando todas esas cosas han ido subiendo en mi interior al nivel de las palabras.

JOSE: Yo soy maestro pintor, escultor y arquitecto. Pinto vírgenes, cristos y santos, esculpo vírgenes, cristos y santos, y diseño catedrales. JOSE: Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse que tengo oportunidad les enseño la espada a los pintores malos.

Ya me habría gustado, ya. A quien maté fue a mi mujer. Yo a las mujeres sólo las mato en mis textos.

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Bueno, a las mujeres y a los hombres. JOSE: Es usted inteligente. BORJA: A mí me los puede contar, no me espanto por nada, y menos por las razones por las que se mata a una mujer. JOSE: Siempre son las mismas.

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Sé lo que quiero, así que, sin importarme lo que piense de mí, suplico: —Quiero que me penetres fuerte. Quiero que… Un grito escapa de mi boca al sentir cómo mis palabras lo avivan. Lo siento jadear. Lo vuelven loco. Agotada y satisfecha, me agarro con fuerza al mueble. Lo siento apoyado en mi espalda y eso me reconforta. Al cabo de un rato me incorporo y suspiro mientras me doy aire. Tengo calor. En esa ocasión soy yo la que se marcha directa a la ducha, donde disfruto en soledad de cómo el agua resbala por mi cuerpo. Sólo espero que él no esté cuando salga. Mi gesto es un poema. Lo miro. Me mira y, cuando veo que él va a decir algo, levanto la mano para interrumpirlo: —Estoy cabreada. Y cuando estoy cabreada mejor que no hables. Me toma de la mano. Lo carbonizo con la mirada. Me suelta. Le voy a… Le voy a dar un guantazo. Pero regresaré mañana a la una. Con un gesto serio que incluso el mismísimo Robert De Niro sería incapaz de poner, lo miró y gruño: —No. No me parece. Que te enseñe Madrid otra española. Y vuelve a hacerlo. Abro la boca estupefacta y resoplo. Quiero mandarlo a que le den por donde amargan los pepinos, pero no puedo. El hipnotismo de sus ojos no me deja. Finalmente, mientras tira de mí en dirección a la puerta dice: —Que pases una buena noche, Jud. Y si me echas de menos, ya tienes con qué jugar. Poco después se va de mi casa y yo me quedo como una imbécil mirando la puerta. Miro el reloj de mi mesilla. Las once y siete. Me tumbo de nuevo en la cama. Mi sobrina Luz. Maldigo en silencio, pero luego miro a la pequeña y la agarro para besarla con amor. Adoro a mi sobrina. Pero cuando mis ojos se cruzan con los de mi hermana, mi mirada dice de todo menos bonita. Veinte minutos después y recién salida de la ducha, entro en el comedor en pijama. Mi hermana me mira y pone un café ante mí. Pero no, esto no va a quedar así. Te juro que voy a contratar al mejor abogado que encuentre y le voy a sacar hasta los higadillos por cabrón. Te juro que… Necesito un segundo. Tiempo muerto. La pequeña desaparece de nuestra vista. Eso me deja patitiesa. No sé qué decir. Efectivamente, se dice que uno de los síntomas para desconfiar en un hombre es ése. Pero claro, tampoco se puede decir que eso sea una tónica general en todos. Y menos en mi cuñado. Que no, que no me lo imagino. Eso quiere decir mucho. Pensar en mi cuñado en plan caliente no me apetece. Al escuchar eso creo morir. Salto de la encimera y se lo quito. Menos mal. En las bragas. La pequeña suelta una risotada y yo me parto. Bendita inocencia. Mi hermana nos mira y mi sobrina dice: —Tita, no te olvides de la fiesta del martes. Mi sobrina me mira con sus ojitos castaños, tuerce la boca y dice: —He discutido otra vez con Alicia. Es tonta y no la pienso ajuntar en la vida. Alicia es la mejor amiga de mi sobrina. Pero son tan diferentes que no paran de discutir, aunque luego no pueden vivir la una sin la otra. Yo soy su intermediaria. Luz resopla y pone sus ojitos en blanco. Me llamó tonta y cosas peores y yo me enfadé. Pero ayer me trajo la película, me pidió perdón y yo no la perdoné. Mi canija y sus grandes problemas. Lo pensaré. Segundos después la pequeña desaparece en el interior de mi piso. Eso me alegra. Media hora después, tras haber despotricado todo lo habido y por haber contra mi cuñado, mi hermana y mi sobrina se van y me dejan tranquila en casa. Las doce y cinco minutos. No pienso salir con él. Que salga con la que tuvo la cita anoche. Voy a mi habitación, cojo mi móvil y, sorprendida, me doy cuenta de que tengo un mensaje. Es de Eric. A la una paso a buscarte. Este tío es de todo, menos bonito. Y, antes de que le conteste, mi móvil pita de nuevo. Mi móvil inmediatamente pita de nuevo. Dejo el móvil sobre la encimera, pero suena de nuevo. La primera, enseñarme Madrid y disfrutar del día conmigo. Y la segunda enfadarme y soy tu JEFE. Su abuso de autoridad me enardece pero me excita. Con las manos temblorosas, vuelvo a dejarlo sobre la encimera. No pienso contestarle. Enfadada, maldigo por lo bajo. Me lo imagino sonriendo mientras escribe aquello. Suelto el teléfono. No pienso contestar y tres segundos después vuelve a pitar. Desesperada, me acuerdo de todos sus antepasados. Espero su respuesta, pero no llega. Convencida de que me estoy metiendo en un juego al que no debería jugar, me preparo otro café y, cuando miro el reloj del microondas, veo que marca la una menos veinte. Sin tiempo que perder, corro por la casa. Me sujeto el pelo en una coleta alta y a la una suena el telefonillo. Convencida de que es él, no contesto. Que vuelva a llamar. Diez segundos después lo hace. Te espero. Ni buenos días, ni nada. Tras besar a Curro en la cabeza, salgo de mi casa deseosa de que mi aspecto con vaqueros no le guste nada de nada y decida no salir conmigo. Pero me quedo a cuadros cuando llego a la calle y lo veo vestido con unos vaqueros y una camiseta negra junto a un impresionante Ferrari rojo que me deja patidifusa. La sonrisa vuelve a mi boca. Se encoge de hombros y no contesta. No seas aguafiestas y déjame. Mi padre tiene un taller y te aseguro que sé hacerlo. Eric me mira. Yo lo miro también. Él resopla y yo sonrío. Finalmente niega con la cabeza. Mientras él conduce, disfruto del hecho de ir en un Ferrari. Me encanta esa canción de Juanes. Él la baja. Vuelvo a subirla. Él vuelve a bajarla. Eric toca mi mano. Por cierto, te lo recomiendo. Yo por ti perdí la calma y casi pierdo hasta mi cama. Cama cama caman baby, te digo con disimulo. Que tengo la camisa negra y debajo tengo el difunto. Finalmente, veo que la comisura de sus labios se curva. Eric se da cuenta de ello y se acerca a mi oído. Si eres buena, te dejaré conducirlo —susurra. Mi gesto cambia y un aleteo de felicidad me cubre por completo cuando lo oigo reír. Tiene una risa muy bonita. Algo que no utiliza mucho, pero que las pocas veces que lo hace me encanta. Tras salir del parking, me coge de la mano con seguridad. Caminamos por la calle del Carmen y desembocamos en la Puerta del Sol. Subimos por la calle Mayor y llegamos hasta la plaza Mayor. Veo que le maravilla todo lo que ve mientras continuamos nuestro camino hacia el Palacio Real. Cuando llegamos al restaurante, mis amigos nos saludan encantados. Giovanni y Pepa cocinan muy bien. Pincha un nuevo trozo y me lo ofrece. Yo lo acepto. Te lo dije… Asiente. Pincha de nuevo y me vuelve a ofrecer. Vuelvo a aceptarlo y entro en su juego. Pincho yo y le ofrezco a él. Ambos comemos de la mano del otro sin importarnos lo que piensen a nuestro alrededor. Acabada la mozzarella, se limpia la boca con la servilleta y me mira. Sonríe ante mi comentario. Necesito saber la situación de las mismas, ya que quiero ampliar el negocio a otros países. Hasta el momento era mi padre quien se ocupaba de todo y… bueno… ahora el mando lo llevo yo. Recuerdo haber oído… —Escucha, Jud —me interrumpe. No me deja profundizar en su vida—. Tengo varias reuniones en distintas ciudades españolas y me gustaría que me acompañaras. El jueves tengo que estar en Barcelona y… —No puedo. Tengo mucho trabajo y… —Por tu trabajo no te preocupes. El jefe soy yo. Él era el secretario de tu padre. No me tientes con mis honorarios o me aprovecharé de ti. Apoya los codos sobre la mesa. Junta las manos. Deja caer la barbilla sobre ellas y murmura: —Aprovéchate de mí. El labio me tiembla. Etiquetas: pollo, mujeres, hombre, divertidas, cumpleaños, tu, gallinas, humor, amante de los pollos, granjas, agricultura, agricultor, aves de corral, desayuno de pollo, desayuno, pollo de patio trasero, amante del pollo, granja de pollos, reina de la cooperativa. De eaglestyle. De Dark-Happiness. De valkyrieavenged. Amo a mis damas Camiseta ancha. De abeschmidt. 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A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Al empezar la presentación José María Merino informó que Ana María Moix no había podido venir por problemas de salud, transmitía sus excusas desde Barcelona y le deseaba mejoría. Juan reparó en mí cuando ya estaba sentado y sonrió y redondeó los ojos de sorpresa. No esperaba encontrarme. Quien se lo había leído era Ana María. Pero a mí la poesía me abandonó muy joven. Yo defiendo que la poesía no es un género, es una esencia. Para mí la escritura de un cuento es, imagínate, ir de un extremo al otro de esta mesa diligentemente, sin entretenerme en lo que pudiera ir apareciendo en el camino: la botella de agua, el vaso, el micrófono, tu libro… Obviar todo eso y seguir adelante, que es lo contrario que hace uno en una novela. Entonces yo ingenio la venganza de pegar una grabadora a la pared y registrar el llanto del bebé para, dentro de cinco años, ponérselo a los padres todas las noches. Por acostumbrarme me he acostumbrado hasta a los placebos. Dogy y yo nos levantamos y educadamente salimos de la fila para irnos. Cuando estamos en el pasillo central nos acercamos a la mesa como para hacerles una foto a los intervinientes con el móvil. Entonces, sin correr pero sin vacilar para que ni Bonilla ni Merino pregunten ni a los guardias jurado les dé tiempo a llegar, subimos a la tarima. En lo que tardan en llegar los seguratas ya nos hemos sentado a horcajadas y a Merino se le van las manos tímidamente a la espalda de Dogy y a Bonilla no se le van ningunas manos pero se ríe dentro del beso, nos reímos los dos. Entonces y sin transición se apagan todos los focos, de manera que toda la iluminación de la escena es la de la pantalla de televisión. De todas formas la imagen no es lo importante. Lo importante es el audio, que no es el propio de la televisión sino que sale en estéreo por el equipo de sonido del teatro. En esa oscuridad salimos de escena Ahmed y yo, que no nos hemos movido de nuestro rincón en los sesenta minutos que llevamos. Se queda Ana combatiendo y cantando a oscuras. Sobre esas muertes pesa el silencio informativo pero también el de las propias familias, que arrastran muchas veces sentimientos de culpa o de rabia. Es la muerte ignorada. Y si no hablamos, entonces, no vemos la tremenda realidad. Por cada persona que se mata hay treinta que lo intentan. Hay unas causas biológicas innegables, o sea, algo pasa en nuestro cerebro que ya no siente la vida. En el caso de un suicidio cercano la pregunta que siempre queda es por qué. Rabia, culpabilidad, tristeza, duelo. Con consecuencias. A veces lo clavamos y terminamos a la par que el audio. Terminados el reportaje y la canción, el estéreo del teatro se desactiva y el telediario sigue avanzando pero con el sonido integrado de la tele. Los saltos son lo de menos. Los mangos no se agarran con tensión, sólo se sostienen en la mano. Los codos deben estar dulces, amortiguadores. Así los saltos salen silbados, de puntillas. Las agujetas las acabas teniendo en la parte de arriba de los brazos, bíceps, tríceps y deltoides. Entonces entendimos por qué los boxeadores se ejercitaban a la comba. La curva del olvido ilustra la pérdida de retentiva con el tiempo. La velocidad con la que olvidamos depende de varios factores, como por ejemplo, de la carga emocional de un recuerdo. El primer recuerdo que tengo de una casa no es la casa de mis padres; es la casa de la hermana de mi madre. Es una casa grande, con tres habitaciones, un pasillo largo y oscuro, un cuarto de baño con baldosas verdes, una cocina a la que no entro por el temor que me infunde su horno y un enorme salón rectangular con un tigre de porcelana encima de una mesa de cristal. Es un día de verano. Hace calor y todos visten camisetas de manga corta. Mis tíos también. Gateo entre los pies de mis padres. Una silla se mueve y aparecen unas piernas; son las piernas de mi prima. Lleva un pantalón de pijama remangado y puedo verle los tobillos. Su piel es rosada. Sin saber muy bien por qué, me siento atraído hacia su cuerpo, hacia sus rosados tobillos. Despacio, me separo de las piernas de mis padres y me coloco junto a las de mi prima. Las miro en silencio durante un largo rato y después alargo el dedo índice y lo poso delicadamente sobre su tobillo desnudo. Mi prima se asusta al notar el contacto. Yo tampoco. Estoy tumbado en la cama. Es domingo. Suena mi teléfono móvil. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Es un amigo. Me dice que otro amigo ha sufrido un accidente. Un coche le arrolló cuando iba en su moto de camino a casa. Cincuenta y cinco minutos y medio depósito después, consigo encontrarlo. Estaciono en el aparcamiento que hay junto al edificio de urgencias. Camino por un pasillo. Todo es blanco. Llego a la sala de espera..

A lo que le digo que oidores puede hacerlos el rey del polvo de la tierra, pero sólo a Dios se reserva el hacer un Alonso Cano. JOSE: Me cago en su puta madre. Yo le digo que la poesía es como la extracción del radio: un gramo de producto por un año de trabajo.

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Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse Pero no se entera. JOSE: De qué se van a enterar los del fisco. Por emplear un lenguaje que él pudiera entender, le hago la comparación de que la rima es un barril de dinamita y la estrofa es la mecha. Se consume la estrofa, estalla la rima, y la ciudad revienta como un verso.

Y entonces tengo que lanzarme a viajar, ciudadano inspector, haga frío more info calor, y para eso tengo que trabarme de anticipos y préstamos. Soy deudor de los lampiones de Broadway, de los cielos de Bagdadí, del ejército rojo, de todo sobre lo que no tuve tiempo de escribir.

JOSE: Muy bien dicho. Hamletada Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos.

Sara valora por ejemplo que te quedes pensando. Iba de una mujer a la que le Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse que los hombres la dominen.

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Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente.

Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Se lo hizo a Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García.

Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone.

Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos. El problema con el nazi y el violador no era que fuesen un nazi y un violador respectivamente, el problema fue que se volvieron pesadísimos.

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Si hubiera añadido gracias alguien se habría reído, o no sé, porque el círculo se había quedado patidifuso, sobre Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse los curiosos para quienes existe una curiosidad permitida y otra no. Pepe dijo que prefería no contestar a la pregunta, con lo cual la pregunta quedaba contestada, y aunque no hubiera quedado contestada lo importante era hacer la pregunta.

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Piqué, claro. Dije que cada vez que uno de los presentes hablaba yo me construía un castillo Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse prejuicios hacia él y que de momento todas esos prejuicios estaban siendo malos, no porque él o ella fuera efectivamente malo, aunque por supuesto alguien malo habría, sino porque estaban hablando demasiado y sin decir nada porque ésta no es la manera de hablar, esta es una manera completamente forzada.

Ahora sé, porque me lo demostraron en el trascurso de los ensayos, que en ese momento me gané recelosos como Borja y el propio Pepe, pero también desperté simpatías inmediatas como la de Ahmed, que la hizo explícita saliendo sutilmente en mi defensa.

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Así Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse calló la boca y me provocó las ganas de llorar, que me aguanté hasta la hora de la pausa. Pepe sudaba como un cerdo, tenía piel de cera y ojos azules saltones, y una media melena que empezaba a clarearle por la coronilla. Era un gordo que estaba adelgazando a Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse velocidad, es decir un flaco blandengue. Yo tenía la camiseta empapada no de mi sudor sino del sudor de Pepe, y a read more eso no me da asco, lo que me Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse asco es que sea un sudor completamente enmascarado, no de alguien que se echa desodorante para no oler mal sino de alguien que no quiere oler en absoluto, de alguien acomplejado que quiere pasar desapercibido.

Y la frase de Pepe no me habría dado asco y yo no habría empezado a presumir sus trastornos sexuales si en lugar de decir pelitos hubiera dicho pelos, simplemente pelos, los pelos de mi trenza.

Pero dijo pelitos, y esa guarrada diminutiva dicha a una desconocida no indica que te la quieras ligar por la vía guarra, indica que la quieres humillar.

A mí me entra un tío diciéndome te quiero reventar ese culo o ese culazo que tienes y vale, puedo recoger el capote o puedo decirle no gracias. Pero me entra diciendo te quiero reventar ese culito que tienes y le doblo la cara por grosero. Estoy harta de verlo en Derecho Penal. Las víctimas relatan las perversiones de sus acosadores y todos usan read more voy a follarte por todos tus agujeritos, enséñame esas tetitas, te lo vas a tragar enterito, este dedito adónde va, y así.

En los primeros meses de montaje de Zwölf, cuando todavía ni tenía nombre y los ensayos consistían en largas discusiones sobre la falibilidad del lenguaje y por tanto del derecho y por tanto de la democracia, desbarrando en torno a Habermas y Murakami, Pepe defendía cierta bondad ilustrada y hippy.

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El pueblo no sabe que sabe Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse sabe, decía, y decía que esa era una frase de Séneca y que si Jose iba a parafrasear a Le Corbusier y yo a Emily Dickinson él quería ir de Séneca, toga senatorial incluida.

Esto era coherente con mis otras sospechas: sólo alguien a quien le repugna su propio sudor puede querer interpretar a Séneca. En una de aquellas largas disquisiciones que nos ocupaban tardes enteras, Pepe nos habló de una obra de teatro que había visto. En un determinado punto de la narración empezó a hacer gestos raros y a balbucir. Entonces los actores… Los actores se ponen. Follando, Pepe, terminé yo la frase. Sí, eso, follando, admitió con su cara de cera de un rojo reluciente, como una manzana de cera de expositor.

Eso era concluyente. Una noche después de los ensayos me preguntó con su amabilidad habitual dónde vivía, él iba en la Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse dirección, había que hacer grupo.

Me negué a ensayar la escena de desnudo con Pepe delante y convencí a Patri para que se uniera a mi renuncia. Todavía no conocía a Patri y la trataba con distancias link me parecía demasiado alocada, pero en esto hicimos piña.

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Es blanco y tiene dos alas. Como todos. Caminamos por el pasillo que queda entre las hileras de asientos hasta encontrar nuestras plazas. El suelo es de moqueta azul. Marina quiere colocarse junto a la ventana; yo también. Finalmente ella cede y ocupo yo el privilegiado asiento. Cojo una revista. Una azafata se coloca delante de nosotros. Viste zapatos negros, medias negras, falda azul, camisa blanca, un ridículo gorrito y un pañuelo anudado a su cuello. Es alta y atractiva, pero no lo suficiente como para conseguir desviar mi atención de la revista. Habla de accidentes, incendios, salidas de emergencia El avión despega y todos miramos por la ventana. Treinta y nueve minutos después del despegue comienzan las turbulencias. El avión sube y baja como si fuera una atracción de feria, y ante la primera embestida todos sonreímos, algunos niños incluso aplauden. Siete minutos después, justo el instante posterior a que el piloto nos indique por megafonía que no consigue estabilizar el aparato, ya nadie sonríe. Marina me agarra con fuerza de la mano. La miro pero no sé qué decir. Ella también se queda callada. Un tipo de unos cincuenta años, canoso y con un frondoso bigote, se levanta y se enciende un cigarrillo. Marina apoya su cabeza en mi hombro y me dice que me quiere, le digo que yo también y cierro los ojos. Durante unos segundos no habla nadie. El avión queda completamente en silencio. De repente las turbulencias cesan y el avión se estabiliza. Abro los ojos y me parece como si todo hubiera sido un sueño. Y aunque todos los pasajeros celebramos con entusiasmo la noticia, en nuestro interior nos lamentamos al sentir que nunca dispondremos de una ocasión tan idónea para morir. Llamamos a la puerta y esperamos alrededor de cinco segundos. Abre una chica alta y atractiva. Tiene los ojos claros y unos ajustados pantalones negros. Se da la vuelta y comienza a caminar por un estrecho pasillo. Pasamos por delante de diferentes puertas cerradas. En los espacios en los que no hay ninguna puerta hay cuadros. Los personajes de los cuadros son santos, o curas, o cualquier otra cosa relacionada con la religión católica. La cafetería es grande, cuadrada y oscura. Hay cerca de una veintena de personas dentro. Mientras esperan, algunos alumnos suben al escenario y recitan poesía ——nos explica la chica que nos ha llevado hasta allí. Después de decir aquello se marcha y nos quedamos Marina y yo en medio de la estancia. Vemos dos sillas vacías junto a una mesa y nos sentamos. A nuestra izquierda hay un chico con el pelo rizado y una camiseta amarilla con dos gaviotas dibujadas y una leyenda escrita: PP. Se queda un segundo en silencio, como pensativo. Sube al escenario un chico de unos veinte años con un brazo escayolado. Recita un poema de Lorca que habla de una chica que lava pañales de algodón bajo un naranjo y que tiene los ojos verdes y la voz violeta. Cuando se baja del escenario, todos los que no hemos subido le aplaudimos y yo intento recordar todas las voces que he escuchado en mi vida, y pienso que ninguna de ellas me ha parecido violeta. Frente a la tarima que se usa como escenario hay una mesa alargada. En ella se encuentran los miembros del jurado y también la chica que nos ha abierto la puerta. Ella es quién presenta la gala; cada vez que anuncia un nuevo premio se levanta de la silla y sube al escenario usando unas pequeñas escaleras de madera que hay tras una cortina. Cada vez que se levanta puedo verle la ropa interior. Sus bragas son de un color violeta, como la voz de la chica del poema de Lorca. El premio de poesía lo gana una chica gorda y fea que viene acompañada de su novio, que es tan gordo y tan feo como ella. Sube al escenario, recoge el premio y lee su obra; es un poema eterno que habla de su relación con su actual pareja y de lo angustiosa que fue su anterior relación. También cuenta lo mucho que sufrió cuando era una niña porque todo el mundo le decía que era gorda y fea. Después de la categoría de poesía, entregan los premios de narrativa y narrativa de ficción. Mi premio me lo entrega la jefa de estudios del centro. Es una chica bastante joven, con el pelo rizado y unas gafas de pasta negra. Se levanta para recibirme, sube conmigo al escenario, me da un beso en cada mejilla y me entrega un diploma. A ella no se le ve la ropa interior. Asiento con la cabeza y me dirijo hacia allí. Me detengo frente al micrófono e intento mirar hacia el lugar en el que se encuentra Marina, pero hay un enorme foco encendido sobre mi cabeza y no puedo ver nada. Después me doy la vuelta y regreso con la jefa de estudios. Me giro y miro nuevamente el atril. El foco sigue encendido justo encima. Y me mira como si estuviera pensando: pues para ser escritor no se te da demasiado bien hablar. Bajo del escenario y regreso a mi sitio. El primer premio de narrativa lo recoge otra chica. Cuenta que cuando estaba preparando la selectividad sus padres se pasaban el día entero discutiendo, porque él quería que su hija estudiase económicas, para que de ese modo acabara trabajando en un banco, como él; y en cambio, su madre, quería que estudiase magisterio para que pudiera acabar dando clase en un colegio, como había hecho ella. Hay tortilla, croquetas y empanada. Al salir, sobre la mesa de la recepción, hay amontonados unos libros gratuitos. Marina coge uno. Es un pequeño folleto en el que pueden leerse los poemas y relatos ganadores en la pasada edición. Levanta la vista del papel y nos mira. Subimos a la calle y caminamos hacia el coche. Miramos el folleto que nos hemos llevado, parece publicidad de un centro depilatorio. Y antes de subirnos al coche, tiramos el ejemplar en una papelera que hay junto a una señal de STOP. Mis hermanos y yo estamos sentados junto a la chaqueta que mi padre acaba de dejar. A la mañana siguiente, cuando me despierto, les descubro a todos en el salón. Parecen nerviosos. Yo nunca he estado en la playa, así que recibo la notica con entusiasmo. Subimos al coche y nos ponemos los cinturones de seguridad. Mi padre conduce. Mi madre va sentada en el asiento del copiloto. No tenemos dinero, no podemos permitírnoslo. Escuchamos un rugido. Es el motor del viejo Ford poniéndose en marcha. El coche comienza a moverse. No paro de mirar por la ventanilla durante todo el viaje. Como si nada pudiera seguirnos. Como si nada pudiera alcanzarnos. Veo el mar a lo lejos. Es inmenso. Abarca hasta donde alcanza la vista. Es justo como me había imaginado, como en las películas. Llegamos a un aparcamiento que hay junto a la costa. Mi padre estaciona entre un Renault verde y un Opel Vectra blanco. Mis hermanos y yo abrimos las puertas traseras y salimos corriendo hacia la playa como si nos fuera la vida en ello; como si fuéramos tres peces que necesitaran entrar en el agua para poder respirar. Me siento libre al hacerlo, como si en lugar de dejar caer una camiseta y un pantalón, me estuviera despojando de una pesada armadura. Cuando el sol comienza a ponerse salimos del agua y vamos hacia el lugar en el que se encuentran mis padres. Han estado allí todo el día, sin meterse ni una sola vez en el agua. Mi madre saca unas toallas de una mochila que tiene junto a sus rodillas. Nos secamos y nos sentamos junto a ellos. Descubro una pequeña herida en el dedo pulgar de mi mano izquierda. Un corte casi insignificante por el que mana un pequeño hilo de sangre. Me llevo el dedo a la boca para taponar la herida con la lengua y descubro que mi piel tiene un extraño sabor, un sabor que nunca antes ha tenido. Sabe a salitre. Tenemos que volver a casa. Queremos volver al agua. Mi madre no dice nada. Mi padre se levanta, se sacude la arena del pantalón y comienza a caminar hacia el coche. Mi padre se detiene a repostar. Baja del coche y llena el depósito. Regresa y nos mira. Mis hermanos duermen. Mi madre también. Yo estoy despierto. Junto a nosotros hay otro coche. Dentro hay un matrimonio joven y un niño de unos diez años. Ella dice algo, desde el interior del viejo Ford no podemos escuchar lo que ha dicho, pero ha debido ser algo gracioso porque el hombre y el niño sonríen; realmente ríen, ríen a carcajadas. Mi padre gira la llave para arrancar el motor; éste hace un ruido agónico, como el de un anciano al que le cuesta respirar, pero el coche no consigue ponerse en marcha. Mi madre se despierta y nos mira. Nos pregunta que si ocurre algo, pero ni mi padre ni yo le respondemos. Él sigue intentando poner el motor en marcha, yo, mientras tanto, le observo detenidamente. Mi madre nos vuelve a preguntar. Nuevamente nadie le contesta. Todos nos quedamos en silencio. Subimos al coche y arranco el motor. Parece toser antes de funcionar con normalidad. Juega con las emisoras de radio, las cambia constantemente sin dejarlas tiempo para poder escucharlas. Sabe que yo odio que lo haga. Me mira furiosa. Después apaga el receptor. Ya estuvimos en Navidad. Durante un par de segundos no decimos nada. Llegamos y aparco el coche frente a la entrada. Llamamos a la puerta y esperamos. Marina tiene en sus manos una botella de vino blanco. La puerta se abre y vemos a mi hermana al otro lado. Agarra su larga melena rizada con un improvisado moño. Nos abraza y nos besa de forma conjunta. Cenamos pollo cubierto por una oscura y espesa salsa con un lejano sabor a champiñón; trucha ahumada y flan casero. Mi hermana y Mario no paran de hablar ni un momento. Hablan del trabajo, de su programa preferido, de la cajera del supermercado, del extraño sabor de la salsa Marina no abre la boca en toda la cena. Mi hermana se levanta y sale del salón rumbo a la habitación. El pequeño nos mira extrañado pero no dice nada. Mi hermana se sienta junto a la mesa y acomoda al pequeño Jorge en su regazo. Después comienza a mojar pequeños trozos de pan en la salsa del pollo y se los da de comer. Durante un rato no habla nadie, todos miramos como moja el pan en la salsa y después se lo da al niño, los labios del pequeño comienzan a brillar por los restos de grasa. De repente vomita. Mario se levanta y se dirige a la cocina; regresa con un trapo en una mano y una lata de cerveza en la otra. Deja el trapo sobre la mesa y vuelve a sentarse. El partido ha terminado. Ahora mira un programa en el que una joven pareja intenta adivinar una película cuyo título aparece desordenado en la pantalla. Desgraciadamente la joven pareja no puede escucharle desde el plató. Mi hermana limpia la cara del pequeño Jorge de forma tosca y, una vez que ha terminado, vuelve a mojar pan en el plato. Al intentar metérselo en la boca, el niño comienza a llorar mientras intenta esquivar la mano de su madre. Alguien voló sobre el nido del cuco ——repite por tercera vez. Mi hermana se levanta y lleva al niño a la habitación. Aparece otro título desordenado en la pantalla. Esta vez se trata de una canción. Mario no dice nada. Los concursantes del programa tampoco. Nadie sabe la respuesta correcta. Mi hermana regresa y se coloca bajo el umbral de la puerta. Nuevamente los participantes del concurso no le pueden oír. El presentador tampoco. Se gira y nos mira. Y acto seguido apaga el televisor. Nos acompañan hasta la puerta. Miro por el retrovisor y les veo a los dos de pie, junto a la puerta, despidiéndonos sonrientes. El coche no para de dar pequeños botes, mientras yo hago todo lo posible por mantenerlo en el carril adecuado. No me gusta el sonido que hace el motor. Marina no dice nada. Conecta la radio, juega un par de minutos con las emisoras y después la apaga. Parece nerviosa. La miro e intento contestar. Pero no se me ocurre nada; así que esta vez soy yo el que enciende la radio. Marina y yo salimos del hotel y caminamos por las empinadas calles de Lisboa. Las piedras son muy pequeñas, del tamaño de una moneda de dos euros. Nos subimos a un tranvía, uno de esos viejos que aparecen en las postales, y nos sentamos junto a la ventana. Hay un tipo frente a nosotros. Es un tipo corriente, como cualquier otro. Nos mira y dice algo. También creemos que habla ruso. Yo no sé ruso, así que le miro y digo: ——Mostovoi. El individuo me mira extrañado, creo que no sabe quién es Mostovoi. Marina también me mira; ella tampoco le conoce. El tranvía se detiene junto al puerto de la ciudad y bajamos. El caso es que entramos porque es lo que hace todo el mundo. En la entrada hay un cartel. Cuando llega nuestro turno Marina intenta explicarle al vendedor que tenemos veinticinco años, pero él nos dice algo en portugués y no le entendemos. Yo no hablo portugués, así que le miro y digo: ——Cristiano Ronaldo. Y el tipo de la ventanilla sonríe, y Marina también y, por supuesto, yo también lo hago. Los tres conocemos a Cristiano Ronaldo. Regresamos al hotel por otra calle empedrada. Nos cruzamos con una familia: padre, madre y niña de unos siete años. La niña juega con un caballo con alas. El caballo tiene unas pequeñas ruedas bajo las patas, y cuando lo pone en el suelo y las ruedas giran, las alas se baten en el aire. Me acerco a la niña y muy amablemente le pregunto si me dejaría usar su caballo para probarlo. La pequeña me mira aterrorizada. Me saluda a su vez. Me mira y yo no sé qué decir. Me sudan las manos y siento que mi corazón se me va a salir del pecho. Lo miro y me encojo de hombros sin saber qué contestar. Por norma, cuando salgo a cenar con un hombre yo… Sin dejarme terminar la frase me mira con sus penetrantes ojos azules. Aquella pregunta me sorprende. Eso es lo que todavía no logro entender. Él no responde. Sólo me mira… me mira… me mira y me pone histérica con su mirada. Maldigo y resoplo. Dejemos los formalismos para el horario de oficina. Parece que mis palabras le han gustado. Sus labios me lanzan una sonrisa y su cara se acerca a la mía. Es incómodo y muy impersonal cenar con una mujer que me llama por mi apellido. Tras dar un nuevo resoplido, acepto y le tiendo la mano. Me coge la mano y, sorprendentemente, deposita sobre ella un beso. El señor Zimmerman… digo, Eric baja y me ofrece su mano para salir. Una vez en la calle, el chófer se monta de nuevo en el BMW y se marcha. Entrar en aquel bonito e iluminado restaurante me pone de mejor humor. Siempre he querido entrar. Mientras entramos, observo las mesas del lugar y, en especial, los platos que sirven los camareros. Al ver a mi acompañante, el maître sonríe y camina hacia nosotros. Observo cómo algunas de las mujeres lo miran, cosa que hace que me enorgullezca de ser yo la que va de su mano. No puedo evitar sorprenderme, y, cuando el maître abre una de esas cortinas y nos invita a pasar, casi silbo. Es una estancia lujosa e iluminada con velas. En un lateral hay un sillón con aspecto de cómodo y, en el centro, una redonda y bien vestida mesa para dos. Eric sonríe al ver mi gesto de sorpresa y observo cómo le indica con la mirada al maître que se retire. Se acerca a mí y, con galantería, retira una de las sillas para que me siente. Sólo con verlo desde fuera intuyo que sus precios son prohibitivos para una mileurista como yo. Al decir aquello, Eric arruga la nariz y extiende su mano sobre la mesa hasta llegar a la mía. La coge y comienza a dibujar circulitos sobre mi muñeca. Eso me hace reír. Me erizan el vello de todo mi cuerpo. Toca un botón verde que hay en un lateral de la mesa y, al cabo de unos segundos, aparece un camarero con una botella de vino. Y me muero por una Coca-Cola fría. En cuanto el camarero le sirve, Eric coge la copa, la mueve, se la acerca a la nariz y le da un pequeño sorbo. El camarero vuelve a servirle y después da la vuelta a la mesa y me sirve a mí también. Me rasco. Cojo la copa, poniendo cara de circunstancias. Zimmerman ladea la cabeza. Sin poder evitarlo sonrío. Vaya con el señor Zimmerman, no se le escapa una. Hazlo por mí y pruébalo. Si no te agrada, por supuesto, te pediré una Coca-Cola. Mejor de lo que pensaba. Sonrío y niego con la cabeza. Instantes después, la cortina se vuelve a abrir y aparecen dos camareros con varios platos. Eric Zimmerman se ha convertido de repente en un hombre con un gran sentido del humor y eso me encanta. Entonces me doy cuenta de que una luz naranja se enciende en el lateral derecho de la estancia. Eric, sin necesidad de mirar, sabe a lo que me refiero. Eso me hace sonreír y le doy un trago al vino, que, por cierto, cada vez me sabe mejor. Mi pregunta parece divertirlo. Segundos después, entra otro camarero y deja ante mí una porción de tarta de chocolate acompañada por una bola de color rosa. No me contesta. Se limita a levantarse, coger su silla y sentarse a mi lado. Me altero. Es tan sexy que es imposible no pensar mil y una lujurias en ese momento. Coge la cucharita, parte un pedazo de tarta, coge helado y dice: —Abre la boca. Pestañeo sorprendida. No repite lo dicho. Me tiene extasiada. Mete la cuchara lentamente en mi boca y yo cierro mis labios sobre ella. Me mira. Yo me excito y sonrío tímidamente. Él se acerca. Mi boca. Posa sus suculentos labios en los míos y los saborea. Cuando siento su mano sobre mi rodilla, mi respiración se acelera, pero no me muevo. Lentamente la sube hasta llegar a la cara interna de mis muslos y los masajea. Su mano sube hasta mis bragas y siento sus dedos en ellas. Pero, de repente, se separa de mí y regresa a su posición en la silla. Mis mejillas queman. Arden, del mismo modo que ardo toda yo. Aquel íntimo contacto me ha puesto a cien. Un beso y un simple roce de su mano han conseguido que casi tenga un orgasmo y eso me acelera el pulso. Eric me observa. Veo el deseo en sus ojos. Esa pregunta me descoloca por completo. Pero es tal el deseo que siento en ese momento por él y quiero ser tan malota que respondo totalmente hechizada: —Hasta donde lleguemos. El sado no me va. Eric sonríe. Pasa las manos por debajo de mis piernas y por mi cintura y me coloca sobre sus piernas. Voy a estallar. Mete su nariz en mi cuello y lo oigo aspirar mi aroma. Mi perfume. Aire de Loewe. Dirijo mi mirada hacia la luz, que sigue encendida, y asiento. Eric mueve su mano y aprieta uno de los botones que hay en el lateral de la mesa. Instantes después, el cristal se aclara y veo con toda nitidez a dos mujeres sobre una mesa practicando sexo oral. No sé qué hacer. No sé ni siquiera dónde mirar. La piel me arde mientras siento sus fuertes dedos cosquillearme la cintura. Lo miro, confundida. No contesto. No puedo. Estoy tan bloqueada que no sé ni siquiera si sigo respirando. Vuelvo a dirigir mi vista hacia el cristal mientras las respiraciones de las dos mujeres retumban por la sala y entonces veo que Eric aprieta otro botón y las cortinas del lado izquierdo se recogen. Allí había una luz verde. Un hombre la penetra y otro le mordisquea los pechos mientras ella, gustosa, disfruta con el momento. Los gestos de la mujer mientras permite que disfruten de su cuerpo y su feminidad son enloquecedores. Sois deliciosas. Con el pulso a mil, cojo el vaso de vino y me lo bebo del tirón. Estoy sedienta cuando lo oigo decirme: —Tranquila. No nos ven. La luz naranja permite ver y la luz verde te invita a participar. Mi corazón late desbocado y consigo responder: —Yo… Yo no hago cosas así. Pero yo… —Vale. Sólo que a veces juegan y experimentan algo diferente. Sin querer retirar mis ojos de ellos, los observo e, inconscientemente, un gemido sale de mi interior al ver el disfrute de aquella mujer. Estoy excitada. Lo miro sorprendida. No respondo. Me niego. Y él, controlador de la situación, murmura cerca de mi oído: —Lo pasarías bien. Muy bien, Jud. Sólo tienes que pedirlo y yo te lo daré. Como una boba, asiento. En la vida me hubiera imaginado algo así. No sé dónde detener mi mirada. Estoy tan excitada que hasta me da vergüenza admitirlo. Sólo un selecto grupo de personas podemos acceder a estas dependencias. De pronto me pongo histérica. Muy nerviosa. Intento levantarme, pero Eric me sujeta. Yo… yo no hago esas cosas. Sólo hay que atreverse a experimentar. No quiero experimentar. Con el sexo normal que conozco, me sobra y me basta. Tras unos segundos que a mí me parecen eternos, Eric aprieta los botones y los gemidos desaparecen. Unos instantes después, los cristales se vuelven oscuros y las cortinas caen. Me levanta de su regazo y me mira con el rostro serio. Te llevaré a tu casa. Media hora después y tras un extraño aunque no incómodo silencio, sólo roto por su conversación al teléfono con una mujer, llegamos a mi calle. Se baja conmigo del coche y me acompaña. Su actitud vuelve a ser fría y distante. Sube conmigo en el ascensor. Gracias por su compañía. Dicho esto, me besa la mano y se va. Yo me quedo excitada a las once y media de la noche y sin palabras. Casi no he dormido. Mi mente no ha parado de pensar en el señor Zimmerman y en lo sucedido entre nosotros. La noche anterior, cuando llegué a casa, vi en diferido el partido Alemania-Italia. Miguel aparece y nos vamos juntos a desayunar. Pero no lo hace. Eso me desilusiona, así que, en cuanto acabamos de desayunar, regresamos a nuestros puestos de trabajo. Al llegar al despacho, Miguel se marcha a administración. Tiene que solucionar algo que el señor Zimmerman le pidió el día anterior. Dispuesta a enfrentarme a un nuevo día, enciendo mi ordenador cuando suena mi teléfono. Es de recepción para indicarme que un joven con un ramo de flores pregunta por mí. Nerviosa, me levanto de mi silla. Con el corazón latiendo a mil por hora veo que se abren las puertas del ascensor y un joven con una gorra roja y un precioso ramo mira la numeración de los despachos. Pero, al darse cuenta de que lo estoy mirando, aprieta el paso. El ramo es espectacular. Rosas amarillas preciosas. El joven de la gorra roja me mira y, finalmente, asiento a su pregunta. La mandíbula se me cae al suelo. Mi gozo en un pozo. Mis breves segundos de felicidad por creerme alguien especial se han borrado de un plumazo. Pero sin querer dar a entender mi decepción cojo el ramo, lo miro y casi lloro. Hubiera sido tan bonito que hubiera sido para mí… Dejo el ramo sobre mi mesa y firmo el papel que el chico me tiende. Una vez se va el mensajero, llevo las preciosas flores hasta el despacho de mi jefa. Las dejo encima de su mesa y me doy la vuelta para marcharme. Pero entonces siento que me puede la curiosidad, así que me giro, busco entre las flores la tarjeta. Leer eso me pone furiosa. Mi humor ahora es negro. Espero que nadie me tosa en las próximas horas o lo va a pagar muy caro. Me conozco y soy una mala arpía cuando me enfado. Pasa a mi despacho —me dice, sin mirarme. Ahora no. Pero me levanto y la sigo. Cuando entro y cierro la puerta ella ve el ramo de flores. Lo coge. Saca la tarjeta y la veo sonreír. Me pica el cuello. Jodido sarpullido. Ayer tuve una reunión muy interesante con el señor Zimmerman y van a cambiar algunas cosas en muchas de las delegaciones españolas. Escuchar que tuvo una reunión interesante me molesta. Le atiende su secretaria, la señorita Flores. Con el corazón a mil por hora, consigo balbucear: —Un momento, por favor. Aunque antes de salir la oigo decir: —Holaaaaaaaaaaa. Cierro la puerta. Ella era la mujer con la que hablaba en el coche. Me dejó en casa y se fue con ella. El señor Zimmerman y yo no tenemos nada. Regreso a mi silla y vuelvo a teclear en el ordenador. No quiero pensar. En ocasiones, pensar no es bueno, y ésta es una de esas ocasiones. A la una, mi jefa sale del despacho y, tras una mirada con Miguel, él se levanta y se marchan juntos. Sé lo que van a hacer. Me centro en mi trabajo. Estoy tan cabreada que me pongo a hacerlo con mucho ímpetu y me quito de encima un montón de papeleo. Sobre las dos y media llega Óscar, uno de los vigilantes jurado que hay en la puerta de la empresa. Boquiabierta, miro el sobre cerrado con mi nombre escrito. Asiento a Óscar, y éste se va. Me quedo un rato observando el sobre y, sin saber por qué, abro un cajón y lo guardo en él. No pienso abrirlo hasta el lunes. Es viernes. Tengo jornada continua y salgo a las tres. El teléfono suena. No respondo y él añade: —Te oigo respirar. La sesión de silla consiste en que uno por uno los actores nos sentamos en una silla colocada en el centro del escenario y respondemos a las preguntas que sobre la marcha nos hace la directora. Suele ser muy interesante porque a Sara no hay quien la engañe, te busca las vueltas con prestidigitación, con apenas dos o tres cuestiones que dan en la diana. Lo hacemos sin ninguna iluminación especial, no es algo opresivo. Nos confesamos, nos explicamos, nos exhibimos, es parte del trabajo. Cuando llegué a la sesión de silla del siete de noviembre de era Jose el que estaba hablando. Creo que no he sido capaz de apropiarme de Beckett, dijo. Me esfuerzo, pero sigo teniendo la sensación de que mi voz es falsa. Completamente impostada, respondió Jose. No soy yo el que habla cuando interpreto a Beckett. No entiendo a ese señor o no es mi hora para Beckett. Me decían que no había pasado las pruebas psicotécnicas pero que me tendrían en cuenta para futuras selecciones de personal. Me sonreí agotadamente de no haber pegado ojo en toda la noche, con una satisfacción de gamberra refrendada. Patri dijo yo es que estoy en un momento de mi vida en que no me gusta el teatro, que no me gusta, voy contra el teatro, y sí, bueno, aquí porque una no soy sólo una actriz, pero yo, pues que no me interesa. Pues yo qué sé, pues que si tuviera que elegir me gustaría, yo qué sé, hacer las luces, el espacio lumínico, es la interpretación lo que no me interesa. Dogy subió a la silla y dijo que el primer libro que se había leído en su vida de un tirón fue Días felices, que nunca en su vida algo puesto por escrito le había interesado tanto como Días felices. Y mira que es difícil de leer Días felices, con la cantidad de acotaciones que tiene, replicó Ahmed desde abajo. En su turno de silla Ahmed dijo que Días felices se leía fluido porque no lo había traducido Ana María Moix. Sí, un libro blanco. Sí, que sale un dibujito de una mano que sujeta una sombrilla. No lo ha traducido Moix porque el original es en inglés, y la Moix no habla inglés. Es porque Ana María chirría, por los catalanismos que cuela en todas partes. Porque… Ahmed tardó en contestar. Yo estaba sentada e inquieta. Bajé al baño, sollocé en el espejo para distenderme, oriné, bebí agua, me soné los mocos, me lavé la cara y volví a subir. Quise atajar el conato de llanto nervioso, no quería llorar en la silla, tenía muchas cosas que decir y no quería llorar en la silla pero acto seguido quise llorar en la silla por todas las cosas que tenía que decir. Lloré con los dedos índice y corazón en las sienes y los codos elevados. Lloro de significado, de revelación, respondí. A lo mejor la realidad es precisamente Juan porque lejos de Juan yo no me encuentro, lejos de Juan yo no me pienso luego yo no me existo, posible colofón. Echo cuentas y yo he estado junto a Juan en total catorce días o dieciséis y entonces qué, he existido dieciséis días en veinticinco años. La caja blanca es la habitación alquilada con una mesa y una silla y un ordenador adonde voy todas las mañanas a escribir, y la caja negra es este escenario con la escenografía de Beckett. Me acaban de llamar los del departamento de asesoría jurídica de Repsol para decirme que no me cogen porque no he pasado los psicotécnicos y yo pienso normal, cómo cojones voy a pasar los psicotécnicos si me paso la vida entre la caja blanca y la caja negra. Escribir un poema Después del polvo Patri y Borja descansan unos segundos el uno en el otro. Eso plantearía nuevas posibilidades escénicas. Borja sale de la luz y se le pierde de vista, a quitarse el condón o a limpiarse si acaso, mientras Patri se queda de pie en el sitio al lado de la lamparita, que le ilumina un trecho de falda, de vientre, de seno y de brazo desnudos. Es una falda roja de algodón grueso y poliéster que le llega por la mitad de las rodillas, densa y cómoda, con bolsillos. Si se ha corrido deja el peso en una pierna y bascula, suspira. A Borja le afecta menos, pero correrse o no correrse determina mucho el resto de la actuación de Patri. El primer clic lo ha dado Jose en el proscenio y es un flexo de luz blanca. El tercer clic lo. El cuarto clic lo ha dado Borja en diagonal con Jose y es otro flexo igual. A mí la luz me baña toda la cabeza y hasta la cintura, pero Ahmed es muy alto y sólo se le ve desde el flequillo y hasta la mitad del pecho. Yo llevo una camisa beige y una falda roja como la de Patri. Ahmed lleva una camisa celeste y unos pantalones chinos marrones. Dogy lleva puesta una camisa beige como la mía y unos pantalones marrones como los de Ahmed, pero de mujer. Borja lleva una camisa beige como la mía, pero de hombre, y unos pantalones como los de Ahmed pero del color rojo de las faldas de las chicas. Jose lleva chinos marrones y camisa como la mía y la de Borja, beige. Todos sonreímos, en especial Ahmed y yo, y en Borja y en Patri sonríen las endorfinas. Han pasado nueve minutos. Los jóvenes no tienen riqueza, no tienen sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política que servir. Ahora bien, resulta que los jóvenes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio peculiar bagaje, aquel que ellos incorporan y traen, sea también torpedeado y hundido. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y la incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, y todo esto tiene en realidad que ser aprendido, le tiene que ser enseñado a la juventud, no es de ella ni forma parte de ella. Pero un mínimo de crítica, en el. Hoy existen mil interpretaciones, mil explicaciones acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto para nada. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años. La excitaré con el trapo sangrante de mi corazón y me burlaré, descarado y mordaz. Con la fuerza de mi voz camino gallardo, atronando al mundo, con veintidós años. Mi alma no tiene una sola cana ni tiene ternura senil. Soy dispar a los ilustres. Me importa un bledo que Homero y Ovidio no tengan nombres manchados de hollín. No mendiguemos del tiempo el perdón. Nosotros, uno a uno, somos las correas de transmisión de los mundos. Yo, escarnecido por la estirpe de hoy, como un chiste obsceno, veo a alguien que nadie ve remontando las cimas del tiempo. El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. JOSE: Creo que no. Creo que en esto reside todo mi interés. Y en las cosas sobre las que escribo. El amor, las canciones, las calles, los rostros, las ciudades, los niños. JOSE: Ah, es usted ruso. BORJA: Pero sólo me pongo a escribir cuando todas esas cosas han ido subiendo en mi interior al nivel de las palabras. JOSE: Yo soy maestro pintor, escultor y arquitecto. Pinto vírgenes, cristos y santos, esculpo vírgenes, cristos y santos, y diseño catedrales. JOSE: Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo siempre que tengo oportunidad les enseño la espada a los pintores malos. Ya me habría gustado, ya. A quien maté fue a mi mujer. Yo a las mujeres sólo las mato en mis textos. Bueno, a las mujeres y a los hombres. JOSE: Es usted inteligente. BORJA: A mí me los puede contar, no me espanto por nada, y menos por las razones por las que se mata a una mujer. JOSE: Siempre son las mismas. A lo que le digo que oidores puede hacerlos el rey del polvo de la tierra, pero sólo a Dios se reserva el hacer un Alonso Cano. JOSE: Me cago en su puta madre. Yo le digo que la poesía es como la extracción del radio: un gramo de producto por un año de trabajo. Pero no se entera. JOSE: De qué se van a enterar los del fisco. Por emplear un lenguaje que él pudiera entender, le hago la comparación de que la rima es un barril de dinamita y la estrofa es la mecha. Se consume la estrofa, estalla la rima, y la ciudad revienta como un verso. Y entonces tengo que lanzarme a viajar, ciudadano inspector, haga frío o calor, y para eso tengo que trabarme de anticipos y préstamos. Soy deudor de los lampiones de Broadway, de los cielos de Bagdadí, del ejército rojo, de todo sobre lo que no tuve tiempo de escribir. JOSE: Muy bien dicho. Hamletada Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos. Sara valora por ejemplo que te quedes pensando. Iba de una mujer a la que le gusta que los hombres la dominen. Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no actuando sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente. Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces de nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Se lo hizo a Ester, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García. Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone. Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos. El problema con el nazi y el violador no era que fuesen un nazi y un violador respectivamente, el problema fue que se volvieron pesadísimos. Si hubiera añadido gracias alguien se habría reído, o no sé, porque el círculo se había quedado patidifuso, sobre todo los curiosos para quienes existe una curiosidad permitida y otra no. Pepe dijo que prefería no contestar a la pregunta, con lo cual la pregunta quedaba contestada, y aunque no hubiera quedado contestada lo importante era hacer la pregunta. Piqué, claro. Dije que cada vez que uno de los presentes hablaba yo me construía un castillo de prejuicios hacia él y que de momento todas esos prejuicios estaban siendo malos, no porque él o ella fuera efectivamente malo, aunque por supuesto alguien malo habría, sino porque estaban hablando demasiado y sin decir nada porque ésta no es la manera de hablar, esta es una manera completamente forzada. Ahora sé, porque me lo demostraron en el trascurso de los ensayos, que en ese momento me gané recelosos como Borja y el propio Pepe, pero también desperté simpatías inmediatas como la de Ahmed, que la hizo explícita saliendo sutilmente en mi defensa. Así me calló la boca y me provocó las ganas de llorar, que me aguanté hasta la hora de la pausa. Pepe sudaba como un cerdo, tenía piel de cera y ojos azules saltones, y una media melena que empezaba a clarearle por la coronilla. Era un gordo que estaba adelgazando a toda velocidad, es decir un flaco blandengue. Yo tenía la camiseta empapada no de mi sudor sino del sudor de Pepe, y a mí eso no me da asco, lo que me da asco es que sea un sudor completamente enmascarado, no de alguien que se echa desodorante para no oler mal sino de alguien que no quiere oler en absoluto, de alguien acomplejado que quiere pasar desapercibido. Y la frase de Pepe no me habría dado asco y yo no habría empezado a presumir sus trastornos sexuales si en lugar de decir pelitos hubiera dicho pelos, simplemente pelos, los pelos de mi trenza. Pero dijo pelitos, y esa guarrada diminutiva dicha a una desconocida no indica que te la quieras ligar por la vía guarra, indica que la quieres humillar. A mí me entra un tío diciéndome te quiero reventar ese culo o ese culazo que tienes y vale, puedo recoger el capote o puedo decirle no gracias. Pero me entra diciendo te quiero reventar ese culito que tienes y le doblo la cara por grosero. Estoy harta de verlo en Derecho Penal. Las víctimas relatan las perversiones de sus acosadores y todos usan diminutivos: voy a follarte por todos tus agujeritos, enséñame esas tetitas, te lo vas a tragar enterito, este dedito adónde va, y así. En los primeros meses de montaje de Zwölf, cuando todavía ni tenía nombre y los ensayos consistían en largas discusiones sobre la falibilidad del lenguaje y por tanto del derecho y por tanto de la democracia, desbarrando en torno a Habermas y Murakami, Pepe defendía cierta bondad ilustrada y hippy. El pueblo no sabe que sabe pero sabe, decía, y decía que esa era una frase de Séneca y que si Jose iba a parafrasear a Le Corbusier y yo a Emily Dickinson él quería ir de Séneca, toga senatorial incluida. Esto era coherente con mis otras sospechas: sólo alguien a quien le repugna su propio sudor puede querer interpretar a Séneca. En una de aquellas largas disquisiciones que nos ocupaban tardes enteras, Pepe nos habló de una obra de teatro que había visto. En un determinado punto de la narración empezó a hacer gestos raros y a balbucir. Entonces los actores… Los actores se ponen. Follando, Pepe, terminé yo la frase. Sí, eso, follando, admitió con su cara de cera de un rojo reluciente, como una manzana de cera de expositor. Eso era concluyente. Una noche después de los ensayos me preguntó con su amabilidad habitual dónde vivía, él iba en la misma dirección, había que hacer grupo. Me negué a ensayar la escena de desnudo con Pepe delante y convencí a Patri para que se uniera a mi renuncia. Todavía no conocía a Patri y la trataba con distancias porque me parecía demasiado alocada, pero en esto hicimos piña. En lugar de ensayar el desnudo la tarde que nos correspondía llevé otra propuesta. Hamletada lo llamé para mis adentros. En ese fragmento Garibaldo regresa de América a su pueblo natal en Italia, un pueblo costero, es la posguerra mundial y su amor de juventud, Esperia, lo espera desde hace diez años en una casa de la playa. Esperia había sido novia de los hermanos de Garibaldo y Garibaldo acabó por gustarle también, y viceversa, inercias familiares de éstas de Tabucchi, pero Garibaldo y Esperia nunca han sido novios, ni se han besado ni se han acostado ni nada, pero se han estado escribiendo cartas de amor y reproches todos esos años. La violó dulcemente entre las redes y las sogas podridas. Adapté el texto a primera persona de manera que la voz del narrador coincidiera con la de Garibaldo, para que donde decía En cuanto Garibaldo regresó fue a desatar el pasado de Esperia, dijera En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Y para que donde decía La violó dulcemente dijera La violé dulcemente, y me propuse a mí misma como Esperia y a Pepe como Garibaldo, que aceptó encantado de que alguien lo incluyera en una de sus improvisaciones. En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Lo hice como me dictaba la naturaleza: con el ímpetu de una adolescencia incongruentemente reciente. Para llegar hasta la casa de la costa recorrí a pie el mismo camino que habían hecho mis hermanos todos los domingos. Era mayo y las retamas amarilleaban las dunas. Las redes, abandonadas en los cañizos y acostumbradas a la tierra, se habían convertido en vegetales; nacían en ellas campanillas rosadas, carnosas, que casi parecían ombligos. Esperia, cuando me vio en el umbral, comprendió para qué había vuelto, recitó Pepe engolando voz de Serrat, qué malo era, y nos pusimos de frente. La mano le chorreaba. Entonces cerró los ojos, se rio y se salió de la escena. Perdón, ay, lo siento, se excusó. Me he puesto nervioso, repetimos. Pues claro que se había puesto nervioso el hijo de puta. No pasa nada, Pepe, repetimos. Pausa para cogerme la mano, pauta por él introducida. Acto seguido hizo su pregunta de rigor: Por qué has elegido este texto. Yo continué con la milonga de las inercias familiares, satisfecha. Pepe dejó de acudir puntualmente a los ensayos hasta que dejó de venir, y nunca vimos su improvisación de Séneca. Pero qué hilo, si yo en mi vida he puesto por escrito los montajes, nos decía Sara que no se atrevía a decirle. Los abuelos de Walter eran alemanes establecidos en Brasil, donde sus padres y él habían nacido, y esta vez la pregunta que había que hacer estaba clarísima y la mentirijilla que nos iba a responder también: después de la guerra Alemania estaba destrozada, emigraron para buscarse la vida. No tuvo huevos de hacer de Hitler en Schweyk en la segunda guerra mundial, de Bertolt Brecht, cuando se lo propusimos en otra hamletada. El verdadero reencuentro Borja no recita el poema, lo dice. No lo dice coloquialmente, como si no le diera importancia a su contenido, pero tampoco imposta afectación a su significado. Tampoco lo larga como un autómata. Nuestra aspiración es reproducir en tanto que opuesto a recitar. Nuestra aspiración es que Borja no recite sino que reproduzca el poema, que lo reproduzca en el sentido biológico del término, aquél de la EGB de los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, o sea que no reproduce el poema sino que reproduce al poema. Borja es el semental que viene a fecundar al poema. El poema se reproduce a sí mismo, se preña de él mismo y se pare a sí mismo. Esto podría dar la idea de que Borja va de médium, del rollo de que no es él quien dice el poema sino que es el poema el que se dice a través de él, pero tampoco es eso. Borja es importante, es el semental, el resucitador si se quiere, porque el poema es palabra muerta en tanto que palabra impresa, poema bueno poema muerto. La relación se establece entre el actor y el texto, no entre el actor, el texto y el escritor. En tanto que sementales o resucitadores, somos implacables con los autores: si usted, en tanto que escritor, ha decidido matar sus palabras y llevarlas a un taxidermista, no espere que dentro de cien años nosotros, después de haber elegido a su lechuza disecada de entre. Durante el poema se oye otro ruido limpio, de ritmo alegre. Un instante antes de que Borja empiece se oyen dos series de golpecitos, ese es su pie para arrancar. Viste pantalones y camisa celestes. Los zapatos de todos nosotros son de piel con cordones, sin brillo y con suela de goma, que no hace apenas ruido al andar. Nadie ha andado todavía. Quienes las adopten se condenan sin remisión a un limbo permanente, a una eterna infancia de imbéciles y castrados. La primera. A la política, pues, no en papel de rivales de estos y aquellos partidos, sino en rivalidad permanente y absoluta con el sistema entero. Política contra las políticas. Partido contra los partidos. 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DOGY: Mi carta no hablaba de la noche de junio que me llevaste al hotel, allí no hubo un verdadero reencuentro. JOSE: Y sin embargo te follé toda la noche. DOGY: Qué vulgar eres. DOGY: Tristano es un nombre falso, un nombre artificial, no me gusta, suena a nombre de otro. AHMED: Al convertirse las juventudes en sujeto primordial de la historia, la época adopta necesariamente perfiles revolucionarios. Etiquetas: extremo, bueno, buen día, tenga un buen día, sonrisa, esperamos que su día es tan bueno como el culo, botín, culo, buttox, amor, amor propio, cumplido, cumplidos, hermosas, graciosas, palabras, escrito, garabatos, letras de la mano, letras, bocetos, texto, buen culo, hermoso culo, negras, blancas, en blanco y negro, minimalistas, minimalista, llanura, elegantes. Espero que tu día sea tan bueno como tu trasero Negro Póster. De meandthemoon. Etiquetas: autocuidado, hola, bonito trasero, botín, empoderado, feminismo, feministas, buenos días, creer, tipografía. 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Es en definitiva un descontento, un desplazado, un insatisfecho. JOSE: Rosamunda, no te lo había dicho nunca. Mi padre se llamaba Tristano y yo no estoy bautizado. DOGY: Yo, en cambio, sí. En el monte te parecía una soldado implacable, pero no lo era, porque soy una buena cristiana y sé bien que no hay que desear a la mujer del prójimo. Mientras Dogy y Jose conversaban y ejecutaban pequeñas acciones para acomodarse a la habitación, Borja y Patri han empezado a deambular y a acudir a las mismas maletas que Dogy y Jose, Patri a la que había abierto Dogy y Borja a la que había abierto Jose, pero.

Al igual que Jose y Dogy, ejecutan pequeñas acciones para acomodarse a la habitación, pero no los imitan.

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El primer gesto de Patri cuando sale de su quietud es recoger el klínex usado del suelo, el primero de Borja retirarse el flequillo. Ana se descruza la cuerda del pecho y se desplaza en cuatro saltos Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse comba hasta ponerse en el otro extremo del telón de fondo, delante del armario, que la enmarca, y vuelve a cruzarse la cuerda.

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Yo no iba a venir Me invitaron a formar parte de una mesa redonda en la feria del libro. Era la primera vez que me invitaban a participar en una mesa redonda sobre literatura, no a leer mis cosas y a hablar de cómo las escribo, sino a hablar de literatura, con lo poco que yo sé de literatura. Todos mis conocimientos literarios son sospechas, yo me acerco a la literatura sospechando.

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Pasamos por encima y se Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse en la nieve. Me cubrí la cabeza con las manos y el cinturón me dio un tirón en el pecho que me dejó sin aliento. Oía el motor, el viento y una voz asustada, aguda y rota. La voz me empujó a salir. El viento me entumeció la cara y me hizo entornar los ojos. Crucé la carretera hacia la oscuridad de link cabina.

Tenía el parabrisas reventado y la carrocería abollada. Oí otra voz. Una voz grave y tranquila y, me di cuenta, conocida. Ve a buscar las mantas y el botiquín.

Llevé el botiquín y todas las mantas, pañuelos, bufandas y jerséis que encontré con el corazón en un puño. Se había quitado el jersey y le estaba haciendo un torniquete con la camisa y un palo.

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Cogió las mantas y la ropa, lo tapó bien y le envolvió la cabeza con mi bufanda. Corrió hacia el camión y oí la tos de la radio. Me arrodillé al lado de Aitor.

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Tenía los ojos abiertos, pero no se movía ni hablaba. Lo veía borroso y amarillo por la luz de los intermitentes.

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Tenía la cara cortada e inflamada. Los copos de nieve le caían en la frente y en las pestañas.

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Cogí un trozo de algodón del botiquín y se las limpié, poco a poco, casi sin tocarlo, hasta que la nieve fundida le resbaló por las mejillas. Se le aflojó la bufanda y sacó una mano rígida de debajo de las mantas. Tuve miedo, mucho miedo. Volví a taparlo bien, me quité la chaqueta y lo arropé. Me tumbé a su lado y lo abracé hasta que dejó de temblar. Nos cubría como una madre. Nos miramos y fue como si nos viéramos después de mucho tiempo. Abrió las cajas y nos cubrió Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse las flores.

Se movían con la respiración débil de Aitor, como si estuvieran vivas, y nos hacían cosquillas en la nariz. Olían al armario de casa. Crece en la isla de Mallorca donde aprende a leer, a caminar, y a contar hasta cien.

Actualmente vive en Madrid. Empecé cuando iba al here. Me suspendieron, claro.

Al principio empecé a escribir porque era divertido hacerlo Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse luego porque hacerlo me revelaba aspectos distintos de la realidad. Las palabras me daban una lectura del mundo. El extrañamiento y la otredad, el enigma, el fragmento, el horrífico azar. Encuentro una tendencia a la no ficción o a la autoficción, pero personalmente prefiero leer narrativa de ficción, sea lo que sea que eso signifique, las etiquetas a veces son castradoras.

Pienso en los libros de Rita Indiana, Rodrigo M.

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{INSERTKEYS} Tizano, Mariana Enriquez, Rubén M. A finales del se publica mi primera novela, Caballo sea la noche, con la editorial Candaya. Una novela sobre un lugar que entremezcla lo esquizofrénico y lo onírico, donde se da cobijo a personas que han querido huir, refugiarse, confinarse fuera de las miradas de Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse sociedad.

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Cuando ella rompe aguas es de madrugada. Él no sabe conducir así que Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse a un taxi. Llueve, no mucho pero lo suficiente como para que las calles a través del parabrisas aparezcan borrosas y resbaladizas. Hay una fina capa de grasa que se diluye con el agua y baja por los cristales.

No parece una buena señal, nada lo parece desde que se han levantado de la cama. Hace un par de semanas habían hecho un simulacro del día del parto para ver si lo tenían Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse listo. Él había recogido lo necesario para el hospital: el cepillo de dientes, la cesta, el pijama y las zapatillas, unas que le habían regalado para la ocasión y que no había querido ponerse antes. Lo hemos hecho todo bien, parecían decirse con la mirada.

Pero llegado el día, el verdadero día, nada ha salido bien desde el principio. Primero, que el asunto de la rotura de aguas a ella le ha pillado soñando con sus clases de natación, por lo que su cuerpo no ha reaccionado hasta bien entrada la madrugada.

Treinta y dos minutos después, here ella se le ocurre mirar el reloj. Él le aprieta los dedos con fuerza para tranquilizarla mientras intenta despabilarse a marchas forzadas.

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El sueño que es la salud como el apetito que es la salud, la libido que es la salud, la guerra que es la salud. A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Al empezar la presentación José María Merino informó que Ana María Moix no había podido venir por problemas de salud, transmitía sus excusas desde Barcelona y le deseaba mejoría. Juan reparó en mí cuando ya estaba sentado y sonrió y redondeó los ojos de sorpresa. No esperaba encontrarme. Quien se lo había leído era Ana María. Pero a mí la poesía me abandonó muy joven. Yo defiendo que la poesía no es un género, es una esencia. Para mí la escritura de un cuento es, imagínate, ir de un extremo al otro de esta mesa diligentemente, sin entretenerme en lo que pudiera ir apareciendo en el camino: la botella de agua, el vaso, el micrófono, tu libro… Obviar todo eso y seguir adelante, que es lo contrario que hace uno en una novela. Entonces yo ingenio la venganza de pegar una grabadora a la pared y registrar el llanto del bebé para, dentro de cinco años, ponérselo a los padres todas las noches. Por acostumbrarme me he acostumbrado hasta a los placebos. Dogy y yo nos levantamos y educadamente salimos de la fila para irnos. Cuando estamos en el pasillo central nos acercamos a la mesa como para hacerles una foto a los intervinientes con el móvil. Entonces, sin correr pero sin vacilar para que ni Bonilla ni Merino pregunten ni a los guardias jurado les dé tiempo a llegar, subimos a la tarima. En lo que tardan en llegar los seguratas ya nos hemos sentado a horcajadas y a Merino se le van las manos tímidamente a la espalda de Dogy y a Bonilla no se le van ningunas manos pero se ríe dentro del beso, nos reímos los dos. Entonces y sin transición se apagan todos los focos, de manera que toda la iluminación de la escena es la de la pantalla de televisión. De todas formas la imagen no es lo importante. Lo importante es el audio, que no es el propio de la televisión sino que sale en estéreo por el equipo de sonido del teatro. En esa oscuridad salimos de escena Ahmed y yo, que no nos hemos movido de nuestro rincón en los sesenta minutos que llevamos. Se queda Ana combatiendo y cantando a oscuras. Sobre esas muertes pesa el silencio informativo pero también el de las propias familias, que arrastran muchas veces sentimientos de culpa o de rabia. Es la muerte ignorada. Y si no hablamos, entonces, no vemos la tremenda realidad. Por cada persona que se mata hay treinta que lo intentan. Hay unas causas biológicas innegables, o sea, algo pasa en nuestro cerebro que ya no siente la vida. En el caso de un suicidio cercano la pregunta que siempre queda es por qué. Rabia, culpabilidad, tristeza, duelo. Con consecuencias. A veces lo clavamos y terminamos a la par que el audio. Terminados el reportaje y la canción, el estéreo del teatro se desactiva y el telediario sigue avanzando pero con el sonido integrado de la tele. Los saltos son lo de menos. Los mangos no se agarran con tensión, sólo se sostienen en la mano. Los codos deben estar dulces, amortiguadores. Así los saltos salen silbados, de puntillas. Las agujetas las acabas teniendo en la parte de arriba de los brazos, bíceps, tríceps y deltoides. Entonces entendimos por qué los boxeadores se ejercitaban a la comba. La curva del olvido ilustra la pérdida de retentiva con el tiempo. La velocidad con la que olvidamos depende de varios factores, como por ejemplo, de la carga emocional de un recuerdo. El primer recuerdo que tengo de una casa no es la casa de mis padres; es la casa de la hermana de mi madre. Es una casa grande, con tres habitaciones, un pasillo largo y oscuro, un cuarto de baño con baldosas verdes, una cocina a la que no entro por el temor que me infunde su horno y un enorme salón rectangular con un tigre de porcelana encima de una mesa de cristal. Es un día de verano. Hace calor y todos visten camisetas de manga corta. Mis tíos también. Gateo entre los pies de mis padres. Una silla se mueve y aparecen unas piernas; son las piernas de mi prima. Lleva un pantalón de pijama remangado y puedo verle los tobillos. Su piel es rosada. Sin saber muy bien por qué, me siento atraído hacia su cuerpo, hacia sus rosados tobillos. Despacio, me separo de las piernas de mis padres y me coloco junto a las de mi prima. Las miro en silencio durante un largo rato y después alargo el dedo índice y lo poso delicadamente sobre su tobillo desnudo. Mi prima se asusta al notar el contacto. Yo tampoco. Estoy tumbado en la cama. Es domingo. Suena mi teléfono móvil. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Es un amigo. Me dice que otro amigo ha sufrido un accidente. Un coche le arrolló cuando iba en su moto de camino a casa. Cincuenta y cinco minutos y medio depósito después, consigo encontrarlo. Estaciono en el aparcamiento que hay junto al edificio de urgencias. Camino por un pasillo. Todo es blanco. Llego a la sala de espera. Todos se levantan al verme. Su madre se sienta a mi lado. Doy un sorbo al café. Ella hace lo mismo. Intento que mi frase resulte agradable, en cierto modo incluso esperanzadora, pero no lo consigo. Su madre me mira con desprecio y se levanta. Ahora estoy solo. No hay nadie sentado a mi lado. Frente a mí hay un anciano con un pequeño transistor sobre las rodillas. Escucha el partido de octavos de final del mundial de Corea y Japón. Juega España contra una de las dos Irlandas, o contra las dos a la vez, no lo sé. Gana España. El hombre apaga la radio. Miro hacia el lugar en el que se encuentran mis amigos. Hablan entre ellos, pero no consigo escuchar lo que dicen. Anoche, horas antes del accidente, habían quedado para cenar todos juntos. Por ese motivo, y aunque no tenga una base demasiado sólida, me siento culpable. Todos se giran y me miran, pero nadie habla. Él se dio a la fuga. Después de preguntar por el responsable del atropello no vuelvo a hablar en todo el día. Mi sentimiento de culpa sigue creciendo. A las tres menos cuarto una señora obesa se sirve un café y se sienta a mi lado. Me despido de todo el mundo a las seis y treinta y nueve minutos. Les digo que mañana volveré después del trabajo. No me creen. Me miran como si fuera un criminal. He de atravesar un largo pasillo hasta la puerta principal. Camino hasta el aparcamiento. Paso alrededor de diez minutos recorriéndolo de un lado a otro. No encuentro mi coche. De repente me paro en seco y descubro que, pese a tener un Citroën de segunda mano, he estado buscando un Alfa Romeo desde que he entrado en el aparcamiento. El caso es que él se baja de su nave armado con una raqueta de madera, que simula un sofisticado rifle de asalto capaz de lanzar rayos ultrasónicos, e intenta invadir mi planeta, para hacerse con el control de mi televisión alienígena y mi noticiario alienígena. Para defenderme de su ataque, dispongo de otra raqueta de madera. Obviamente, mi raqueta también simula una destructiva arma de combate. Comienza la pelea. Consigo esquivar el golpe, pero al hacerlo pierdo el equilibrio y caigo al suelo, no sin antes golpearme en la sien con la cómoda de la habitación. La curva del olvido ilustra la pérdida de retentiva con el tiempo. La velocidad con la que olvidamos depende de varios factores, como por ejemplo, de la carga emocional de un recuerdo. El primer recuerdo que tengo de una casa no es la casa de mis padres; es la casa de la hermana de mi madre. Es una casa grande, con tres habitaciones, un pasillo largo y oscuro, un cuarto de baño con baldosas verdes, una cocina a la que no entro por el temor que me infunde su horno y un enorme salón rectangular con un tigre de porcelana encima de una mesa de cristal. Es un día de verano. Hace calor y todos visten camisetas de manga corta. Mis tíos también. Gateo entre los pies de mis padres. Una silla se mueve y aparecen unas piernas; son las piernas de mi prima. Lleva un pantalón de pijama remangado y puedo verle los tobillos. Su piel es rosada. Sin saber muy bien por qué, me siento atraído hacia su cuerpo, hacia sus rosados tobillos. Despacio, me separo de las piernas de mis padres y me coloco junto a las de mi prima. Las miro en silencio durante un largo rato y después alargo el dedo índice y lo poso delicadamente sobre su tobillo desnudo. Mi prima se asusta al notar el contacto. Yo tampoco. Estoy tumbado en la cama. Es domingo. Suena mi teléfono móvil. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Es un amigo. Me dice que otro amigo ha sufrido un accidente. Un coche le arrolló cuando iba en su moto de camino a casa. Cincuenta y cinco minutos y medio depósito después, consigo encontrarlo. Estaciono en el aparcamiento que hay junto al edificio de urgencias. Camino por un pasillo. Todo es blanco. Llego a la sala de espera. Todos se levantan al verme. Su madre se sienta a mi lado. Doy un sorbo al café. Ella hace lo mismo. Intento que mi frase resulte agradable, en cierto modo incluso esperanzadora, pero no lo consigo. Su madre me mira con desprecio y se levanta. Ahora estoy solo. No hay nadie sentado a mi lado. Frente a mí hay un anciano con un pequeño transistor sobre las rodillas. Escucha el partido de octavos de final del mundial de Corea y Japón. Juega España contra una de las dos Irlandas, o contra las dos a la vez, no lo sé. Gana España. El hombre apaga la radio. Miro hacia el lugar en el que se encuentran mis amigos. Hablan entre ellos, pero no consigo escuchar lo que dicen. Anoche, horas antes del accidente, habían quedado para cenar todos juntos. Por ese motivo, y aunque no tenga una base demasiado sólida, me siento culpable. Todos se giran y me miran, pero nadie habla. Él se dio a la fuga. Después de preguntar por el responsable del atropello no vuelvo a hablar en todo el día. Mi sentimiento de culpa sigue creciendo. A las tres menos cuarto una señora obesa se sirve un café y se sienta a mi lado. Me despido de todo el mundo a las seis y treinta y nueve minutos. Les digo que mañana volveré después del trabajo. No me creen. Me miran como si fuera un criminal. He de atravesar un largo pasillo hasta la puerta principal. Camino hasta el aparcamiento. Paso alrededor de diez minutos recorriéndolo de un lado a otro. No encuentro mi coche. De repente me paro en seco y descubro que, pese a tener un Citroën de segunda mano, he estado buscando un Alfa Romeo desde que he entrado en el aparcamiento. El caso es que él se baja de su nave armado con una raqueta de madera, que simula un sofisticado rifle de asalto capaz de lanzar rayos ultrasónicos, e intenta invadir mi planeta, para hacerse con el control de mi televisión alienígena y mi noticiario alienígena. Para defenderme de su ataque, dispongo de otra raqueta de madera. Obviamente, mi raqueta también simula una destructiva arma de combate. Comienza la pelea. Consigo esquivar el golpe, pero al hacerlo pierdo el equilibrio y caigo al suelo, no sin antes golpearme en la sien con la cómoda de la habitación. Comienzo a sangrar. Mi cara se mancha de sangre. Mi camiseta también. Hasta el suelo se mancha de sangre. Mi hermano se asusta. Me mira y en sus ojos puedo ver que tiene miedo y que no sabe cómo actuar. Llaman a la puerta. Mi hermano coge las raquetas y las esconde debajo de la cama. Después abre la puerta. Mi madre, al verme, comienza a gritar histérica y se arrodilla para poder agarrarme por los hombros. Me sujeta con fuerza y después me estrecha entre sus brazos. Me miran fijamente, como si nunca antes me hubieran tenido delante. Asiento con la cabeza. Contemplo de reojo a mi hermano. No soy un chivato. Mi padre y yo caminamos por la calle rumbo al videoclub. Vamos a alquilar una película. Llegamos y comienzo a caminar por los pasillos. Hay cientos de películas, no sé por cual decidirme. Una señora se acerca despacio a mi espalda y me toca ligeramente el hombro. Me giro. Me toco con la yema de los dedos y después los miro. Busco a mi padre por todo el videoclub. No le encuentro. Noto la sangre recorriendo mi rostro hasta llegar al mentón. Estoy nervioso. Lleva un pañuelo en la mano. Me limpia la sangre y sonríe. Yo también sonrío. Alquilamos Rocky IV, aunque ya la he visto media docena de veces, y regresamos a casa caminando. La película no me gusta demasiado. Pero me encanta la parte del entrenamiento, no la primera parte, en la que entrena sin ganas, como si supiera que no tiene posibilidades de ganar el combate, sino la otra, las que comienza con un plano cerrado de sus zapatillas saltando a la comba al ritmo de la canción Hearts on fire. Me gusta el plano. Muy cerrado. Ni siquiera puede verse la cuerda. Pasa tan deprisa que solamente puede escucharse. Sus pies se mueven a mayor velocidad y a su alrededor comienza a formarse una pequeña nube de polvo. El polvo que levanta al pisar el suelo de madera con las zapatillas. Son unas zapatillas negras. Unas de esas zapatillas que llevan los boxeadores. Yo ya he visto le película. Comienzo a pensar que tal vez hayan cambiado el final. Los entrenadores del boxeador ruso, todos vestidos de un llamativo rojo, celebran el inicio del combate. Cuando llegan al sexto asalto yo ya estoy convencido. No hay duda. Yo no entiendo nada de lo que dice. Cuando comienzan a aparecer los títulos de crédito mi padre detiene la proyección, saca la película del reproductor VHS y yo me marcho a la cama. Salgo al jardín y me siento. Es de noche y, aunque hay una bombilla encendida sobre la mesa del porche, apenas puede verse. La casa no es mía, es simplemente un lugar en el que estoy pasando las vacaciones, así que no puedo cambiarla por otra de mayor voltaje. Veo entre las sombras algo que se mueve y me asusto. Comienzo a pensar que no ha sido buena idea salir a escribir a medianoche. De entre la oscuridad aparece una gata. Camina titubeante hacia mí. Empieza a ronronear. Lo coloco todo con cuidado en una hoja del cuaderno y lo dejo en el suelo. Tarda menos de un minuto en devorarlo. Cuando termina de relamerse, se sube de un salto al banco en el que estoy sentado y me mira. Intento escribir pero no lo consigo, levanto la vista para observarla cada dos segundos. Se tumba junto a mi mano. Es como si temiera que al cerrar los ojos volviera a quedarse sola, del mismo modo en el que estaba un instante antes de que yo saliera al porche. Finalmente el sueño gana la batalla y cierra los ojos despacio, sin parar de ronronear. La miro en silencio durante unos segundos, después recojo el cuaderno y el bolígrafo, me levanto y vuelvo dentro. Es de noche y hace calor. Mucho calor. Estoy tumbado boca abajo, con los ojos cerrados, pero no estoy dormido. Mi padre se acerca despacio al umbral de la puerta de mi habitación; puedo escuchar sus pisadas. Camina despacio hasta la cabecera de mi cama y me zarandea con delicadeza. Me giro y le miro. Yo también lo hago. Después observo de pasada el reloj de la mesilla de noche: son las de la madrugada. Llegamos al salón. Miramos fijamente el televisor. Cuando ha salido del vestuario, con la cabeza tapada por la capucha del batín, en los altavoces del recinto en el que se celebra el combate ha comenzado a sonar Gonna fly, el tema principal de la banda sonora de la película Rocky. Parece que mientras lo hagan estén aguantando la respiración. Como si el acto de respirar pudiera mostrarle una debilidad al rival. Regresan a sus esquinas y tragan todo el oxígeno que han dejado de inhalar durante el cruce de miradas. Suena la campana que da inicio al primer asalto y ambos se dirigen nuevamente al centro del ring para comenzar la pelea. Baila uno alrededor del otro moviendo sin parar los pies, parece una coreografía ensayada. Tras un par de minutos titubeantes, el potro lanza un derechazo que impacta en el estómago de Whitaker, haciéndole retroceder unos pasos. Vuelven a colocarse en el centro y nuevamente intercambian sus miradas, pero por la rectitud de sus rostros da la impresión que ninguno de ellos tenga ya ganas de seguir bailando. Pero justo un instante después de pronunciar aquellas palabras, descubre que no son ciertas. Y es a partir del segundo asalto cuando mi padre deja de sonreír. El combate se decide a los puntos. Mi padre se levanta y sale a la terraza sin decir nada. Se enciende otro cigarrillo y fuma pausadamente con los codos apoyados en la barandilla. Salgo y me coloco a su lado. Le miro. Son casi las cuatro de la madrugada. Da una larga calada y lanza el cigarrillo al vacío. Tuve una buena racha, gané cuatro o cinco combates seguidos como amateur y encontré un buen entrenador. Tuve incluso un par de peleas semiprofesionales. Pasé un par de minutos inconsciente tumbado boca arriba, con los brazos en cruz, encima de la lona. Después de aquello me asusté y decidí dejarlo. Durante un instante no habla nadie. Me cuesta asimilar su escueta respuesta. Por eso hay que intentar aprovechar las primeras ——dice. Y después de decir aquella frase regresa al salón. Yo le sigo. Antes de apagar el televisor lo observamos durante unos segundos, un periodista entrevista a Poli Díaz, le pregunta por el combate y él. Mi padre apaga la televisión y volvemos a la cama. Después de aquel combate el potro disputó muchos otros, pero ninguno de ellos fue por el título del mundo, y nosotros nunca volvimos a levantarnos a media noche para verle pelear. Hay una cabina con una ventanilla de cristal, y al otro lado de la ventanilla de cristal hay un hombre gordo que suda. Y el hombre y su sudor son realmente desagradables. Le digo que es mi primer día de trabajo y me da una tarjeta verde y me dice que vaya hasta el almacén que hay al final de la calle, y que le de la tarjeta a la mujer que encontraré en la puerta. Me doy la vuelta y comienzo a caminar. La mujer que hay en la entrada del almacén parece un hombre. Es grande y fuerte y tiene bigote; pero también tiene tetas. Me explica la labor que voy a desempeñar, que se resume en repartir publicidad por las calles de la ciudad, y después se marcha a explicarle lo mismo a otro chico que también empieza hoy. Cojo un saco lleno de octavillas publicitarias y me lo cargo a la espalda. Salgo a la calle y espero en la acera la llegada de la furgoneta que ha de llevarnos, a los empleados y a las octavillas, a la zona de la ciudad en la que debemos comenzar el reparto. No hace demasiado calor para ser agosto, pero el saco pesa y yo sudo. La furgoneta llega. La mujer con tetas y bigote abre la puerta trasera y una veintena de repartidores subimos. No hay asientos, así que nos acomodamos en el suelo. A mi derecha hay un chico de unos diecisiete años. Tiene la piel morena y los ojos claros. Tiene unas tetas enormes. La puerta de la furgoneta se cierra; no podemos vernos los unos a los otros. En la oscuridad intento tocarle un pecho a la chica del pelo rojo, pero no lo consigo, mis dedos se pierden entre las octavillas de uno de los sacos. No me apetece demasiado seguir hablando. Pero estamos a oscuras dentro de una furgoneta y no hay nada mejor que hacer. Volvemos a quedarnos en silencio. No se ve un carajo. Yo no pienso repartir publicidad de militares, va contra mis principios. No puedo verle la cara, pero lo dice en un tono francamente severo. Hassim acerca su cabeza a mi oído y me habla en voz baja: ——Yo pensé que cuando viajas en el suelo de una furgoneta, a oscuras como si fueras ganado, no le das demasiada importancia a los principios. No sé qué decirle, así que no digo nada. Llegamos a nuestro destino y la furgoneta se detiene. Nos abren la puerta y todos bajamos. El primer contacto con la luz natural nos daña la vista. Cada uno de nosotros coge un saco y comenzamos a repartir octavillas. La chica del pelo rojo también lo hace. Hassim me mira y sonríe..

Ella va a recriminarle que de eso nada, que no se tarda tanto en llegar, pero antes de que diga nada empiezan los primeros dolores fuertes. Se diría, de no ser demasiado raro el asunto, que lo dice imitando la voz del cantante. El coche gira, vuelve a girar, se interna en una, dos, tres, cuatro calles distintas, hasta que a ella se le intensifican los dolores. Eran esas zapatillas, tan bonitas… Entonces ella se derrumba, llora mientras el rostro se le descompone por el dolor.

Le parece Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse le sonríe. La verdad es Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse tiene un bigote muy negro. Las maracas irrumpen con fuerza y se oyen también las otras percusiones; los tambores, los bongos. El taxista, por toda respuesta, tararea El manisero, e incluso a ratos se concede la libertad de soltar el Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse y simular el meneo de las maracas. Se supone que eso es un hijo, piensa para sus adentros. La voz de Machín de fondo.

Es un poco regordete, entrecano, tiene unas patillas mal arregladas y ese bigote, tan llamativo, bastante poblado y negrísimo. Concentrado en conducir, el taxista no se da cuenta, o finge no darse cuenta de que el marido y reciente padre de la criatura le Le estudia desde la parcela del espejo retrovisor; ni siquiera le tiene rabia, read more odio, ahora tampoco le apetece dirigirle la palabra.

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También duerme, apacible. Durante las horas siguientes no hay rastro del ambulatorio. Pero ellos no bajan.

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Pero no bajan. Los meses de lactancia son duros. La madre apenas duerme, al padre le cuesta hacerse con la forma de los asientos, le duele el cuello y la espalda. Alguna vez que paran en la gasolinera, el taxista, Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse han descubierto que se llama Ataulfo, trae todo lo Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse para el niño, llenando el maletero del taxi de potitos, Anda, agítalo así, como una maraca.

A ninguno de ellos se les ocurre nada que decir. Apenas piensan en su casa o en su vida pasada. Ya veremos por el camino, dice. A menudo, marido y mujer se turnan para cuidar al niño y mientras el uno le cambia los pañales, el otro va al asiento del copiloto a hacerle compañía a Ataulfo.

A veces, cuando ninguno de los dos habla, el taxista les cuenta alguna anécdota del cantante, o cuando lo vio en este o aquel concierto.

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Por click, cuando el niño habla por primera vez, a ninguno de los dos padres le sorprende que su primer sonido reconocible sea machínnn. Apenas es un balbuceo, pero ellos comprenden. En el taxi a Guillermo se le cae el primer diente, dice su primera palabrota, Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse su primer cumpleaños, aprende sus primeras canciones.

Todas de Machín, por supuesto.

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También escucha a sus padres hablar de cine, y de gente que conocen de sus anteriores vidas, y de todo eso que puede encontrarse fuera, y aprende y empieza a pensar por cuenta propia, y un día llega la gran pregunta. La intensidad y la lógica de la pregunta hace que los dos, el padre y la madre, se miren alarmados, y se digan con los ojos algo así como vale, ha llegado el momento.

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Naked nipples Amateur pivot girl cum. Kajal sexy.com. Pepe dejó de acudir puntualmente a los ensayos hasta que dejó de venir, y nunca vimos su improvisación de Séneca. Pero qué hilo, si yo en mi vida he puesto por escrito los montajes, nos decía Sara que no se atrevía a decirle. Los abuelos de Walter eran alemanes establecidos en Brasil, donde sus padres y él habían nacido, y esta vez la pregunta que había que hacer estaba clarísima y la mentirijilla que nos iba a responder también: después de la guerra Alemania estaba destrozada, emigraron para buscarse la vida. No tuvo huevos de hacer de Hitler en Schweyk en la segunda guerra mundial, de Bertolt Brecht, cuando se lo propusimos en otra hamletada. El verdadero reencuentro Borja no recita el poema, lo dice. No lo dice coloquialmente, como si no le diera importancia a su contenido, pero tampoco imposta afectación a su significado. Tampoco lo larga como un autómata. Nuestra aspiración es reproducir en tanto que opuesto a recitar. Nuestra aspiración es que Borja no recite sino que reproduzca el poema, que lo reproduzca en el sentido biológico del término, aquél de la EGB de los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, o sea que no reproduce el poema sino que reproduce al poema. Borja es el semental que viene a fecundar al poema. El poema se reproduce a sí mismo, se preña de él mismo y se pare a sí mismo. Esto podría dar la idea de que Borja va de médium, del rollo de que no es él quien dice el poema sino que es el poema el que se dice a través de él, pero tampoco es eso. Borja es importante, es el semental, el resucitador si se quiere, porque el poema es palabra muerta en tanto que palabra impresa, poema bueno poema muerto. La relación se establece entre el actor y el texto, no entre el actor, el texto y el escritor. En tanto que sementales o resucitadores, somos implacables con los autores: si usted, en tanto que escritor, ha decidido matar sus palabras y llevarlas a un taxidermista, no espere que dentro de cien años nosotros, después de haber elegido a su lechuza disecada de entre. Durante el poema se oye otro ruido limpio, de ritmo alegre. Un instante antes de que Borja empiece se oyen dos series de golpecitos, ese es su pie para arrancar. Viste pantalones y camisa celestes. Los zapatos de todos nosotros son de piel con cordones, sin brillo y con suela de goma, que no hace apenas ruido al andar. Nadie ha andado todavía. Quienes las adopten se condenan sin remisión a un limbo permanente, a una eterna infancia de imbéciles y castrados. La primera. A la política, pues, no en papel de rivales de estos y aquellos partidos, sino en rivalidad permanente y absoluta con el sistema entero. Política contra las políticas. Partido contra los partidos. Así tienes menos opciones de meter la pata, le respondió Dogy una vez, y él se ofendió. Hay una bandolera sobre la mesa de la televisión y una mochila al lado de la bolsa de viaje del suelo. Hay una chaqueta encima del escritorio en el que apoyan el codo Borja y Jose, y otra en el sillón correspondiente al reposapiés. En la mesita de noche de al lado de Patri hay una funda de gafas y un paquete de klínex, y un klínex usado en el suelo. DOGY: Qué malo eres. Es verdad, he tenido una historia paradójica, porque mi corazón siempre estuvo ocupado por mi amor frustrado por ti, me quedaba sólo un espacio limitadísimo para una compañía. Es tarde, tienes ganas de desear, mira que el tiempo de la vida no va al mismo ritmo que el tiempo del deseo, en un día pueden pasar cien años. DOGY: Yo ya había intuido que volvería a encontrarte, volvería a encontrarte en esta noche veraniega que preveía en mi carta. No la recibí nunca. DOGY: Mi carta no hablaba de la noche de junio que me llevaste al hotel, allí no hubo un verdadero reencuentro. JOSE: Y sin embargo te follé toda la noche. DOGY: Qué vulgar eres. DOGY: Tristano es un nombre falso, un nombre artificial, no me gusta, suena a nombre de otro. AHMED: Al convertirse las juventudes en sujeto primordial de la historia, la época adopta necesariamente perfiles revolucionarios. Antes aludimos a las épocas por esencias conservadoras y tranquilas, en las que realmente. Y es que al pasar la juventud a ser la fuerza motriz decisiva, al convertirse en sujeto creador, su misión, que en otras épocas parece casi inexistente como tal, se agiganta y dilata de un modo extraordinario, ya que es de hecho la misión misma de la humanidad en aquella hora. Es en definitiva un descontento, un desplazado, un insatisfecho. JOSE: Rosamunda, no te lo había dicho nunca. Mi padre se llamaba Tristano y yo no estoy bautizado. DOGY: Yo, en cambio, sí. En el monte te parecía una soldado implacable, pero no lo era, porque soy una buena cristiana y sé bien que no hay que desear a la mujer del prójimo. Mientras Dogy y Jose conversaban y ejecutaban pequeñas acciones para acomodarse a la habitación, Borja y Patri han empezado a deambular y a acudir a las mismas maletas que Dogy y Jose, Patri a la que había abierto Dogy y Borja a la que había abierto Jose, pero. Al igual que Jose y Dogy, ejecutan pequeñas acciones para acomodarse a la habitación, pero no los imitan. El primer gesto de Patri cuando sale de su quietud es recoger el klínex usado del suelo, el primero de Borja retirarse el flequillo. Ana se descruza la cuerda del pecho y se desplaza en cuatro saltos de comba hasta ponerse en el otro extremo del telón de fondo, delante del armario, que la enmarca, y vuelve a cruzarse la cuerda. Nadie ha tocado la cama todavía. Y ello por una razón doble: frecuentemente ocurre que no hay sitio para los jóvenes, que no se les acepta con facilidad, y que su primera impresión, por tanto, consiste en la angustia de verse sin solicitaciones justas, casi en un papel de residuo histórico. Yo no iba a venir Me invitaron a formar parte de una mesa redonda en la feria del libro. Era la primera vez que me invitaban a participar en una mesa redonda sobre literatura, no a leer mis cosas y a hablar de cómo las escribo, sino a hablar de literatura, con lo poco que yo sé de literatura. Todos mis conocimientos literarios son sospechas, yo me acerco a la literatura sospechando. A la literatura y a casi todo. La sospecha debería considerarse otro método científico como el inductivo, el deductivo y el abductivo, inducción, deducción, abducción y sospecha. Estaba ilusionada y un poco temerosa porque no sabía si iba a estar a la altura de la mesa. El email por el cual me invitaban decía lo siguiente: Querida Cristina: Me pongo en contacto contigo desde el Centro Andaluz de las Letras de la Consejería de Cultura. Con lo mal que se me da a mí el feminismo, a cuyo conocimiento sólo accedo por el método suspectivo, y tuve que aceptar la invitación porque mi coño se sintió interpelado. Supongo que nos reuniremos las intervinientes para fijar los temas a tratar. Quedo a tu disposición para lo que necesites. Atentamente, Cristina García Morales cristina. Él también lo había pasado muy bien, afirmaba que se había metido. Yo debía decirlo porque me diera la gana y la situación lo mereciese, no porque esas gamberradas le molaran a Juan Bonilla y yo quisiera labrar esa complicidad aunque Juan ni siquiera estuviera allí para verlo, pero lo tenía inevitablemente presente porque acababa de estar en Madrid. Cuando llegó el momento de hacerlo, cuando debí calibrar si la situación lo merecía o no, la decisión y Juan se confundieron y al final me dije a tomar por culo, pa puta y en chancletas me quedo quieta, y lo hice. Patri, Dogy, Borja y su novia estaban allí, Borja el primero, que venía a darme un abrazo después de mi llantina al teléfono de la noche anterior. Me gustaría empezar a mí. No puedo hablar de la forma en la que abordo la escritura sin antes dilucidar la naturaleza de esta mesa. Mientras estas preguntas no sean respondidas, y a la vista de lo mal que le va al género del cuento. Yo no iba a venir porque yo no quería propiciar una mesa con un nombre tan desafortunado, pero al final yo he venido porque alguien tenía que denunciar el hecho machista. Porque lo que no puede ser es que en pleno siglo veintiuno estemos todavía hablando de igualdad, yo que he luchado por la igualdad y que en los años ochenta yo me imaginaba que en el siglo veintiuno yo iría a trabajar en nave espacial, y resulta que no hay ni naves espaciales ni igualdad. Con lo que a mí me gusta follar y lo bien que follo y tampoco cobro por ello. Pero desde mañana mismo, qué digo mañana mismo, desde esta misma noche voy a empezar a cobrar, para que el mundo sea menos injusto. Este es un cuento inédito que he escrito en especial para esta mesa. Se titula Resultados. Camaradas, dijo. Yo estaba harta, camaradas. En cinco años de matrimonio Johannes no había hecho ni el amago de fregar un plato. El primer día no vi resultados,. El segundo día tampoco vi resultados. Amigas, hermanas, luchadoras todas. Quiero hablaros de mi caso no como experta sino como mujer. Jean perdió todo el romanticismo tan pronto dejó a su anterior pareja para ponerse a salir conmigo. En tres años de relación sentimental no había tenido ni un solo gesto hacia mí, ni un solo detalle, algo que yo al principio interpretaba como una cualidad propia de nuestro compromiso abierto, pero que llegado un punto tomé como un maltrato psicológico muy sutil que perpetuaba los roles de macho independiente y de hembra dependiente de los afectos. O me haces caso o te dejo. Llegó el turno de una de las anfitrionas granadinas, Cristina Romales, asesora jurídica del Instituto Andaluz de la Mujer. Poco puede aportar mi juventud a esta mesa redonda, pero agradezco la oportunidad que se me brinda para expresarme en un ambiente de absoluta libertad y complicidad. Yo, compañeras, llevaba cuatro años viéndome a escondidas con Juan, saltando de hotel en hotel, algo que hacíamos de mutuo acuerdo y con gran excitación por parte de ambos. Pélagie Mèrlon suspiró al micrófono ah, quién no ha sido joven, y recibió un tierno aplauso por su comentario. Ninguno de los dos pedía cuentas al otro, y si lo hacíamos era para felicitarnos por nuestras otras conquistas. Pero una es un ser humano y a veces necesita. Un día Juan me dejó sola en el hotel para ir a atender una cena importante de trabajo a la que, por razones de discreción, no le podía acompañar. En vez de llamar a ninguno de mis amantes lo esperé a él, compañeras. En vez de salir a divertirme por mi cuenta me quedé a esperarlo con el pijama puesto, llamando por teléfono a un amigo para que me consolara. O me tratas con la dignidad con la que tratas a tus amigos o no nos volvemos a ver. Pues bien, compañeras. El primer día no vi nada. El segundo día tampoco vi nada. Pero entre el tercer y el cuarto día me bajó la inflamación del ojo y empecé a ver algo. Muchas gracias. Saltar a la comba Ahmed y yo somos como dos presentadores de telediario. Estamos de pie uno al lado del otro como podrían estarlo dos estrellas de cine que van a hacer entrega de un premio en un festival, pero a diferencia de ellos nosotros no tenemos un atril delante, ni tampoco estamos sentados a una mesa como los del telediario. Entre dadores de premios e informadores, por tanto. Llevamos, como ellos, unas cartulinas con marcas de guion, pero nos sabemos nuestros textos de memoria y sólo acudimos a ellas para seguir los pies de entrada. Como los informadores cuando terminan de dar una noticia y esperan a que entre el vídeo, bajamos la mirada en una suave diagonal, que los informadores dirigen a un monitor y nosotros al suelo del escenario. Ahmed ha trabajado la sugerencia y yo la solemnidad, porque Ahmed tiende como actor y como todo a la solemnidad, y lo mismo yo con la sugerencia, y lo que no queríamos era asignarnos los roles de chica seductora y chico duro. Pretendemos ser intercambiables y a la vez imprescindibles, echarnos de menos y que el espectador también nos eche de menos si alguno de los dos se tira mucho rato sin hablar y el otro acapara el discurso. La noticia o el premio que damos es un discurso, o sea que la intención del texto es convencer a alguien de algo, lo cual no significa que necesariamente los personajes que representamos Ahmed y yo tengan la intención de convencer. O sea, poniéndonos irónicos. Lo que no significa que Ahmed y yo estemos necesariamente de acuerdo con el discurso y tengamos la intención de convencer, igual que el juez de Montesquieu no tiene por qué estar de acuerdo con la ley que habla por su boca. Esta coincidencia a tres bandas entre el discurso, los personajes que Ahmed y yo representamos y nosotros mismos nos hace escalar a alturas políticas. Es un milagro escénico esa coincidencia, igual que lo de Borja y Patri, si bien es cierto que para que los milagros ocurran debemos estar predispuestos a ellos. En el caso de Borja y Patri también puede hablarse de altura política. CRISTINA: Una minoría de españoles, agazapada en los bancos, en la gran propiedad territorial e industrial y en los negocios financieros que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes. Gente, pues, para la que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro. AHMED: En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Entre todos esos millones de hombres parados los hay de gran preparación profesional y buenos técnicos en sus respectivas ramas industriales. Se trata de que el nombre descubra nuevas tareas para el hombre. Quien salta a la comba, combate. Quien salta a la comba es un combatiente. Gestiona muy bien la respiración y el esfuerzo físico no le empaña la voz hasta pasado un buen rato. Y cuando se la empaña y pierde el aliento, de mezzo soprano pasa a soprano, soprano que se asfixia. Algo es regular, pero no puede estar. Si hay nada es que algo es que no hay, nada bien que mal, todo mal que bien. Nada de lo que es tiene por qué estar. Nada es lo mismo que el nihilismo, nada es lo mismo que el nihilismo. Es que yo no traje traje. La cama es un límite claro para los actores, no hacen como si no existiera. La perciben y la evitan, a veces la miran con extrañeza, con ira, con pena o con desdén. Mira a la cama. Ofrece su compunción con economía, un tembloroso languidecer. Esperar en un hotel es algo opulento, es una medida de espera muy particular. Para representar regalonamente esa soledad, esa unicidad del que ocupa y espera, a lo largo de la pieza se producen salidas de escena de tres de los cuatro actores ocupantes. Se queda así uno desolado en mitad del pequeño desorden el tiempo que tarda en hacer una breve intervención de texto. Se da un margen de silencio y entonces los otros tres regresan. El solo de Borja es el siguiente. Grandes pensadores hablan de su insomnio y de su permanente recurso a los ansiolíticos y se les percibe como complejas personas a las que sus grandes ideas no les dejan dormir. A mí, en cambio, ante la fatalidad y la pobreza, sólo me asiste el sueño, una enseñanza de contrición, un aprender a morir. Duermo sin necesidad de pastillas una media de diez horas diarias, y el día que no las duermo me siento mal y cansado, y ninguna gran idea sale a mi encuentro. Dormir es inacción, es lucidez, es rebeldía, es el paso previo a la guerra. El sueño que es la salud como el apetito que es la salud, la libido que es la salud, la guerra que es la salud. A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. Póster De ThePreppyPagans. Etiquetas: allanamiento, instalando un buen trasero, carga en cuclillas, estilo de vida yoga, sentadilla de aptitud, día de la pierna, aptitud. Instalar un buen trasero Póster De sogimester Etiquetas: culo, romance, letras, en blanco y negro. Tienes un buen trasero Póster De tangledribbons. Copia de buen juego Póster De HighCiti. Póster De OLMontana. Etiquetas: erotico, cartel de chica caliente, cartel de chica pinup, chica fetiche sexy, conejito malo, conejito sexy, buen trasero, buen culo, bonito botín, piernas sexy, blanco y negro, bnw, b w. Bonito a tope Póster De Camjack Etiquetas: bonito culo, buen trasero, culo, extremo, ducha, bañera, desnudo, gracioso, verse bien, demonios, te ves bien, desnudarse, blanco, humor, vamos a desnudarnos. Bonito culo Póster De cheekylildesign. Etiquetas: corgi, corgis, galés corgi, perros, perro, escondido, doggos, cachorro, los cachorros, raza canina, razas de perros, linda, chica, cuties, bebé, criaturas, azul, rosado, pastel, pasteles, buen boi, buen chico, buen perro, kawaii, adorable, perrito, cachorros, trasero de corgi, colillas de corgi. Corgi boi Póster De SpnlyMee. Etiquetas: culo, culo desnudo, vago desnudo, buen culo, buen trasero, culo de mujer, vago de las mujeres, mujer desnuda, mujeres desnudas, culo redondo, culo perfecto, gran culo, dulce culo, destellador, brillante, nudista, nudismo, exhibicionista. Me encantan los paseos por el campo. 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Cogió las mantas y la ropa, lo tapó bien y le envolvió la cabeza con mi bufanda. Corrió hacia el camión y oí la tos de la radio. Me arrodillé al lado de Aitor. Tenía los ojos abiertos, pero no se movía ni hablaba. Lo veía borroso y amarillo por la luz de los intermitentes. Tenía la cara cortada e inflamada. Los copos de nieve le caían en la frente y en las pestañas. Cogí un trozo de algodón del botiquín y se las limpié, poco a poco, casi sin tocarlo, hasta que la nieve fundida le resbaló por las mejillas. Se le aflojó la bufanda y sacó una mano rígida de debajo de las mantas. Tuve miedo, mucho miedo. Volví a taparlo bien, me quité la chaqueta y lo arropé. Me tumbé a su lado y lo abracé hasta que dejó de temblar. Nos cubría como una madre. Nos miramos y fue como si nos viéramos después de mucho tiempo. Abrió las cajas y nos cubrió con las flores. Se movían con la respiración débil de Aitor, como si estuvieran vivas, y nos hacían cosquillas en la nariz. Olían al armario de casa. Crece en la isla de Mallorca donde aprende a leer, a caminar, y a contar hasta cien. Actualmente vive en Madrid. Empecé cuando iba al colegio. Me suspendieron, claro. Al principio empecé a escribir porque era divertido hacerlo y luego porque hacerlo me revelaba aspectos distintos de la realidad. Las palabras me daban una lectura del mundo. El extrañamiento y la otredad, el enigma, el fragmento, el horrífico azar. Encuentro una tendencia a la no ficción o a la autoficción, pero personalmente prefiero leer narrativa de ficción, sea lo que sea que eso signifique, las etiquetas a veces son castradoras. Pienso en los libros de Rita Indiana, Rodrigo M. Tizano, Mariana Enriquez, Rubén M. A finales del se publica mi primera novela, Caballo sea la noche, con la editorial Candaya. Una novela sobre un lugar que entremezcla lo esquizofrénico y lo onírico, donde se da cobijo a personas que han querido huir, refugiarse, confinarse fuera de las miradas de la sociedad. Cuando ella rompe aguas es de madrugada. Él no sabe conducir así que llaman a un taxi. Llueve, no mucho pero lo suficiente como para que las calles a través del parabrisas aparezcan borrosas y resbaladizas. Hay una fina capa de grasa que se diluye con el agua y baja por los cristales. No parece una buena señal, nada lo parece desde que se han levantado de la cama. Hace un par de semanas habían hecho un simulacro del día del parto para ver si lo tenían todo listo. Él había recogido lo necesario para el hospital: el cepillo de dientes, la cesta, el pijama y las zapatillas, unas que le habían regalado para la ocasión y que no había querido ponerse antes. Lo hemos hecho todo bien, parecían decirse con la mirada. Pero llegado el día, el verdadero día, nada ha salido bien desde el principio. Primero, que el asunto de la rotura de aguas a ella le ha pillado soñando con sus clases de natación, por lo que su cuerpo no ha reaccionado hasta bien entrada la madrugada. Treinta y dos minutos después, a ella se le ocurre mirar el reloj. Él le aprieta los dedos con fuerza para tranquilizarla mientras intenta despabilarse a marchas forzadas. Ella va a recriminarle que de eso nada, que no se tarda tanto en llegar, pero antes de que diga nada empiezan los primeros dolores fuertes. Se diría, de no ser demasiado raro el asunto, que lo dice imitando la voz del cantante. El coche gira, vuelve a girar, se interna en una, dos, tres, cuatro calles distintas, hasta que a ella se le intensifican los dolores. Eran esas zapatillas, tan bonitas… Entonces ella se derrumba, llora mientras el rostro se le descompone por el dolor. Le parece que le sonríe. La verdad es que tiene un bigote muy negro. Las maracas irrumpen con fuerza y se oyen también las otras percusiones; los tambores, los bongos. El taxista, por toda respuesta, tararea El manisero, e incluso a ratos se concede la libertad de soltar el volante y simular el meneo de las maracas. Se supone que eso es un hijo, piensa para sus adentros. La voz de Machín de fondo. Es un poco regordete, entrecano, tiene unas patillas mal arregladas y ese bigote, tan llamativo, bastante poblado y negrísimo. Concentrado en conducir, el taxista no se da cuenta, o finge no darse cuenta de que el marido y reciente padre de la criatura le Le estudia desde la parcela del espejo retrovisor; ni siquiera le tiene rabia, ni odio, ahora tampoco le apetece dirigirle la palabra. También duerme, apacible. Durante las horas siguientes no hay rastro del ambulatorio. Pero ellos no bajan. Pero no bajan. Los meses de lactancia son duros. La madre apenas duerme, al padre le cuesta hacerse con la forma de los asientos, le duele el cuello y la espalda. Alguna vez que paran en la gasolinera, el taxista, que han descubierto que se llama Ataulfo, trae todo lo necesario para el niño, llenando el maletero del taxi de potitos, Anda, agítalo así, como una maraca. A ninguno de ellos se les ocurre nada que decir. Apenas piensan en su casa o en su vida pasada. Ya veremos por el camino, dice. A menudo, marido y mujer se turnan para cuidar al niño y mientras el uno le cambia los pañales, el otro va al asiento del copiloto a hacerle compañía a Ataulfo. A veces, cuando ninguno de los dos habla, el taxista les cuenta alguna anécdota del cantante, o cuando lo vio en este o aquel concierto. Por eso, cuando el niño habla por primera vez, a ninguno de los dos padres le sorprende que su primer sonido reconocible sea machínnn. Apenas es un balbuceo, pero ellos comprenden. En el taxi a Guillermo se le cae el primer diente, dice su primera palabrota, celebra su primer cumpleaños, aprende sus primeras canciones. Todas de Machín, por supuesto. También escucha a sus padres hablar de cine, y de gente que conocen de sus anteriores vidas, y de todo eso que puede encontrarse fuera, y aprende y empieza a pensar por cuenta propia, y un día llega la gran pregunta. La intensidad y la lógica de la pregunta hace que los dos, el padre y la madre, se miren alarmados, y se digan con los ojos algo así como vale, ha llegado el momento. Incluso el taxista Ataulfo reduce la velocidad. La madre mira a las alfombrillas debajo de sus pies, intentando escudriñar la respuesta entre las migas de pan y las pelusas; el padre finge preocuparse por algo que divisa desde la ventana. Tras varios minutos de silencio, miran los dos extrañados a Ataulfo. Pero la voz de Ataulfo se impone. Ea, míralo aquí. La canción suene a todo volumen, las maracas estallan sobre el salpicadero, sobre los asientos traseros, envolviéndolo todo de ondas hertzianas, con la violencia elegante de los compases latinos. Los padres se retuercen un poco sobre sus asientos, incapaces de permanecerse quietos, y miran de soslayo a Guillermo. Yo soy taxista. Un sitio que le gustó a Guillermo. Durante varias semanas vuelven al mismo paso de peatones, a la misma hora, cuando terminan las clases. Varias veces coinciden con la niña hasta que ella advierte la constante presencia del taxi a aquella hora, y un día se acerca. A los padres les sorprende el arrojo de su hijo. Os he visto algunas veces. Joanna, al principio, hace muchas preguntas. Después de los primeros días Joanna deja de preguntarlo. Los dos tienen pocas nociones del sexo, aunque las suficientes. Algunas cosas que había escuchado Joanna en el colegio y otras que Guillermo le había podido sonsacar a Ataulfo. Todos menos Ataulfo: el taxista nunca ha manifestado sueño ni cansancio. Nunca ha dejado de conducir. Así, escondido en la sombra de la noche, acompasando su ritmo al de los ronquidos de sus padres, Guillermo va introducién Hay una vez, solamente una, en la que el empeño de ellos es tan fuerte que a Guillermo se le olvida por completo sacarla cuando va a correrse. Nueve meses después ocurre de nuevo. Ella hace un gesto afirmativo con la cabeza, mostrando conformidad y gratitud ante el taxista, como si ni ella ni ninguno de ellos supiesen de la naturaleza hipotética de esas palabras. Nacen dos criaturas, niño y niña, sobre las piernas de sus padres y la constante vigilia de sus abuelos y de Ataulfo al volante. El abuelo extiende el brazo y pellizca cariñosamente a Gloria en el moflete, luego posa la mano delicadamente encima de la de su mujer, que sigue llorando y ha cerrado los ojos. Siento no haber aprendido a conducir. Intenta atrapar el instante de cada una de las figuras que emergen desde la luna trasera, su hijo, su nuera, y sus dos nietos, Gloria y Antonio. Luego mira a su mujer, todos estos años conmigo, piensa. Antes de que el taxi se pierda en la lejanía le da tiempo a observar su carrocería antigua y sus colores apagados y su letrero con la X fundida. Eso y que ha sacado el genio de su abuelo. A ellos les encanta jugar a eso, se yerguen y acercan su oído al radiocasete. Empieza la canción y esta vez es Gloria, que ha empezado a desarrollar los pechos, la que la identifica primero. Ahora eran cinco otra vez. A Ataulfo no le quitarían la licencia. Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías y revistas literarias. Escribo con conciencia de estar realizando una labor creativa desde muy niña, desde que iba a la escuela, y por dos razones: porque me daba mucho placer y porque mis padres eran extremadamente estrictos con mis notas. El lenguaje y el relato impuestos por el poder económico, cultural, político frente al lenguaje y al relato nacidos de mi experiencia y la de mis iguales, que ni tenemos ni queremos el poder. Esos no me han abandonado nunca. Me interesa la literatura que extrema las posibilidades del lenguaje y que desacraliza el hecho literario. Una literatura creativa con su materia prima: la lengua, entendiéndola como la institución de poder que es y de la que haríamos bien en emanciparnos. El cómic, la poesía, el teatro y el ensayo son nuestros aliados. Tengo entre manos una pieza de danza llamada Catalina, de la cual soy intérprete y coreógrafa dentro de la compañía Iniciativa Sexual Femenina. Tengo unas compuertas instaladas en las sienes. Cierran en vertical, como las del metro, y me clausuran la cara. Así son, en efecto, las compuertas del metro. Aunque se pueda ver perfectamente lo que pasa al otro lado, son lo suficientemente altas y resbaladizas como para que no puedas ni saltarlas ni agacharte para pasar por debajo. O eso o pagar el billete, claro. Hablo de estas mis compuertas y no lo hago en un sentido figurado. Qué retorcido, qué subliminal y qué rancio. Mis compuertas son visibles. Desde las sienes y hasta las quijadas se abren sendas ranuras por la que cada compuerta entra y sale. Volvió a darle al play y se puso la primera delante del espejo para que la siguiéramos. Ejecuto los movimientos con un segundo o menos de retardo, tiempo que necesito para imitarla de reojo y recordar lo que viene después, pero los ejecuto intensa y redondamente, y eso me satisface y me hace sentir una buena bailarina. Soy una buena bailarina. Contó cinco-seis-siete-ocho y arrancó, melena al viento por ella misma Ya no bailo sino que balbuceo de mala gana. No estoy deconstruyendo en series de movimientos el ovillo desmadejado que es la danza, no estoy agarrando el extremo del ovillo para no perderme en el laberinto de direcciones que es la danza. Entre las siete u ocho alumnas hay un alumno. Es un hombre pero ante todo es un macho, un demostrador constante de su hombredad en un grupo formado por mujeres. Va vestido con descoloridos colorines, mal afeitado, con el pelo largo y la apelación a la comunidad y a la cultura siempre a punto. O sea, un fascista. Fascista y macho son para mí sinónimos. Sin embargo el macho hizo como que no las vio y, cuando terminó la coreografía de la que yo me había salido, se me acercó para indicarme en lo que me había equivocado y se ofreció a corregirme. Sí sí, ya ya, le respondí sin moverme del sitio. Madre mía de mi vida, menos mal que las compuertas estaban cerradas y que la machedad llegaba amortiguada por mi total carencia de interés hacia el entorno. Este es un claro ejemplo de No es que antesdeayer no pudiera seguir la coreografía, es que no quería seguirla, es que no me daba la gana bailar coordinadamente con siete desconocidas y un macho, no me daba la gana masturbar los sueños de coreógrafa de la bailarina que ha terminado de profesora en un centro cívico municipal y no me daba la gana fingir el nivel de una compañía profesional de danza cuando en realidad somos un grupo de nenas en una guardería para adultos, y esto de tener la voluntad de no hacer algo la gente no lo entiende. Yo intenté mangarle a otra amiga una copa menstrual por su cumpleaños y es verdad que no encontré dónde, ni en El Corte Inglés, y que las farmacias dan reparo. Yo no sé qué coño tiene la píldora de emancipadora. Se trata de la salud de nuestras adolescentes, que no me entero. Pero si el sida no existe, Nati, qué dices. Ni el uno por ciento de la población. Pero es que yo no follo con españoles, Marga, porque son todos unos fascistas. Todo el mundo se quitó los calcetines menos yo, que tenía una ampolla en proceso de curación en el dedo gordo del pie derecho. La profesora repitió la disimulada orden. Era disimulada por dos motivos: prime Y segundo, era disimulada porque no se dirigió a la otredad que en toda clase, sea de danza o de derecho administrativo, constituimos las alumnas con respecto a la profesora. Si hubieran sido varias las personas con calcetines, la profesora habría comprendido que alguna causa, por minoritaria que fuera, las movía motivadamente a actuar de un modo distinto y habría tolerado la diferencia. Una causa minoritaria de insumisión puede llegar a ser respetable. Una causa individual, no. Todo el mundo miró los desnudos pies de los otros. Soy miope y para bailar me tengo que quitar las gafas, por eso no puedo afirmar a ciencia cierta que todas las miradas se concentraran en mis pies vestidos. Tras las dos disimuladas órdenes fallidas, la profesora sueca Tina Johanes llegó a la conclusión de que yo, aparte de miope, debía de ser sorda o no hispanoparlante. Ya ni pirueta ni nada. A la mierda el espejismo de estar aprendiendo a bailar. A la mierda los cuatro euros la hora en que se me quedan las clases con el descuento para parados. Cuatro euros que podría haberme gastado en ir y volver en tren de la sala de ensayo de la Universidad Autónoma, donde bailo sola, mambo, desnuda, mal. Cuatro euros que me podía estar gastando en cuatro birras en la terraza de un chino, cuatro euros que inaugurarían una fiesta o que me lanzarían mortalmente en la cama sin espacio para pensar en la muerte. Tina Johanes es una figura de autoridad. Yo soy bastardista pero de pasado bovarístico, y por esa mierda de herencia todavía pienso en la muerte, y por eso estoy muerta por adelantado. Es muy arriesgado, el viaje es largo y estar pendiente del revisor del que huir durante doce paradas me revienta los nervios, que se me arremolinan en el estómago y me entran ganas de cagar, y son doce las paradas que me paso aplacando los retortijones. Etiquetas: fondo, extremo, culo, pantalones, curva, redondo, melocotón, dama mujer, ajuste, piel apretada, levantar, minge, curvo. La curva dorada Póster De Wheatley. Denim Póster De dreamonix. Modo de ahorro de energía diferido Póster De seanicasia. Etiquetas: luna, culo, fondo, ghetto, gheto, botín, chalado, niñas, mujeres, desnudo, glamour, sexis, caliente, hotty, ajuste, grande, redondo, natural, nublado, noche, shorts cortos, retaco, pantalones cortos, fresco, cortar, revelando, su, dulce, vinilos, carne. Nubes al atardecer 3 Póster De Wheatley. Etiquetas: culo, mejor, que, tuyo, sensación, amor, sentimientos, ajuste, fitness, niña, mujer, bebé, belleza, guay, tener, divertido. Mujer Póster De Al-hajjar Ahmed. Regalo divertido de gimnasio Sé un rudo con un buen culo Póster De tispy. Te encanta cuando me voy, pintura digital Póster De Jarrod Vandenberg. Etiquetas: cuerpo perfecto, niñas, arrodillada, culo, extremo, coño, caliente, rizado, adulto, brecha de muslo, botín, culo redondo, adolescentes, novia, aficionado, sexis, lindas, fuckable, delgado, ajuste, desnudo, desnudez. 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Patri dijo yo es que estoy en un momento de mi vida en que no me gusta el teatro, que no me gusta, voy contra el teatro, y sí, bueno, aquí porque una no soy sólo una actriz, pero yo, pues que no me interesa. Pues yo qué sé, pues que si tuviera que elegir me gustaría, yo qué sé, hacer las luces, el espacio lumínico, es la interpretación lo que no me interesa. Dogy subió a la silla y dijo que el primer libro que se había leído en su vida de un tirón fue Días felices, que nunca en su vida algo puesto por escrito le había interesado tanto como Días felices. Y mira que es difícil de leer Días felices, con la cantidad de acotaciones que tiene, replicó Ahmed desde abajo. En su turno de silla Ahmed dijo que Días felices se leía fluido porque no lo había traducido Ana María Moix. Sí, un libro blanco. Sí, que sale un dibujito de una mano que sujeta una sombrilla. No lo ha traducido Moix porque el original es en inglés, y la Moix no habla inglés. Es porque Ana María chirría, por los catalanismos que cuela en todas partes. Porque… Ahmed tardó en contestar. Yo estaba sentada e inquieta. Bajé al baño, sollocé en el espejo para distenderme, oriné, bebí agua, me soné los mocos, me lavé la cara y volví a subir. Quise atajar el conato de llanto nervioso, no quería llorar en la silla, tenía muchas cosas que decir y no quería llorar en la silla pero acto seguido quise llorar en la silla por todas las cosas que tenía que decir. Lloré con los dedos índice y corazón en las sienes y los codos elevados. Lloro de significado, de revelación, respondí. A lo mejor la realidad es precisamente Juan porque lejos de Juan yo no me encuentro, lejos de Juan yo no me pienso luego yo no me existo, posible colofón. Echo cuentas y yo he estado junto a Juan en total catorce días o dieciséis y entonces qué, he existido dieciséis días en veinticinco años. La caja blanca es la habitación alquilada con una mesa y una silla y un ordenador adonde voy todas las mañanas a escribir, y la caja negra es este escenario con la escenografía de Beckett. Me acaban de llamar los del departamento de asesoría jurídica de Repsol para decirme que no me cogen porque no he pasado los psicotécnicos y yo pienso normal, cómo cojones voy a pasar los psicotécnicos si me paso la vida entre la caja blanca y la caja negra. Escribir un poema Después del polvo Patri y Borja descansan unos segundos el uno en el otro. Eso plantearía nuevas posibilidades escénicas. Borja sale de la luz y se le pierde de vista, a quitarse el condón o a limpiarse si acaso, mientras Patri se queda de pie en el sitio al lado de la lamparita, que le ilumina un trecho de falda, de vientre, de seno y de brazo desnudos. Es una falda roja de algodón grueso y poliéster que le llega por la mitad de las rodillas, densa y cómoda, con bolsillos. Si se ha corrido deja el peso en una pierna y bascula, suspira. A Borja le afecta menos, pero correrse o no correrse determina mucho el resto de la actuación de Patri. El primer clic lo ha dado Jose en el proscenio y es un flexo de luz blanca. El tercer clic lo. El cuarto clic lo ha dado Borja en diagonal con Jose y es otro flexo igual. A mí la luz me baña toda la cabeza y hasta la cintura, pero Ahmed es muy alto y sólo se le ve desde el flequillo y hasta la mitad del pecho. Yo llevo una camisa beige y una falda roja como la de Patri. Ahmed lleva una camisa celeste y unos pantalones chinos marrones. Dogy lleva puesta una camisa beige como la mía y unos pantalones marrones como los de Ahmed, pero de mujer. Borja lleva una camisa beige como la mía, pero de hombre, y unos pantalones como los de Ahmed pero del color rojo de las faldas de las chicas. Jose lleva chinos marrones y camisa como la mía y la de Borja, beige. Todos sonreímos, en especial Ahmed y yo, y en Borja y en Patri sonríen las endorfinas. Han pasado nueve minutos. Los jóvenes no tienen riqueza, no tienen sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política que servir. Ahora bien, resulta que los jóvenes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio peculiar bagaje, aquel que ellos incorporan y traen, sea también torpedeado y hundido. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y la incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, y todo esto tiene en realidad que ser aprendido, le tiene que ser enseñado a la juventud, no es de ella ni forma parte de ella. Pero un mínimo de crítica, en el. Hoy existen mil interpretaciones, mil explicaciones acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto para nada. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años. La excitaré con el trapo sangrante de mi corazón y me burlaré, descarado y mordaz. Con la fuerza de mi voz camino gallardo, atronando al mundo, con veintidós años. Mi alma no tiene una sola cana ni tiene ternura senil. Soy dispar a los ilustres. Me importa un bledo que Homero y Ovidio no tengan nombres manchados de hollín. No mendiguemos del tiempo el perdón. Nosotros, uno a uno, somos las correas de transmisión de los mundos. Yo, escarnecido por la estirpe de hoy, como un chiste obsceno, veo a alguien que nadie ve remontando las cimas del tiempo. El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. JOSE: Creo que no. Creo que en esto reside todo mi interés. Y en las cosas sobre las que escribo. El amor, las canciones, las calles, los rostros, las ciudades, los niños. JOSE: Ah, es usted ruso. BORJA: Pero sólo me pongo a escribir cuando todas esas cosas han ido subiendo en mi interior al nivel de las palabras. JOSE: Yo soy maestro pintor, escultor y arquitecto. Pinto vírgenes, cristos y santos, esculpo vírgenes, cristos y santos, y diseño catedrales. JOSE: Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo siempre que tengo oportunidad les enseño la espada a los pintores malos. Ya me habría gustado, ya. A quien maté fue a mi mujer. Yo a las mujeres sólo las mato en mis textos. Bueno, a las mujeres y a los hombres. JOSE: Es usted inteligente. BORJA: A mí me los puede contar, no me espanto por nada, y menos por las razones por las que se mata a una mujer. JOSE: Siempre son las mismas. A lo que le digo que oidores puede hacerlos el rey del polvo de la tierra, pero sólo a Dios se reserva el hacer un Alonso Cano. JOSE: Me cago en su puta madre. Yo le digo que la poesía es como la extracción del radio: un gramo de producto por un año de trabajo. Pero no se entera. JOSE: De qué se van a enterar los del fisco. Por emplear un lenguaje que él pudiera entender, le hago la comparación de que la rima es un barril de dinamita y la estrofa es la mecha. Se consume la estrofa, estalla la rima, y la ciudad revienta como un verso. Y entonces tengo que lanzarme a viajar, ciudadano inspector, haga frío o calor, y para eso tengo que trabarme de anticipos y préstamos. Soy deudor de los lampiones de Broadway, de los cielos de Bagdadí, del ejército rojo, de todo sobre lo que no tuve tiempo de escribir. JOSE: Muy bien dicho. Hamletada Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos. Sara valora por ejemplo que te quedes pensando. Iba de una mujer a la que le gusta que los hombres la dominen. Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no actuando sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente. Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces de nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Se lo hizo a Ester, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García. Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone. Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos. El problema con el nazi y el violador no era que fuesen un nazi y un violador respectivamente, el problema fue que se volvieron pesadísimos. Si hubiera añadido gracias alguien se habría reído, o no sé, porque el círculo se había quedado patidifuso, sobre todo los curiosos para quienes existe una curiosidad permitida y otra no. Pepe dijo que prefería no contestar a la pregunta, con lo cual la pregunta quedaba contestada, y aunque no hubiera quedado contestada lo importante era hacer la pregunta. Piqué, claro. Dije que cada vez que uno de los presentes hablaba yo me construía un castillo de prejuicios hacia él y que de momento todas esos prejuicios estaban siendo malos, no porque él o ella fuera efectivamente malo, aunque por supuesto alguien malo habría, sino porque estaban hablando demasiado y sin decir nada porque ésta no es la manera de hablar, esta es una manera completamente forzada. Ahora sé, porque me lo demostraron en el trascurso de los ensayos, que en ese momento me gané recelosos como Borja y el propio Pepe, pero también desperté simpatías inmediatas como la de Ahmed, que la hizo explícita saliendo sutilmente en mi defensa. Así me calló la boca y me provocó las ganas de llorar, que me aguanté hasta la hora de la pausa. Pepe sudaba como un cerdo, tenía piel de cera y ojos azules saltones, y una media melena que empezaba a clarearle por la coronilla. Era un gordo que estaba adelgazando a toda velocidad, es decir un flaco blandengue. Yo tenía la camiseta empapada no de mi sudor sino del sudor de Pepe, y a mí eso no me da asco, lo que me da asco es que sea un sudor completamente enmascarado, no de alguien que se echa desodorante para no oler mal sino de alguien que no quiere oler en absoluto, de alguien acomplejado que quiere pasar desapercibido. Y la frase de Pepe no me habría dado asco y yo no habría empezado a presumir sus trastornos sexuales si en lugar de decir pelitos hubiera dicho pelos, simplemente pelos, los pelos de mi trenza. Pero dijo pelitos, y esa guarrada diminutiva dicha a una desconocida no indica que te la quieras ligar por la vía guarra, indica que la quieres humillar. A mí me entra un tío diciéndome te quiero reventar ese culo o ese culazo que tienes y vale, puedo recoger el capote o puedo decirle no gracias. Pero me entra diciendo te quiero reventar ese culito que tienes y le doblo la cara por grosero. Estoy harta de verlo en Derecho Penal. Las víctimas relatan las perversiones de sus acosadores y todos usan diminutivos: voy a follarte por todos tus agujeritos, enséñame esas tetitas, te lo vas a tragar enterito, este dedito adónde va, y así. En los primeros meses de montaje de Zwölf, cuando todavía ni tenía nombre y los ensayos consistían en largas discusiones sobre la falibilidad del lenguaje y por tanto del derecho y por tanto de la democracia, desbarrando en torno a Habermas y Murakami, Pepe defendía cierta bondad ilustrada y hippy. El pueblo no sabe que sabe pero sabe, decía, y decía que esa era una frase de Séneca y que si Jose iba a parafrasear a Le Corbusier y yo a Emily Dickinson él quería ir de Séneca, toga senatorial incluida. Esto era coherente con mis otras sospechas: sólo alguien a quien le repugna su propio sudor puede querer interpretar a Séneca. En una de aquellas largas disquisiciones que nos ocupaban tardes enteras, Pepe nos habló de una obra de teatro que había visto. En un determinado punto de la narración empezó a hacer gestos raros y a balbucir. Entonces los actores… Los actores se ponen. Follando, Pepe, terminé yo la frase. Sí, eso, follando, admitió con su cara de cera de un rojo reluciente, como una manzana de cera de expositor. Eso era concluyente. Una noche después de los ensayos me preguntó con su amabilidad habitual dónde vivía, él iba en la misma dirección, había que hacer grupo. Me negué a ensayar la escena de desnudo con Pepe delante y convencí a Patri para que se uniera a mi renuncia. Todavía no conocía a Patri y la trataba con distancias porque me parecía demasiado alocada, pero en esto hicimos piña. En lugar de ensayar el desnudo la tarde que nos correspondía llevé otra propuesta. Hamletada lo llamé para mis adentros. En ese fragmento Garibaldo regresa de América a su pueblo natal en Italia, un pueblo costero, es la posguerra mundial y su amor de juventud, Esperia, lo espera desde hace diez años en una casa de la playa. Esperia había sido novia de los hermanos de Garibaldo y Garibaldo acabó por gustarle también, y viceversa, inercias familiares de éstas de Tabucchi, pero Garibaldo y Esperia nunca han sido novios, ni se han besado ni se han acostado ni nada, pero se han estado escribiendo cartas de amor y reproches todos esos años. La violó dulcemente entre las redes y las sogas podridas. Adapté el texto a primera persona de manera que la voz del narrador coincidiera con la de Garibaldo, para que donde decía En cuanto Garibaldo regresó fue a desatar el pasado de Esperia, dijera En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Y para que donde decía La violó dulcemente dijera La violé dulcemente, y me propuse a mí misma como Esperia y a Pepe como Garibaldo, que aceptó encantado de que alguien lo incluyera en una de sus improvisaciones. En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Lo hice como me dictaba la naturaleza: con el ímpetu de una adolescencia incongruentemente reciente. Para llegar hasta la casa de la costa recorrí a pie el mismo camino que habían hecho mis hermanos todos los domingos. Era mayo y las retamas amarilleaban las dunas. Las redes, abandonadas en los cañizos y acostumbradas a la tierra, se habían convertido en vegetales; nacían en ellas campanillas rosadas, carnosas, que casi parecían ombligos. Esperia, cuando me vio en el umbral, comprendió para qué había vuelto, recitó Pepe engolando voz de Serrat, qué malo era, y nos pusimos de frente. La mano le chorreaba. Entonces cerró los ojos, se rio y se salió de la escena. Perdón, ay, lo siento, se excusó. Me he puesto nervioso, repetimos. Pues claro que se había puesto nervioso el hijo de puta. No pasa nada, Pepe, repetimos. Pausa para cogerme la mano, pauta por él introducida. Acto seguido hizo su pregunta de rigor: Por qué has elegido este texto. Yo continué con la milonga de las inercias familiares, satisfecha. Pepe dejó de acudir puntualmente a los ensayos hasta que dejó de venir, y nunca vimos su improvisación de Séneca. Pero qué hilo, si yo en mi vida he puesto por escrito los montajes, nos decía Sara que no se atrevía a decirle. Los abuelos de Walter eran alemanes establecidos en Brasil, donde sus padres y él habían nacido, y esta vez la pregunta que había que hacer estaba clarísima y la mentirijilla que nos iba a responder también: después de la guerra Alemania estaba destrozada, emigraron para buscarse la vida. No tuvo huevos de hacer de Hitler en Schweyk en la segunda guerra mundial, de Bertolt Brecht, cuando se lo propusimos en otra hamletada. El verdadero reencuentro Borja no recita el poema, lo dice. No lo dice coloquialmente, como si no le diera importancia a su contenido, pero tampoco imposta afectación a su significado. Tampoco lo larga como un autómata. Nuestra aspiración es reproducir en tanto que opuesto a recitar. Nuestra aspiración es que Borja no recite sino que reproduzca el poema, que lo reproduzca en el sentido biológico del término, aquél de la EGB de los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, o sea que no reproduce el poema sino que reproduce al poema. Borja es el semental que viene a fecundar al poema..

La madre mira a las alfombrillas debajo de sus pies, intentando escudriñar la respuesta entre las migas de pan y las pelusas; el padre finge preocuparse por algo que divisa desde la ventana. Tras varios minutos de silencio, miran los dos extrañados a Ataulfo.

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Pero la voz de Ataulfo se impone. Ea, míralo aquí. La canción suene a todo volumen, las maracas estallan sobre el salpicadero, sobre los asientos traseros, envolviéndolo todo de ondas hertzianas, con la violencia elegante de los compases latinos.

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Los padres se retuercen un poco sobre sus asientos, incapaces de permanecerse quietos, y miran de soslayo a Guillermo. Yo soy taxista. Un sitio que le gustó a Guillermo.

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Durante varias semanas vuelven al mismo paso de peatones, a la misma hora, cuando terminan las clases. Varias veces coinciden con la niña hasta que ella advierte la constante presencia del taxi a aquella hora, y un día se acerca. A los padres les sorprende el arrojo de su hijo. Os he visto algunas veces. Joanna, Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse principio, hace muchas preguntas.

Después de los primeros días Joanna deja de preguntarlo. Los dos tienen pocas nociones del sexo, aunque las suficientes. Algunas cosas que había escuchado Joanna en el colegio y otras que Guillermo le había podido sonsacar a Ataulfo. Todos menos Ataulfo: el taxista nunca ha manifestado sueño ni cansancio.

Nunca ha dejado de conducir.

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Así, escondido en la sombra de la noche, acompasando su ritmo al de los ronquidos de sus padres, Guillermo va introducién Hay una vez, solamente una, en la que el empeño de ellos es tan fuerte que a Guillermo se le olvida por completo sacarla cuando va a correrse. Nueve meses después ocurre de nuevo.

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Ella hace un gesto afirmativo con la cabeza, mostrando conformidad y gratitud ante el taxista, como si ni ella ni here de ellos supiesen de la naturaleza hipotética de esas palabras. Nacen dos criaturas, niño y niña, sobre las piernas de sus padres y la constante vigilia de sus abuelos y de Ataulfo al volante. El abuelo extiende el brazo y pellizca cariñosamente a Gloria en Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse moflete, luego posa la mano delicadamente encima de la de su mujer, que sigue llorando y ha cerrado los ojos.

Siento no haber aprendido a conducir. Intenta atrapar el instante de cada una de las figuras que emergen desde la luna trasera, su hijo, su nuera, y sus dos nietos, Gloria y Antonio.

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Luego mira a su mujer, todos estos años conmigo, piensa. Antes de que el taxi se pierda en la lejanía le da tiempo a observar su carrocería antigua y sus colores apagados y su letrero con la X fundida. Eso y que ha sacado el genio de su abuelo. click

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A ellos les encanta jugar a eso, se yerguen y acercan su oído al radiocasete. Empieza la canción y esta vez es Gloria, que ha empezado a desarrollar los pechos, la que la identifica primero. Ahora eran cinco otra vez. A Ataulfo no le quitarían la licencia.

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Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías y revistas literarias. Escribo con conciencia de estar realizando Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse labor creativa desde muy niña, desde que iba a la escuela, y por dos razones: porque me daba mucho placer y porque mis padres eran extremadamente estrictos con mis notas.

El lenguaje y el relato impuestos por el poder económico, cultural, político frente al lenguaje y al relato nacidos de mi experiencia y la de mis iguales, que ni tenemos ni queremos el poder. Esos no me han abandonado nunca. Me interesa la literatura que extrema las posibilidades del lenguaje y que desacraliza el hecho literario.

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Una literatura creativa con su materia prima: la lengua, entendiéndola como la institución de poder que es y de la que haríamos bien en emanciparnos.

El cómic, la poesía, el teatro y el ensayo son nuestros aliados.

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Tengo entre manos una pieza de danza llamada Catalina, de la cual soy intérprete y coreógrafa dentro de la compañía Iniciativa Sexual Femenina. Tengo unas compuertas instaladas en las sienes. Cierran en vertical, como las del metro, y me clausuran la cara. Así son, en efecto, las compuertas del metro. Aunque se pueda ver perfectamente lo que pasa al otro lado, son lo suficientemente altas y resbaladizas como para que no puedas ni saltarlas ni agacharte para pasar por debajo.

O eso o pagar el billete, claro. Hablo de estas mis compuertas y no lo hago en un sentido figurado. Qué retorcido, qué subliminal y qué rancio. Mis compuertas son visibles. Desde las sienes y hasta las quijadas se abren sendas ranuras por la que cada compuerta entra y sale.

Volvió a darle al play y se puso la primera delante del espejo para que la siguiéramos. Ejecuto los movimientos con un segundo o menos de This web page, tiempo que necesito para imitarla de reojo y recordar lo que viene después, pero los ejecuto intensa y redondamente, y eso me satisface y me hace sentir una buena bailarina.

Soy una buena bailarina. Contó cinco-seis-siete-ocho y arrancó, melena al viento por ella Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse Ya no bailo sino que balbuceo de mala gana.

No estoy deconstruyendo en series de movimientos el ovillo desmadejado que es la danza, no estoy agarrando el extremo del ovillo para no perderme en el laberinto de direcciones que es la danza.

Entre las siete u ocho alumnas hay un alumno. Es un hombre pero ante todo es un macho, un demostrador constante de su hombredad en un grupo formado por mujeres.

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Va vestido con descoloridos colorines, mal afeitado, con el pelo largo y la apelación a la comunidad y a la cultura siempre a punto. O sea, un fascista. Fascista Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse macho son para mí sinónimos. Sin embargo el macho hizo como que no las vio y, cuando terminó la coreografía de la que yo me había salido, se me Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse para indicarme en lo que me había equivocado y se ofreció a corregirme.

Sí sí, Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse ya, le respondí sin moverme del sitio. Source mía de mi vida, menos mal que las compuertas estaban cerradas y que la machedad llegaba amortiguada por mi total carencia de interés hacia el entorno.

Este es un claro ejemplo de No es que antesdeayer no pudiera seguir la coreografía, es que no quería seguirla, es que no me daba la gana bailar coordinadamente con siete desconocidas y un macho, no me daba la gana masturbar los sueños de coreógrafa de la bailarina que ha terminado de profesora en un centro cívico municipal y no me daba la gana fingir el nivel de una compañía profesional de danza cuando en realidad somos un grupo de nenas en una guardería para adultos, y esto de tener la voluntad de no hacer algo la gente no lo entiende.

Yo intenté mangarle a otra amiga una copa menstrual por su cumpleaños y es verdad que no encontré dónde, ni en El Corte Inglés, y que las farmacias dan reparo. Yo no sé qué coño tiene la píldora de emancipadora. Se trata de la salud de nuestras adolescentes, que no me entero. Pero si el sida no existe, Nati, qué dices.

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Ni el uno por ciento de la población. Pero es que yo no follo con españoles, Marga, porque son todos unos fascistas.

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Todo el mundo se quitó los calcetines menos yo, que tenía una ampolla en proceso de curación en el dedo gordo del pie derecho. La profesora repitió la disimulada orden. Era disimulada por dos motivos: prime Y segundo, era Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse porque no se dirigió a la otredad que en toda clase, sea de danza o de derecho administrativo, constituimos las alumnas con respecto a la profesora.

Si hubieran sido varias las personas con calcetines, la profesora habría comprendido que alguna causa, por minoritaria que fuera, las movía motivadamente a actuar de un modo distinto y habría tolerado la diferencia.

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Fresno St. Etiquetas: mullido, extremo, culo, perro, corgi, linda, kawaii, gracioso, adorable, bonito, que tengas un buen día, pata, espero que tu día sea tan agradable como mi trasero esponjoso, colillas de corgi, corgi a tope, fondo corgi, corgi culo, corgi mullido a tope, trasero esponjoso, trasero de perro, cita de culo esponjoso, kawaii corgi, lindo corgi, corgi gracioso, corgi kawaii, corgi lindo, xmorfina. Estoy seguro de que no viniste aquí para echarte novio. Era obvio que a esta chica nadie le había explicado la diferencia que existe entre ambas profesiones. Me miró muy confundida, como si de pronto me hubiera convertido en un absoluto extraño. Apuesto a que tienes mucho que decir. Nadie merece vivir en un gueto como en el que vivías con esa loca que te ha echado de casa. Esa voz que al escucharla desde la cama me sonó vulgar, ahora me estaba provocando una sensación diferente. Con los ojos abiertos, la voz tenía forma y temperatura, como si fuera algo que se pudiera recoger con las manos. Los artistas dependemos del tiempo como del aire. Los restaurantes de Nueva York son cementerios de talentos perdidos. Ahora pago cuatro mil de alquiler al mes —dio un golpe seco sobre la mesa, tras el que se puso de pie y se dio la vuelta, como si con eso lo hubiera dicho todo—. Se lo dije anoche. La mandó callar. Por lo visto no se refería a su profesión. Se tumbó en la cama, con las piernas bailoteando en el aire—. Me leyó parte del pasaje a ritmo lento, traduciendo las palabras con precaución. Y esta es la receta que utilizaron los grandes hombres y mujeres que no se conformaron con lo que hace la mayoría de las personas, seguir a la manada. Ellos y ellas lucharon sin tregua para materializar sus sueños. Lo que diferencia a estos seres de la multitud es que tuvieron el valor de comenzar y, una vez en marcha, no se rindieron ante nada. Le miré con una mezcla de admiración y pasmo. Nadie quiere una polla de veinticuatro si pueden tener una de veintitrés. Después de los veinticinco, olvídate. Demasiado tarde para empezar. Me quedé callado. Hay cantidad que estarían dispuestos a pagarte un alquiler en Midtown a cambio de que les des un poco de pena y mucho morbo. No todos pueden llegar hasta arriba. Zhenia no estaba dispuesto a perder el tiempo y yo ya lo había perdido demasiado. Sin embargo, él hablaba sobre prostitución y hacerse con una vivienda en Manhattan, mientras que yo pensaba en guiones de películas y forjarme una vida en torno a la escritura. Él hablaba sobre realidad y yo sobre ficción. Él me estaba dando argumentos para que me hiciera chapero y a mí me estaba sonando todo de maravilla. Precisamente estaba pensando en eso. Reconocí complicidad en su instinto de buscarse con la mirada, de reafirmarse en su subjetiva prudencia, de estar juntos en todo este tinglado de vida que se habían montado en las alturas de la Calle Nos empezamos a prostituir desde el momento en el que aceptamos las reglas de este mundo de mierda. Nosotros no vendemos armas ni drogas. Nos limitamos a ofrecer belleza y juventud. Y la otra mitad no lo ha hecho porque son feos. La oscuridad de sus ojos creaba en mí un efecto hipnótico. Al incorporarme, Mila me siguió hasta el recibidor. Cuando sentí la palma de su mano aterrizar sobre mi espalda, el corazón me dio un vuelco. Puede que no estemos en casa por la tarde. Había demasiada ciudad en esta parte de la ciudad. Resultaba insoportable. Me detuve en la esquina de la Quinta Avenida con la Calle 12 y observé la cima del torreón gótico compuesto por columnas que trepaban la fachada hasta acabar en punta. Había llegado tarde y sudando a mares, pero al fin había llegado a un lugar seguro. Me calmé tan pronto di el primer paso por el camino de piedra que daba acceso a la iglesia presbiteriana del Village. Si no le importa, acceda al mezanine por estas escaleras. Era capaz de reconocer los rizos de Fabio entre millares de peinados, especialmente en un entorno donde predominaban canas y calvicies. A pesar de su reciente afición a leer la Biblia, estaba claro que los rizos tropicales de mi ex novio no habían acudido a la iglesia este domingo por la mañana. El órgano se estrenó con tres notas graves y un tremendo coro formado por al menos veinticinco personas irrumpió de la nada. Pero Fabio no estaba y hacía años que Dios tampoco. Utilicé la tapa dura de una Biblia como soporte donde apoyar el sobre que tenía en la mano. Mis palabras estaban deseosas por lanzarse de bruces contra el papel. Hay una avioneta suspendida en el cielo. Ni sube ni baja, ni va ni viene. Se queda en el mismo lugar, como clavada con chincheta. Una de las pocas personas que estaban conmigo en la nave lateral se acercó a mí por la espalda y me tocó el hombro. Me giré, ansioso por volver cuanto antes al papel. Un negro cuadrado como un armario me ofrecía su mano para que la estrechara. En cuanto dejó mi mano libre, la volví a utilizar para llenar el sobre de palabras. Dentro de la avioneta hay un piloto y dos aventureros. Digo aventureros porque se retaron a hacer paracaidismo y han llegado a un punto sin retorno. El piloto lleva minutos aguardando el salto. Ambos se colocan cerca del borde. A decir verdad nunca se les ha visto tan histéricos. Son pareja. Uno de ellos soy yo, por cierto. El de la derecha o el de la izquierda. No hay forma de saberlo. Incluso en la inmensidad del cielo eligen estar juntos. Se ríen de sus bocas infladas por el aire. Se miran. Se cogen de las manos. Palomas de la paz. Pavos Pura vida. Libertad y diversión. Pero ahora fíjate bien… se creen que vuelan y no vuelan, en realidad caen. Un suelo de cemento, piedra y cristal se aproxima. El gozo se desvanece en un instante y ahora tienen que preparar el aterrizaje. Deberían separar las manos y espabilarse. No tienen opción: las separan y se espabilan. Cada mochila contiene dos paracaídas. Las anillas pegadas a la pechera del arnés son las que abren el paracaídas principal. También cuentan con uno de emergencias, por si las moscas. Ese se activa con las anillas ubicadas cerca de las axilas. Se tira de ellas, el paracaídas sale de la mochila y se infla. Eso es todo. Uno de ellos —de nosotros, él o yo—se ha quedado colapsado. El individuo del paracaídas averiado se lanza sobre la espalda del otro. Lo abraza fuerte. El individuo del paracaídas no averiado no entiende nada y tan solo trata de quitarse al otro de encima. Con su pareja pegada a la espalda no puede desplegar sus paracaídas. Imposible esquivar el golpe. Distinguen los colores y las formas de las piedras. Arrugué el sobre y lo escondí en el bolsillo de mi pantalón. Le había visto. Era él. Como si le hubiese invocado con mis palabras. A pesar de que estaba a escaso medio metro de mí, todavía no me había visto. Yo había corrido despavorido desde la Calle 58 hasta la 12 para encontrarme con él, pero ahora que lo tenía enfrente solo pensaba en esconderme. Nací en Castellar del Vallés, un pueblo pequeño no muy lejos de Barcelona, en plenos años ochenta. Crecí con ganas de viajar y leer y, como ya leía todo lo que me caía en las manos, me puse a estudiar Traducción e Interpretación, lo que me permitió pasar un año en Copenhague y otro en Taipéi. Al terminar la universidad, me fui a vivir a Barcelona, en un sexto sin ascensor con una terraza inmensa desde la que se veía una pulgada de mar. No lo recuerdo, creo que siempre he ido escribiendo, desde que era pequeña. Sí que recuerdo que una de las primeras cosas que escribí, a mano y en unas hojas cuadriculadas horribles, fueron las historias que me contaba mi abuela. No estoy nada al día ni de las novedades ni de las tendencias. Hay tantas cosas buenas por leer, ya sea de hace un año o de hace quinientos, que siento que no voy a tener tiempo para leerlo todo. Como es una sensación tan desagradable, simplemente me dejo llevar y escojo lo que me gusta, ya sea por el autor, en libro en sí o incluso la edición. Siempre voy escribiendo cuentos, pero no tengo nada definitivo entre manos. Era invierno, un día despejado. Desde el asiento del copiloto, lo vi hurgar en el motor y mancharse la camisa de grasa. Después, cogió una manguera y roció el camión. Le había puesto nombre, como si fuese un barco, unos adhesivos con letras azules muy gastadas en la parte interior de su puerta. El suelo estaba descuidado, había manchas de césped despeinado y marrón. Conducía con los ojos clavados en la autopista y apretaba el volante. El sol se ponía y los campos y las colinas se volvieron de color lila. Los faros del camión iluminaban la carretera y los coches que nos adelantaban. Uno llevaba la luz interior encendida. Una mujer miraba un mapa, lo tenía extendido y ocupaba casi todo el parabrisas. Recorría la ruta con el dedo Solo los vi un momento, luego el coche apagó la luz y aceleró. Atravesamos el aparcamiento, los camiones y la gente que gritaba hacia las luces de colores del restaurante. Charlaron un buen rato y yo rellené el crucigrama de un periódico que alguien se había olvidado. Le daban golpecitos en la espalda. Me preguntaron si era su hija y les dije que sí y les estreché la mano. Preparamos el camión para dormir. Se marchó dando un portazo y oí cómo se alejaba. Subí a la litera de arriba y me tapé con la manta. Oía voces roncas, rugidos, chirridos, bocinas. Un olor intenso a gasolina. No podía parar de moverme. Daba vueltas, me ponía bocarriba, me agarraba las rodillas. La manta picaba. La saqué de la cama de una patada. Hacía mucho calor. Fui todo el día con el brazo sacado por la ventanilla, haciendo olas con el viento caliente y furioso de la autopista y me quemé. Me dijo que con el brazo quemado ya era una camionera de verdad y nos echamos a reír. Hacía un poco de frío. Cogí la manta del suelo y vi que había un insecto en el techo. Colgaba cabeza abajo y movía las alas. Se puso a volar y a zumbar durante mucho rato. Pensé que a lo mejor se había escondido en el camión en verano y que, si salía, con el frío que hacía, se moriría. Cerré las ventanas. Me despertó el olor a café caliente y el motor encendiéndose. Abrí un ojo y lo vi por la abertura de la cortina, bebía de un termo que humeaba y que empañó el parabrisas, como un aliento. Me incorporé y descorrí la cortina. Atravesamos los campos inmensos y, después, llegamos a los fríos bosques del norte. Dejamos la autopista y cogimos una carretera estrecha y ondulante. Todo el día nos acompañó una luz opaca, como si siempre fuera por la tarde, hasta que el cielo oscureció de golpe. Llovía cuando atravesamos la frontera. La lluvia tamborileaba en el techo y un viento helado entraba por la ventana abierta y movía la cortina. Me tapé bien con la manta y, cuando me desperté, ya volvíamos a estar otra vez en movimiento. Paramos en una gasolinera y desayunamos. Terminé de desayunar y me quedé sentada, sin saber qué hacer. Salté del camión y me mojé los zapatos y los bajos del pantalón en un charco. El agua estaba fría y sucia, embarrada, y la lluvia se deslizaba por la capucha y me mojaba la nariz y el flequillo. Debíamos estar cerca de la frontera, porque había muchos camiones de países diferentes. Me parecieron bestias dormidas y me paseé entre ellos de puntillas. Miré las matrículas y las cabinas. La mayoría estaban vacías, pero en algunas el conductor dormía o leía papeles o fumaba. Me paseé un buen rato, me tumbé bocabajo en el césped y saqué la cabeza por el borde. La blancura de la niebla cegaba. Era tan espesa que podría haberla arrancado como un trozo de algodón. Me tocó la cara y cerré los ojos un rato. Me acariciaba como una mano fresca en la frente una noche de fiebre. Pasé cerca de la caseta, donde había un corrillo de camioneros que se protegían de la lluvia bajo el techo de chapa. Me detuve donde estaba y le dije que sí. Soy Aitor. Coincido mucho con tu padre en las rutas. Eras una niña muy espabilada. He oído que vas a hacerle compañía unos días. Oía truenos en la lejanía. Eché a correr. Me costó mucho encontrar el camión entre la niebla. Por fin vi su morro blanco y brillante. Asintió y encendió la calefacción. Me quité el impermeable y nos volvimos a poner en marcha cuando me hube cambiado de ropa. Por el retrovisor, vi que el camionero-león nos adelantaba. Parecía que el bosque no se acababa nunca. De vez en cuando, Nos detuvimos en la gasolinera de un pueblo pequeño. Nos encontramos a Aitor, que fumaba apoyado en su camión. Cenamos en el bar que había junto a la gasolinera. Empezó a nevar cuando nos trajeron la sopa y en el segundo plato la nieve se amontonaba en la ventana. El camarero nos advirtió de que posiblemente por la noche helaría. Cruzaría el bosque aquella misma noche y al día siguiente dormiría en una fonda que había al otro lado, donde lo conocían. Se fue sin tomar el postre. Le dije que sí. Los faros del camión iluminaban la carretera y los copos de nieve, que volaban empujados por el viento como si fuesen ceniza. Costaba ver el camino. De vez en cuando, le daba un trago al termo, el café extendía su calor por toda la cabina. Me pregunté si acostumbraba a recorrer este camino, iluminado solo por los faros a medianoche, desvelado por el café y con los ojos enrojecidos por el cansancio. Puede que alguna noche, pensé mientras agarraba el cinturón y oía al camión que rugía como una motora en un lago oscuro, se detuviera para dormir, creyendo que no nevaría, y se despertara cubierto de nieve, el camión sepultado y la carga congelada. La otra El bosque resplandecía con la luz de los faros y la nieve caía silenciosa como nosotros, como el resto del mundo. Solo vi la rosa un momento, roja como una brasa en medio de la carretera. Pasamos por encima y se hundió en la nieve. Me cubrí la cabeza con las manos y el cinturón me dio un tirón en el pecho que me dejó sin aliento. Oía el motor, el viento y una voz asustada, aguda y rota. La voz me empujó a salir. El viento me entumeció la cara y me hizo entornar los ojos. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Al empezar la presentación José María Merino informó que Ana María Moix no había podido venir por problemas de salud, transmitía sus excusas desde Barcelona y le deseaba mejoría. Juan reparó en mí cuando ya estaba sentado y sonrió y redondeó los ojos de sorpresa. No esperaba encontrarme. Quien se lo había leído era Ana María. Pero a mí la poesía me abandonó muy joven. Yo defiendo que la poesía no es un género, es una esencia. Para mí la escritura de un cuento es, imagínate, ir de un extremo al otro de esta mesa diligentemente, sin entretenerme en lo que pudiera ir apareciendo en el camino: la botella de agua, el vaso, el micrófono, tu libro… Obviar todo eso y seguir adelante, que es lo contrario que hace uno en una novela. Entonces yo ingenio la venganza de pegar una grabadora a la pared y registrar el llanto del bebé para, dentro de cinco años, ponérselo a los padres todas las noches. Por acostumbrarme me he acostumbrado hasta a los placebos. Dogy y yo nos levantamos y educadamente salimos de la fila para irnos. Cuando estamos en el pasillo central nos acercamos a la mesa como para hacerles una foto a los intervinientes con el móvil. Entonces, sin correr pero sin vacilar para que ni Bonilla ni Merino pregunten ni a los guardias jurado les dé tiempo a llegar, subimos a la tarima. En lo que tardan en llegar los seguratas ya nos hemos sentado a horcajadas y a Merino se le van las manos tímidamente a la espalda de Dogy y a Bonilla no se le van ningunas manos pero se ríe dentro del beso, nos reímos los dos. Entonces y sin transición se apagan todos los focos, de manera que toda la iluminación de la escena es la de la pantalla de televisión. De todas formas la imagen no es lo importante. Lo importante es el audio, que no es el propio de la televisión sino que sale en estéreo por el equipo de sonido del teatro. En esa oscuridad salimos de escena Ahmed y yo, que no nos hemos movido de nuestro rincón en los sesenta minutos que llevamos. Se queda Ana combatiendo y cantando a oscuras. Sobre esas muertes pesa el silencio informativo pero también el de las propias familias, que arrastran muchas veces sentimientos de culpa o de rabia. Es la muerte ignorada. Y si no hablamos, entonces, no vemos la tremenda realidad. Por cada persona que se mata hay treinta que lo intentan. Hay unas causas biológicas innegables, o sea, algo pasa en nuestro cerebro que ya no siente la vida. En el caso de un suicidio cercano la pregunta que siempre queda es por qué. Rabia, culpabilidad, tristeza, duelo. Con consecuencias. A veces lo clavamos y terminamos a la par que el audio. Terminados el reportaje y la canción, el estéreo del teatro se desactiva y el telediario sigue avanzando pero con el sonido integrado de la tele. Los saltos son lo de menos. Los mangos no se agarran con tensión, sólo se sostienen en la mano. Los codos deben estar dulces, amortiguadores. Así los saltos salen silbados, de puntillas. Las agujetas las acabas teniendo en la parte de arriba de los brazos, bíceps, tríceps y deltoides. Entonces entendimos por qué los boxeadores se ejercitaban a la comba. La curva del olvido ilustra la pérdida de retentiva con el tiempo. La velocidad con la que olvidamos depende de varios factores, como por ejemplo, de la carga emocional de un recuerdo. El primer recuerdo que tengo de una casa no es la casa de mis padres; es la casa de la hermana de mi madre. Es una casa grande, con tres habitaciones, un pasillo largo y oscuro, un cuarto de baño con baldosas verdes, una cocina a la que no entro por el temor que me infunde su horno y un enorme salón rectangular con un tigre de porcelana encima de una mesa de cristal. Es un día de verano. Hace calor y todos visten camisetas de manga corta. Mis tíos también. Gateo entre los pies de mis padres. Una silla se mueve y aparecen unas piernas; son las piernas de mi prima. Lleva un pantalón de pijama remangado y puedo verle los tobillos. Su piel es rosada. Sin saber muy bien por qué, me siento atraído hacia su cuerpo, hacia sus rosados tobillos. Despacio, me separo de las piernas de mis padres y me coloco junto a las de mi prima. Las miro en silencio durante un largo rato y después alargo el dedo índice y lo poso delicadamente sobre su tobillo desnudo. Mi prima se asusta al notar el contacto. Yo tampoco. Estoy tumbado en la cama. Es domingo. Suena mi teléfono móvil. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Es un amigo. Me dice que otro amigo ha sufrido un accidente. Un coche le arrolló cuando iba en su moto de camino a casa. Cincuenta y cinco minutos y medio depósito después, consigo encontrarlo. Estaciono en el aparcamiento que hay junto al edificio de urgencias. Camino por un pasillo. Todo es blanco. Llego a la sala de espera. Todos se levantan al verme. Su madre se sienta a mi lado. Doy un sorbo al café. Ella hace lo mismo. Intento que mi frase resulte agradable, en cierto modo incluso esperanzadora, pero no lo consigo. Su madre me mira con desprecio y se levanta. Ahora estoy solo. No hay nadie sentado a mi lado. Frente a mí hay un anciano con un pequeño transistor sobre las rodillas. Escucha el partido de octavos de final del mundial de Corea y Japón. Juega España contra una de las dos Irlandas, o contra las dos a la vez, no lo sé. Gana España. El hombre apaga la radio. Miro hacia el lugar en el que se encuentran mis amigos. Hablan entre ellos, pero no consigo escuchar lo que dicen. Anoche, horas antes del accidente, habían quedado para cenar todos juntos. Por ese motivo, y aunque no tenga una base demasiado sólida, me siento culpable. Todos se giran y me miran, pero nadie habla. Él se dio a la fuga. Después de preguntar por el responsable del atropello no vuelvo a hablar en todo el día. Mi sentimiento de culpa sigue creciendo. A las tres menos cuarto una señora obesa se sirve un café y se sienta a mi lado. Me despido de todo el mundo a las seis y treinta y nueve minutos. Les digo que mañana volveré después del trabajo. No me creen. Me miran como si fuera un criminal. He de atravesar un largo pasillo hasta la puerta principal. Camino hasta el aparcamiento. Paso alrededor de diez minutos recorriéndolo de un lado a otro. No encuentro mi coche. De repente me paro en seco y descubro que, pese a tener un Citroën de segunda mano, he estado buscando un Alfa Romeo desde que he entrado en el aparcamiento. El caso es que él se baja de su nave armado con una raqueta de madera, que simula un sofisticado rifle de asalto capaz de lanzar rayos ultrasónicos, e intenta invadir mi planeta, para hacerse con el control de mi televisión alienígena y mi noticiario alienígena. Para defenderme de su ataque, dispongo de otra raqueta de madera. Obviamente, mi raqueta también simula una destructiva arma de combate. Comienza la pelea. Consigo esquivar el golpe, pero al hacerlo pierdo el equilibrio y caigo al suelo, no sin antes golpearme en la sien con la cómoda de la habitación. Comienzo a sangrar. Mi cara se mancha de sangre. Mi camiseta también. Hasta el suelo se mancha de sangre. Mi hermano se asusta. Me mira y en sus ojos puedo ver que tiene miedo y que no sabe cómo actuar. Llaman a la puerta. Mi hermano coge las raquetas y las esconde debajo de la cama. Después abre la puerta. Mi madre, al verme, comienza a gritar histérica y se arrodilla para poder agarrarme por los hombros. Me sujeta con fuerza y después me estrecha entre sus brazos. Me miran fijamente, como si nunca antes me hubieran tenido delante. Asiento con la cabeza. Contemplo de reojo a mi hermano. No soy un chivato. Mi padre y yo caminamos por la calle rumbo al videoclub. Vamos a alquilar una película. Llegamos y comienzo a caminar por los pasillos. Hay cientos de películas, no sé por cual decidirme. Una señora se acerca despacio a mi espalda y me toca ligeramente el hombro. Me giro. Me toco con la yema de los dedos y después los miro. Busco a mi padre por todo el videoclub. No le encuentro. Noto la sangre recorriendo mi rostro hasta llegar al mentón. Estoy nervioso. Lleva un pañuelo en la mano. Me limpia la sangre y sonríe. Yo también sonrío. Alquilamos Rocky IV, aunque ya la he visto media docena de veces, y regresamos a casa caminando. La película no me gusta demasiado. Pero me encanta la parte del entrenamiento, no la primera parte, en la que entrena sin ganas, como si supiera que no tiene posibilidades de ganar el combate, sino la otra, las que comienza con un plano cerrado de sus zapatillas saltando a la comba al ritmo de la canción Hearts on fire. Me gusta el plano. Muy cerrado. Ni siquiera puede verse la cuerda. Pasa tan deprisa que solamente puede escucharse. Sus pies se mueven a mayor velocidad y a su alrededor comienza a formarse una pequeña nube de polvo. El polvo que levanta al pisar el suelo de madera con las zapatillas. Son unas zapatillas negras. Unas de esas zapatillas que llevan los boxeadores. Yo ya he visto le película. Comienzo a pensar que tal vez hayan cambiado el final. Los entrenadores del boxeador ruso, todos vestidos de un llamativo rojo, celebran el inicio del combate. Cuando llegan al sexto asalto yo ya estoy convencido. No hay duda. Yo no entiendo nada de lo que dice. Cuando comienzan a aparecer los títulos de crédito mi padre detiene la proyección, saca la película del reproductor VHS y yo me marcho a la cama. Salgo al jardín y me siento. Es de noche y, aunque hay una bombilla encendida sobre la mesa del porche, apenas puede verse. La casa no es mía, es simplemente un lugar en el que estoy pasando las vacaciones, así que no puedo cambiarla por otra de mayor voltaje. Veo entre las sombras algo que se mueve y me asusto. Comienzo a pensar que no ha sido buena idea salir a escribir a medianoche. De entre la oscuridad aparece una gata. Camina titubeante hacia mí. Empieza a ronronear. Lo coloco todo con cuidado en una hoja del cuaderno y lo dejo en el suelo. Tarda menos de un minuto en devorarlo. Cuando termina de relamerse, se sube de un salto al banco en el que estoy sentado y me mira. Intento escribir pero no lo consigo, levanto la vista para observarla cada dos segundos. Se tumba junto a mi mano. Es como si temiera que al cerrar los ojos volviera a quedarse sola, del mismo modo en el que estaba un instante antes de que yo saliera al porche. Finalmente el sueño gana la batalla y cierra los ojos despacio, sin parar de ronronear. La miro en silencio durante unos segundos, después recojo el cuaderno y el bolígrafo, me levanto y vuelvo dentro. Es de noche y hace calor. Mucho calor. Estoy tumbado boca abajo, con los ojos cerrados, pero no estoy dormido. Mi padre se acerca despacio al umbral de la puerta de mi habitación; puedo escuchar sus pisadas. Camina despacio hasta la cabecera de mi cama y me zarandea con delicadeza. Me giro y le miro. Yo también lo hago. Después observo de pasada el reloj de la mesilla de noche: son las de la madrugada. Llegamos al salón. Miramos fijamente el televisor. Cuando ha salido del vestuario, con la cabeza tapada por la capucha del batín, en los altavoces del recinto en el que se celebra el combate ha comenzado a sonar Gonna fly, el tema principal de la banda sonora de la película Rocky. Parece que mientras lo hagan estén aguantando la respiración. Como si el acto de respirar pudiera mostrarle una debilidad al rival. Regresan a sus esquinas y tragan todo el oxígeno que han dejado de inhalar durante el cruce de miradas. Suena la campana que da inicio al primer asalto y ambos se dirigen nuevamente al centro del ring para comenzar la pelea. Inicia sesión. Todas las fundas de móvil Fundas para iPhone Samsung Galaxy. Toda la ropa para niños Bodies para bebé Camisetas para bebé Camisetas para niños Sudaderas con capucha para bebé Sudaderas con capucha para niños. Todos los productos de papelería Cuadernos de espiral Cuadernos de tapa dura Estuches Postales Tarjetas de felicitación. 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Una causa minoritaria de insumisión puede llegar a ser respetable. Una causa individual, no. Todo el mundo miró los desnudos pies de los otros. Soy miope y para bailar me tengo que quitar las gafas, por eso no puedo afirmar a ciencia cierta que todas las miradas se concentraran en mis pies vestidos.

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Tras las dos disimuladas órdenes fallidas, la profesora sueca Tina Johanes llegó a la conclusión de que yo, aparte de miope, debía de ser sorda o no hispanoparlante.

Ya ni pirueta ni nada. A la mierda el espejismo de estar aprendiendo a bailar. A la mierda los cuatro euros la hora en que se me quedan las clases con el descuento para parados. Cuatro euros que podría haberme gastado en ir y volver en tren de la sala de ensayo de la Universidad Autónoma, donde bailo sola, mambo, desnuda, mal. Cuatro euros que me podía estar gastando en cuatro birras en la terraza Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse un chino, cuatro euros que inaugurarían una fiesta o que me lanzarían mortalmente en la cama sin espacio para pensar en Sexy atlético adolescente culo COÑO agacharse muerte.

Sexwithmaturewomen Only The Best Popular Movies, View Now!. Romentek Xxx. Treinta y nueve minutos después del despegue comienzan las turbulencias. El avión sube y baja como si fuera una atracción de feria, y ante la primera embestida todos sonreímos, algunos niños incluso aplauden. Siete minutos después, justo el instante posterior a que el piloto nos indique por megafonía que no consigue estabilizar el aparato, ya nadie sonríe. Marina me agarra con fuerza de la mano. La miro pero no sé qué decir. Ella también se queda callada. Un tipo de unos cincuenta años, canoso y con un frondoso bigote, se levanta y se enciende un cigarrillo. Marina apoya su cabeza en mi hombro y me dice que me quiere, le digo que yo también y cierro los ojos. Durante unos segundos no habla nadie. El avión queda completamente en silencio. De repente las turbulencias cesan y el avión se estabiliza. Abro los ojos y me parece como si todo hubiera sido un sueño. Y aunque todos los pasajeros celebramos con entusiasmo la noticia, en nuestro interior nos lamentamos al sentir que nunca dispondremos de una ocasión tan idónea para morir. Llamamos a la puerta y esperamos alrededor de cinco segundos. Abre una chica alta y atractiva. Tiene los ojos claros y unos ajustados pantalones negros. Se da la vuelta y comienza a caminar por un estrecho pasillo. Pasamos por delante de diferentes puertas cerradas. En los espacios en los que no hay ninguna puerta hay cuadros. Los personajes de los cuadros son santos, o curas, o cualquier otra cosa relacionada con la religión católica. La cafetería es grande, cuadrada y oscura. Hay cerca de una veintena de personas dentro. Mientras esperan, algunos alumnos suben al escenario y recitan poesía ——nos explica la chica que nos ha llevado hasta allí. Después de decir aquello se marcha y nos quedamos Marina y yo en medio de la estancia. Vemos dos sillas vacías junto a una mesa y nos sentamos. A nuestra izquierda hay un chico con el pelo rizado y una camiseta amarilla con dos gaviotas dibujadas y una leyenda escrita: PP. Se queda un segundo en silencio, como pensativo. Sube al escenario un chico de unos veinte años con un brazo escayolado. Recita un poema de Lorca que habla de una chica que lava pañales de algodón bajo un naranjo y que tiene los ojos verdes y la voz violeta. Cuando se baja del escenario, todos los que no hemos subido le aplaudimos y yo intento recordar todas las voces que he escuchado en mi vida, y pienso que ninguna de ellas me ha parecido violeta. Frente a la tarima que se usa como escenario hay una mesa alargada. En ella se encuentran los miembros del jurado y también la chica que nos ha abierto la puerta. Ella es quién presenta la gala; cada vez que anuncia un nuevo premio se levanta de la silla y sube al escenario usando unas pequeñas escaleras de madera que hay tras una cortina. Cada vez que se levanta puedo verle la ropa interior. Sus bragas son de un color violeta, como la voz de la chica del poema de Lorca. El premio de poesía lo gana una chica gorda y fea que viene acompañada de su novio, que es tan gordo y tan feo como ella. Sube al escenario, recoge el premio y lee su obra; es un poema eterno que habla de su relación con su actual pareja y de lo angustiosa que fue su anterior relación. También cuenta lo mucho que sufrió cuando era una niña porque todo el mundo le decía que era gorda y fea. Después de la categoría de poesía, entregan los premios de narrativa y narrativa de ficción. Mi premio me lo entrega la jefa de estudios del centro. Es una chica bastante joven, con el pelo rizado y unas gafas de pasta negra. Se levanta para recibirme, sube conmigo al escenario, me da un beso en cada mejilla y me entrega un diploma. A ella no se le ve la ropa interior. Asiento con la cabeza y me dirijo hacia allí. Me detengo frente al micrófono e intento mirar hacia el lugar en el que se encuentra Marina, pero hay un enorme foco encendido sobre mi cabeza y no puedo ver nada. Después me doy la vuelta y regreso con la jefa de estudios. Me giro y miro nuevamente el atril. El foco sigue encendido justo encima. Y me mira como si estuviera pensando: pues para ser escritor no se te da demasiado bien hablar. Bajo del escenario y regreso a mi sitio. El primer premio de narrativa lo recoge otra chica. Cuenta que cuando estaba preparando la selectividad sus padres se pasaban el día entero discutiendo, porque él quería que su hija estudiase económicas, para que de ese modo acabara trabajando en un banco, como él; y en cambio, su madre, quería que estudiase magisterio para que pudiera acabar dando clase en un colegio, como había hecho ella. Hay tortilla, croquetas y empanada. Al salir, sobre la mesa de la recepción, hay amontonados unos libros gratuitos. Marina coge uno. Es un pequeño folleto en el que pueden leerse los poemas y relatos ganadores en la pasada edición. Levanta la vista del papel y nos mira. Subimos a la calle y caminamos hacia el coche. Miramos el folleto que nos hemos llevado, parece publicidad de un centro depilatorio. Y antes de subirnos al coche, tiramos el ejemplar en una papelera que hay junto a una señal de STOP. Mis hermanos y yo estamos sentados junto a la chaqueta que mi padre acaba de dejar. A la mañana siguiente, cuando me despierto, les descubro a todos en el salón. Parecen nerviosos. Yo nunca he estado en la playa, así que recibo la notica con entusiasmo. Subimos al coche y nos ponemos los cinturones de seguridad. Mi padre conduce. Mi madre va sentada en el asiento del copiloto. No tenemos dinero, no podemos permitírnoslo. Escuchamos un rugido. Es el motor del viejo Ford poniéndose en marcha. El coche comienza a moverse. No paro de mirar por la ventanilla durante todo el viaje. Como si nada pudiera seguirnos. Como si nada pudiera alcanzarnos. Veo el mar a lo lejos. Es inmenso. Abarca hasta donde alcanza la vista. Es justo como me había imaginado, como en las películas. Llegamos a un aparcamiento que hay junto a la costa. Mi padre estaciona entre un Renault verde y un Opel Vectra blanco. Mis hermanos y yo abrimos las puertas traseras y salimos corriendo hacia la playa como si nos fuera la vida en ello; como si fuéramos tres peces que necesitaran entrar en el agua para poder respirar. Me siento libre al hacerlo, como si en lugar de dejar caer una camiseta y un pantalón, me estuviera despojando de una pesada armadura. Cuando el sol comienza a ponerse salimos del agua y vamos hacia el lugar en el que se encuentran mis padres. Han estado allí todo el día, sin meterse ni una sola vez en el agua. Mi madre saca unas toallas de una mochila que tiene junto a sus rodillas. Nos secamos y nos sentamos junto a ellos. Descubro una pequeña herida en el dedo pulgar de mi mano izquierda. Un corte casi insignificante por el que mana un pequeño hilo de sangre. Me llevo el dedo a la boca para taponar la herida con la lengua y descubro que mi piel tiene un extraño sabor, un sabor que nunca antes ha tenido. Sabe a salitre. Tenemos que volver a casa. Queremos volver al agua. Mi madre no dice nada. Mi padre se levanta, se sacude la arena del pantalón y comienza a caminar hacia el coche. Mi padre se detiene a repostar. Baja del coche y llena el depósito. Regresa y nos mira. Mis hermanos duermen. Mi madre también. Yo estoy despierto. Junto a nosotros hay otro coche. Dentro hay un matrimonio joven y un niño de unos diez años. Ella dice algo, desde el interior del viejo Ford no podemos escuchar lo que ha dicho, pero ha debido ser algo gracioso porque el hombre y el niño sonríen; realmente ríen, ríen a carcajadas. Mi padre gira la llave para arrancar el motor; éste hace un ruido agónico, como el de un anciano al que le cuesta respirar, pero el coche no consigue ponerse en marcha. Mi madre se despierta y nos mira. Nos pregunta que si ocurre algo, pero ni mi padre ni yo le respondemos. Él sigue intentando poner el motor en marcha, yo, mientras tanto, le observo detenidamente. Mi madre nos vuelve a preguntar. Nuevamente nadie le contesta. Todos nos quedamos en silencio. Subimos al coche y arranco el motor. Parece toser antes de funcionar con normalidad. Juega con las emisoras de radio, las cambia constantemente sin dejarlas tiempo para poder escucharlas. Sabe que yo odio que lo haga. Me mira furiosa. Después apaga el receptor. Ya estuvimos en Navidad. Durante un par de segundos no decimos nada. Llegamos y aparco el coche frente a la entrada. Llamamos a la puerta y esperamos. Marina tiene en sus manos una botella de vino blanco. La puerta se abre y vemos a mi hermana al otro lado. Agarra su larga melena rizada con un improvisado moño. Nos abraza y nos besa de forma conjunta. Cenamos pollo cubierto por una oscura y espesa salsa con un lejano sabor a champiñón; trucha ahumada y flan casero. Mi hermana y Mario no paran de hablar ni un momento. Hablan del trabajo, de su programa preferido, de la cajera del supermercado, del extraño sabor de la salsa Marina no abre la boca en toda la cena. Mi hermana se levanta y sale del salón rumbo a la habitación. El pequeño nos mira extrañado pero no dice nada. Mi hermana se sienta junto a la mesa y acomoda al pequeño Jorge en su regazo. Después comienza a mojar pequeños trozos de pan en la salsa del pollo y se los da de comer. Durante un rato no habla nadie, todos miramos como moja el pan en la salsa y después se lo da al niño, los labios del pequeño comienzan a brillar por los restos de grasa. De repente vomita. Mario se levanta y se dirige a la cocina; regresa con un trapo en una mano y una lata de cerveza en la otra. Deja el trapo sobre la mesa y vuelve a sentarse. El partido ha terminado. Ahora mira un programa en el que una joven pareja intenta adivinar una película cuyo título aparece desordenado en la pantalla. Desgraciadamente la joven pareja no puede escucharle desde el plató. Mi hermana limpia la cara del pequeño Jorge de forma tosca y, una vez que ha terminado, vuelve a mojar pan en el plato. Al intentar metérselo en la boca, el niño comienza a llorar mientras intenta esquivar la mano de su madre. Alguien voló sobre el nido del cuco ——repite por tercera vez. Mi hermana se levanta y lleva al niño a la habitación. Aparece otro título desordenado en la pantalla. Esta vez se trata de una canción. Mario no dice nada. Los concursantes del programa tampoco. Nadie sabe la respuesta correcta. Mi hermana regresa y se coloca bajo el umbral de la puerta. Nuevamente los participantes del concurso no le pueden oír. El presentador tampoco. Se gira y nos mira. Y acto seguido apaga el televisor. Nos acompañan hasta la puerta. Miro por el retrovisor y les veo a los dos de pie, junto a la puerta, despidiéndonos sonrientes. El coche no para de dar pequeños botes, mientras yo hago todo lo posible por mantenerlo en el carril adecuado. No me gusta el sonido que hace el motor. Marina no dice nada. Conecta la radio, juega un par de minutos con las emisoras y después la apaga. Parece nerviosa. La miro e intento contestar. Pero no se me ocurre nada; así que esta vez soy yo el que enciende la radio. Marina y yo salimos del hotel y caminamos por las empinadas calles de Lisboa. Las piedras son muy pequeñas, del tamaño de una moneda de dos euros. Nos subimos a un tranvía, uno de esos viejos que aparecen en las postales, y nos sentamos junto a la ventana. Hay un tipo frente a nosotros. Buen trasero, hermano Póster De androscopedmen. Buen juego Póster De HighCiti. Etiquetas: botín, extremo, culo, curvey, curvas, gran botín, buen trasero, bonito botín, buen culo, chica curvey, chicas curvey, gracioso, linda, niña bonita, diseño de niña. Arrastrando un diseño de carro Póster De 4d6creations. Etiquetas: agradable como mi trasero, buen día, día, hola, culo, córneo, mega, joder, hijo de puta, jodido. Etiquetas: oye, buenos días, buen trasero, creo en ti, buenos días preciosa, buenos dias sol, lindo día, sé la luz, se amable, encuentra lo bueno, ser un buen humano. Hola buenos días, creo en ti, lindo trasero Póster De Dan Brady. Etiquetas: erotico, cartel de chica caliente, cartel de chica pinup, chica fetiche sexy, conejito malo, conejito sexy, buen trasero. 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Un suelo de cemento, piedra y cristal se aproxima. El gozo se desvanece en un instante y ahora tienen que preparar el aterrizaje. Deberían separar las manos y espabilarse. No tienen opción: las separan y se espabilan. Cada mochila contiene dos paracaídas. Las anillas pegadas a la pechera del arnés son las que abren el paracaídas principal. También cuentan con uno de emergencias, por si las moscas. Ese se activa con las anillas ubicadas cerca de las axilas. Se tira de ellas, el paracaídas sale de la mochila y se infla. Eso es todo. Uno de ellos —de nosotros, él o yo—se ha quedado colapsado. El individuo del paracaídas averiado se lanza sobre la espalda del otro. Lo abraza fuerte. El individuo del paracaídas no averiado no entiende nada y tan solo trata de quitarse al otro de encima. Con su pareja pegada a la espalda no puede desplegar sus paracaídas. Imposible esquivar el golpe. Distinguen los colores y las formas de las piedras. Arrugué el sobre y lo escondí en el bolsillo de mi pantalón. Le había visto. Era él. Como si le hubiese invocado con mis palabras. A pesar de que estaba a escaso medio metro de mí, todavía no me había visto. Yo había corrido despavorido desde la Calle 58 hasta la 12 para encontrarme con él, pero ahora que lo tenía enfrente solo pensaba en esconderme. Nací en Castellar del Vallés, un pueblo pequeño no muy lejos de Barcelona, en plenos años ochenta. Crecí con ganas de viajar y leer y, como ya leía todo lo que me caía en las manos, me puse a estudiar Traducción e Interpretación, lo que me permitió pasar un año en Copenhague y otro en Taipéi. Al terminar la universidad, me fui a vivir a Barcelona, en un sexto sin ascensor con una terraza inmensa desde la que se veía una pulgada de mar. No lo recuerdo, creo que siempre he ido escribiendo, desde que era pequeña. Sí que recuerdo que una de las primeras cosas que escribí, a mano y en unas hojas cuadriculadas horribles, fueron las historias que me contaba mi abuela. No estoy nada al día ni de las novedades ni de las tendencias. Hay tantas cosas buenas por leer, ya sea de hace un año o de hace quinientos, que siento que no voy a tener tiempo para leerlo todo. Como es una sensación tan desagradable, simplemente me dejo llevar y escojo lo que me gusta, ya sea por el autor, en libro en sí o incluso la edición. Siempre voy escribiendo cuentos, pero no tengo nada definitivo entre manos. Era invierno, un día despejado. Desde el asiento del copiloto, lo vi hurgar en el motor y mancharse la camisa de grasa. Después, cogió una manguera y roció el camión. Le había puesto nombre, como si fuese un barco, unos adhesivos con letras azules muy gastadas en la parte interior de su puerta. El suelo estaba descuidado, había manchas de césped despeinado y marrón. Conducía con los ojos clavados en la autopista y apretaba el volante. El sol se ponía y los campos y las colinas se volvieron de color lila. Los faros del camión iluminaban la carretera y los coches que nos adelantaban. Uno llevaba la luz interior encendida. Una mujer miraba un mapa, lo tenía extendido y ocupaba casi todo el parabrisas. Recorría la ruta con el dedo Solo los vi un momento, luego el coche apagó la luz y aceleró. Atravesamos el aparcamiento, los camiones y la gente que gritaba hacia las luces de colores del restaurante. Charlaron un buen rato y yo rellené el crucigrama de un periódico que alguien se había olvidado. Le daban golpecitos en la espalda. Me preguntaron si era su hija y les dije que sí y les estreché la mano. Preparamos el camión para dormir. Se marchó dando un portazo y oí cómo se alejaba. Subí a la litera de arriba y me tapé con la manta. Oía voces roncas, rugidos, chirridos, bocinas. Un olor intenso a gasolina. No podía parar de moverme. Daba vueltas, me ponía bocarriba, me agarraba las rodillas. La manta picaba. La saqué de la cama de una patada. Hacía mucho calor. Fui todo el día con el brazo sacado por la ventanilla, haciendo olas con el viento caliente y furioso de la autopista y me quemé. Me dijo que con el brazo quemado ya era una camionera de verdad y nos echamos a reír. Hacía un poco de frío. Cogí la manta del suelo y vi que había un insecto en el techo. Colgaba cabeza abajo y movía las alas. Se puso a volar y a zumbar durante mucho rato. Pensé que a lo mejor se había escondido en el camión en verano y que, si salía, con el frío que hacía, se moriría. Cerré las ventanas. Me despertó el olor a café caliente y el motor encendiéndose. Abrí un ojo y lo vi por la abertura de la cortina, bebía de un termo que humeaba y que empañó el parabrisas, como un aliento. Me incorporé y descorrí la cortina. Atravesamos los campos inmensos y, después, llegamos a los fríos bosques del norte. Dejamos la autopista y cogimos una carretera estrecha y ondulante. Todo el día nos acompañó una luz opaca, como si siempre fuera por la tarde, hasta que el cielo oscureció de golpe. Llovía cuando atravesamos la frontera. La lluvia tamborileaba en el techo y un viento helado entraba por la ventana abierta y movía la cortina. Me tapé bien con la manta y, cuando me desperté, ya volvíamos a estar otra vez en movimiento. Paramos en una gasolinera y desayunamos. Terminé de desayunar y me quedé sentada, sin saber qué hacer. Salté del camión y me mojé los zapatos y los bajos del pantalón en un charco. El agua estaba fría y sucia, embarrada, y la lluvia se deslizaba por la capucha y me mojaba la nariz y el flequillo. Debíamos estar cerca de la frontera, porque había muchos camiones de países diferentes. Me parecieron bestias dormidas y me paseé entre ellos de puntillas. Miré las matrículas y las cabinas. La mayoría estaban vacías, pero en algunas el conductor dormía o leía papeles o fumaba. Me paseé un buen rato, me tumbé bocabajo en el césped y saqué la cabeza por el borde. La blancura de la niebla cegaba. Era tan espesa que podría haberla arrancado como un trozo de algodón. Me tocó la cara y cerré los ojos un rato. Me acariciaba como una mano fresca en la frente una noche de fiebre. Pasé cerca de la caseta, donde había un corrillo de camioneros que se protegían de la lluvia bajo el techo de chapa. Me detuve donde estaba y le dije que sí. Soy Aitor. Coincido mucho con tu padre en las rutas. Eras una niña muy espabilada. He oído que vas a hacerle compañía unos días. Oía truenos en la lejanía. Eché a correr. Me costó mucho encontrar el camión entre la niebla. Por fin vi su morro blanco y brillante. Asintió y encendió la calefacción. Me quité el impermeable y nos volvimos a poner en marcha cuando me hube cambiado de ropa. Por el retrovisor, vi que el camionero-león nos adelantaba. Parecía que el bosque no se acababa nunca. De vez en cuando, Nos detuvimos en la gasolinera de un pueblo pequeño. Nos encontramos a Aitor, que fumaba apoyado en su camión. Cenamos en el bar que había junto a la gasolinera. Empezó a nevar cuando nos trajeron la sopa y en el segundo plato la nieve se amontonaba en la ventana. El camarero nos advirtió de que posiblemente por la noche helaría. Cruzaría el bosque aquella misma noche y al día siguiente dormiría en una fonda que había al otro lado, donde lo conocían. Se fue sin tomar el postre. Le dije que sí. Los faros del camión iluminaban la carretera y los copos de nieve, que volaban empujados por el viento como si fuesen ceniza. Costaba ver el camino. De vez en cuando, le daba un trago al termo, el café extendía su calor por toda la cabina. Me pregunté si acostumbraba a recorrer este camino, iluminado solo por los faros a medianoche, desvelado por el café y con los ojos enrojecidos por el cansancio. Puede que alguna noche, pensé mientras agarraba el cinturón y oía al camión que rugía como una motora en un lago oscuro, se detuviera para dormir, creyendo que no nevaría, y se despertara cubierto de nieve, el camión sepultado y la carga congelada. La otra El bosque resplandecía con la luz de los faros y la nieve caía silenciosa como nosotros, como el resto del mundo. Solo vi la rosa un momento, roja como una brasa en medio de la carretera. Pasamos por encima y se hundió en la nieve. Me cubrí la cabeza con las manos y el cinturón me dio un tirón en el pecho que me dejó sin aliento. Oía el motor, el viento y una voz asustada, aguda y rota. La voz me empujó a salir. El viento me entumeció la cara y me hizo entornar los ojos. Crucé la carretera hacia la oscuridad de la cabina. Tenía el parabrisas reventado y la carrocería abollada. Oí otra voz. Una voz grave y tranquila y, me di cuenta, conocida. Ve a buscar las mantas y el botiquín. Llevé el botiquín y todas las mantas, pañuelos, bufandas y jerséis que encontré con el corazón en un puño. Se había quitado el jersey y le estaba haciendo un torniquete con la camisa y un palo. Cogió las mantas y la ropa, lo tapó bien y le envolvió la cabeza con mi bufanda. Corrió hacia el camión y oí la tos de la radio. Me arrodillé al lado de Aitor. Tenía los ojos abiertos, pero no se movía ni hablaba. Lo veía borroso y amarillo por la luz de los intermitentes. Tenía la cara cortada e inflamada. Los copos de nieve le caían en la frente y en las pestañas. Cogí un trozo de algodón del botiquín y se las limpié, poco a poco, casi sin tocarlo, hasta que la nieve fundida le resbaló por las mejillas. Se le aflojó la bufanda y sacó una mano rígida de debajo de las mantas. Tuve miedo, mucho miedo. Volví a taparlo bien, me quité la chaqueta y lo arropé. Me tumbé a su lado y lo abracé hasta que dejó de temblar. Nos cubría como una madre. Nos miramos y fue como si nos viéramos después de mucho tiempo. Abrió las cajas y nos cubrió con las flores. Se movían con la respiración débil de Aitor, como si estuvieran vivas, y nos hacían cosquillas en la nariz. Olían al armario de casa. Crece en la isla de Mallorca donde aprende a leer, a caminar, y a contar hasta cien. Pero desde mañana mismo, qué digo mañana mismo, desde esta misma noche voy a empezar a cobrar, para que el mundo sea menos injusto. Este es un cuento inédito que he escrito en especial para esta mesa. Se titula Resultados. Camaradas, dijo. Yo estaba harta, camaradas. En cinco años de matrimonio Johannes no había hecho ni el amago de fregar un plato. El primer día no vi resultados,. El segundo día tampoco vi resultados. Amigas, hermanas, luchadoras todas. Quiero hablaros de mi caso no como experta sino como mujer. Jean perdió todo el romanticismo tan pronto dejó a su anterior pareja para ponerse a salir conmigo. En tres años de relación sentimental no había tenido ni un solo gesto hacia mí, ni un solo detalle, algo que yo al principio interpretaba como una cualidad propia de nuestro compromiso abierto, pero que llegado un punto tomé como un maltrato psicológico muy sutil que perpetuaba los roles de macho independiente y de hembra dependiente de los afectos. O me haces caso o te dejo. Llegó el turno de una de las anfitrionas granadinas, Cristina Romales, asesora jurídica del Instituto Andaluz de la Mujer. Poco puede aportar mi juventud a esta mesa redonda, pero agradezco la oportunidad que se me brinda para expresarme en un ambiente de absoluta libertad y complicidad. Yo, compañeras, llevaba cuatro años viéndome a escondidas con Juan, saltando de hotel en hotel, algo que hacíamos de mutuo acuerdo y con gran excitación por parte de ambos. Pélagie Mèrlon suspiró al micrófono ah, quién no ha sido joven, y recibió un tierno aplauso por su comentario. Ninguno de los dos pedía cuentas al otro, y si lo hacíamos era para felicitarnos por nuestras otras conquistas. Pero una es un ser humano y a veces necesita. Un día Juan me dejó sola en el hotel para ir a atender una cena importante de trabajo a la que, por razones de discreción, no le podía acompañar. En vez de llamar a ninguno de mis amantes lo esperé a él, compañeras. En vez de salir a divertirme por mi cuenta me quedé a esperarlo con el pijama puesto, llamando por teléfono a un amigo para que me consolara. O me tratas con la dignidad con la que tratas a tus amigos o no nos volvemos a ver. Pues bien, compañeras. El primer día no vi nada. El segundo día tampoco vi nada. Pero entre el tercer y el cuarto día me bajó la inflamación del ojo y empecé a ver algo. Muchas gracias. Saltar a la comba Ahmed y yo somos como dos presentadores de telediario. Estamos de pie uno al lado del otro como podrían estarlo dos estrellas de cine que van a hacer entrega de un premio en un festival, pero a diferencia de ellos nosotros no tenemos un atril delante, ni tampoco estamos sentados a una mesa como los del telediario. Entre dadores de premios e informadores, por tanto. Llevamos, como ellos, unas cartulinas con marcas de guion, pero nos sabemos nuestros textos de memoria y sólo acudimos a ellas para seguir los pies de entrada. Como los informadores cuando terminan de dar una noticia y esperan a que entre el vídeo, bajamos la mirada en una suave diagonal, que los informadores dirigen a un monitor y nosotros al suelo del escenario. Ahmed ha trabajado la sugerencia y yo la solemnidad, porque Ahmed tiende como actor y como todo a la solemnidad, y lo mismo yo con la sugerencia, y lo que no queríamos era asignarnos los roles de chica seductora y chico duro. Pretendemos ser intercambiables y a la vez imprescindibles, echarnos de menos y que el espectador también nos eche de menos si alguno de los dos se tira mucho rato sin hablar y el otro acapara el discurso. La noticia o el premio que damos es un discurso, o sea que la intención del texto es convencer a alguien de algo, lo cual no significa que necesariamente los personajes que representamos Ahmed y yo tengan la intención de convencer. O sea, poniéndonos irónicos. Lo que no significa que Ahmed y yo estemos necesariamente de acuerdo con el discurso y tengamos la intención de convencer, igual que el juez de Montesquieu no tiene por qué estar de acuerdo con la ley que habla por su boca. Esta coincidencia a tres bandas entre el discurso, los personajes que Ahmed y yo representamos y nosotros mismos nos hace escalar a alturas políticas. Es un milagro escénico esa coincidencia, igual que lo de Borja y Patri, si bien es cierto que para que los milagros ocurran debemos estar predispuestos a ellos. En el caso de Borja y Patri también puede hablarse de altura política. CRISTINA: Una minoría de españoles, agazapada en los bancos, en la gran propiedad territorial e industrial y en los negocios financieros que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes. Gente, pues, para la que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro. AHMED: En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Entre todos esos millones de hombres parados los hay de gran preparación profesional y buenos técnicos en sus respectivas ramas industriales. Se trata de que el nombre descubra nuevas tareas para el hombre. Quien salta a la comba, combate. Quien salta a la comba es un combatiente. Gestiona muy bien la respiración y el esfuerzo físico no le empaña la voz hasta pasado un buen rato. Y cuando se la empaña y pierde el aliento, de mezzo soprano pasa a soprano, soprano que se asfixia. Algo es regular, pero no puede estar. Si hay nada es que algo es que no hay, nada bien que mal, todo mal que bien. Nada de lo que es tiene por qué estar. Nada es lo mismo que el nihilismo, nada es lo mismo que el nihilismo. Es que yo no traje traje. La cama es un límite claro para los actores, no hacen como si no existiera. La perciben y la evitan, a veces la miran con extrañeza, con ira, con pena o con desdén. Mira a la cama. Ofrece su compunción con economía, un tembloroso languidecer. Esperar en un hotel es algo opulento, es una medida de espera muy particular. Para representar regalonamente esa soledad, esa unicidad del que ocupa y espera, a lo largo de la pieza se producen salidas de escena de tres de los cuatro actores ocupantes. Se queda así uno desolado en mitad del pequeño desorden el tiempo que tarda en hacer una breve intervención de texto. Se da un margen de silencio y entonces los otros tres regresan. El solo de Borja es el siguiente. Grandes pensadores hablan de su insomnio y de su permanente recurso a los ansiolíticos y se les percibe como complejas personas a las que sus grandes ideas no les dejan dormir. A mí, en cambio, ante la fatalidad y la pobreza, sólo me asiste el sueño, una enseñanza de contrición, un aprender a morir. Duermo sin necesidad de pastillas una media de diez horas diarias, y el día que no las duermo me siento mal y cansado, y ninguna gran idea sale a mi encuentro. Dormir es inacción, es lucidez, es rebeldía, es el paso previo a la guerra. El sueño que es la salud como el apetito que es la salud, la libido que es la salud, la guerra que es la salud. A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Me mira. Yo me excito y sonrío tímidamente. Él se acerca. Mi boca. Posa sus suculentos labios en los míos y los saborea. Cuando siento su mano sobre mi rodilla, mi respiración se acelera, pero no me muevo. Lentamente la sube hasta llegar a la cara interna de mis muslos y los masajea. Su mano sube hasta mis bragas y siento sus dedos en ellas. Pero, de repente, se separa de mí y regresa a su posición en la silla. Mis mejillas queman. Arden, del mismo modo que ardo toda yo. Aquel íntimo contacto me ha puesto a cien. Un beso y un simple roce de su mano han conseguido que casi tenga un orgasmo y eso me acelera el pulso. Eric me observa. Veo el deseo en sus ojos. Esa pregunta me descoloca por completo. Pero es tal el deseo que siento en ese momento por él y quiero ser tan malota que respondo totalmente hechizada: —Hasta donde lleguemos. El sado no me va. Eric sonríe. Pasa las manos por debajo de mis piernas y por mi cintura y me coloca sobre sus piernas. Voy a estallar. Mete su nariz en mi cuello y lo oigo aspirar mi aroma. Mi perfume. Aire de Loewe. Dirijo mi mirada hacia la luz, que sigue encendida, y asiento. Eric mueve su mano y aprieta uno de los botones que hay en el lateral de la mesa. Instantes después, el cristal se aclara y veo con toda nitidez a dos mujeres sobre una mesa practicando sexo oral. No sé qué hacer. No sé ni siquiera dónde mirar. La piel me arde mientras siento sus fuertes dedos cosquillearme la cintura. Lo miro, confundida. No contesto. No puedo. Estoy tan bloqueada que no sé ni siquiera si sigo respirando. Vuelvo a dirigir mi vista hacia el cristal mientras las respiraciones de las dos mujeres retumban por la sala y entonces veo que Eric aprieta otro botón y las cortinas del lado izquierdo se recogen. Allí había una luz verde. Un hombre la penetra y otro le mordisquea los pechos mientras ella, gustosa, disfruta con el momento. Los gestos de la mujer mientras permite que disfruten de su cuerpo y su feminidad son enloquecedores. Sois deliciosas. Con el pulso a mil, cojo el vaso de vino y me lo bebo del tirón. Estoy sedienta cuando lo oigo decirme: —Tranquila. No nos ven. La luz naranja permite ver y la luz verde te invita a participar. Mi corazón late desbocado y consigo responder: —Yo… Yo no hago cosas así. Pero yo… —Vale. Sólo que a veces juegan y experimentan algo diferente. Sin querer retirar mis ojos de ellos, los observo e, inconscientemente, un gemido sale de mi interior al ver el disfrute de aquella mujer. Estoy excitada. Lo miro sorprendida. No respondo. Me niego. Y él, controlador de la situación, murmura cerca de mi oído: —Lo pasarías bien. Muy bien, Jud. Sólo tienes que pedirlo y yo te lo daré. Como una boba, asiento. En la vida me hubiera imaginado algo así. No sé dónde detener mi mirada. Estoy tan excitada que hasta me da vergüenza admitirlo. Sólo un selecto grupo de personas podemos acceder a estas dependencias. De pronto me pongo histérica. Muy nerviosa. Intento levantarme, pero Eric me sujeta. Yo… yo no hago esas cosas. Sólo hay que atreverse a experimentar. No quiero experimentar. Con el sexo normal que conozco, me sobra y me basta. Tras unos segundos que a mí me parecen eternos, Eric aprieta los botones y los gemidos desaparecen. Unos instantes después, los cristales se vuelven oscuros y las cortinas caen. Me levanta de su regazo y me mira con el rostro serio. Te llevaré a tu casa. Media hora después y tras un extraño aunque no incómodo silencio, sólo roto por su conversación al teléfono con una mujer, llegamos a mi calle. Se baja conmigo del coche y me acompaña. Su actitud vuelve a ser fría y distante. Sube conmigo en el ascensor. Gracias por su compañía. Dicho esto, me besa la mano y se va. Yo me quedo excitada a las once y media de la noche y sin palabras. Casi no he dormido. Mi mente no ha parado de pensar en el señor Zimmerman y en lo sucedido entre nosotros. La noche anterior, cuando llegué a casa, vi en diferido el partido Alemania-Italia. Miguel aparece y nos vamos juntos a desayunar. Pero no lo hace. Eso me desilusiona, así que, en cuanto acabamos de desayunar, regresamos a nuestros puestos de trabajo. Al llegar al despacho, Miguel se marcha a administración. Tiene que solucionar algo que el señor Zimmerman le pidió el día anterior. Dispuesta a enfrentarme a un nuevo día, enciendo mi ordenador cuando suena mi teléfono. Es de recepción para indicarme que un joven con un ramo de flores pregunta por mí. Nerviosa, me levanto de mi silla. Con el corazón latiendo a mil por hora veo que se abren las puertas del ascensor y un joven con una gorra roja y un precioso ramo mira la numeración de los despachos. Pero, al darse cuenta de que lo estoy mirando, aprieta el paso. El ramo es espectacular. Rosas amarillas preciosas. El joven de la gorra roja me mira y, finalmente, asiento a su pregunta. La mandíbula se me cae al suelo. Mi gozo en un pozo. Mis breves segundos de felicidad por creerme alguien especial se han borrado de un plumazo. Pero sin querer dar a entender mi decepción cojo el ramo, lo miro y casi lloro. Hubiera sido tan bonito que hubiera sido para mí… Dejo el ramo sobre mi mesa y firmo el papel que el chico me tiende. Una vez se va el mensajero, llevo las preciosas flores hasta el despacho de mi jefa. Las dejo encima de su mesa y me doy la vuelta para marcharme. Pero entonces siento que me puede la curiosidad, así que me giro, busco entre las flores la tarjeta. Leer eso me pone furiosa. Mi humor ahora es negro. Espero que nadie me tosa en las próximas horas o lo va a pagar muy caro. Me conozco y soy una mala arpía cuando me enfado. Pasa a mi despacho —me dice, sin mirarme. Ahora no. Pero me levanto y la sigo. Cuando entro y cierro la puerta ella ve el ramo de flores. Lo coge. Saca la tarjeta y la veo sonreír. Me pica el cuello. Jodido sarpullido. Ayer tuve una reunión muy interesante con el señor Zimmerman y van a cambiar algunas cosas en muchas de las delegaciones españolas. Escuchar que tuvo una reunión interesante me molesta. Le atiende su secretaria, la señorita Flores. Con el corazón a mil por hora, consigo balbucear: —Un momento, por favor. Aunque antes de salir la oigo decir: —Holaaaaaaaaaaa. Cierro la puerta. Ella era la mujer con la que hablaba en el coche. Me dejó en casa y se fue con ella. El señor Zimmerman y yo no tenemos nada. Regreso a mi silla y vuelvo a teclear en el ordenador. No quiero pensar. En ocasiones, pensar no es bueno, y ésta es una de esas ocasiones. A la una, mi jefa sale del despacho y, tras una mirada con Miguel, él se levanta y se marchan juntos. Sé lo que van a hacer. Me centro en mi trabajo. Estoy tan cabreada que me pongo a hacerlo con mucho ímpetu y me quito de encima un montón de papeleo. Sobre las dos y media llega Óscar, uno de los vigilantes jurado que hay en la puerta de la empresa. Boquiabierta, miro el sobre cerrado con mi nombre escrito. Asiento a Óscar, y éste se va. Me quedo un rato observando el sobre y, sin saber por qué, abro un cajón y lo guardo en él. No pienso abrirlo hasta el lunes. Es viernes. Tengo jornada continua y salgo a las tres. El teléfono suena. No respondo y él añade: —Te oigo respirar. Por mi mente pasa decirle mil cosas. La segunda es peor. Señorita Flores, esa contestación no me vale. Lo oigo resoplar… Lo estoy enfadando. Lo oigo reír. Uno es para casa y otro para que lo lleves en el bolso y lo puedas utilizar en cualquier lugar y en cualquier momento. Te enseñaré para qué sirven. Voy al gimnasio. La comunicación se corta y yo me quedo con cara de tonta. Pero sólo los escucharía yo. Enfadada, cuelgo el teléfono. En ese momento, mi cuerpo reacciona y resoplo. Finalmente lo guardo en el bolso y apoyo los codos en la mesa y mi cabeza entre mis manos. Es un encanto. Leo la nota en que mi hermana me explica que le ha dado la medicación y sonrío. Qué mona es. Adormilada, me levanto y el pitido vuelve a sonar. Es el telefonillo. Soy Eric. Las seis en punto. Me pongo nerviosa. El plato con los restos de la comida sobre la mesa, la cocina empantanada y yo tengo una pinta horrible. Quiero decirle que no. Pero no me atrevo y, tras resoplar, aprieto el botón. No me dejo los dientes en la mesa de milagro. Cojo el plato. Salto de nuevo el sillón. Dejo el plato. Lindo trasero Póster. De Guldor. Etiquetas: botín, extremo, culo, curvey, curvas, gran botín, buen trasero, bonito botín, buen culo, chica curvey, chicas curvey, gracioso, linda, niña bonita, diseño de niña. Arrastrando un diseño de carro Póster. De 4d6creations. Buen juego Póster. De HighCiti. 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Se dio a conocer en con la novela Neve en abril a la que seguiría el libro de relatos Rosas, corvos e canciónsgénero al que regresa en con Tinta.

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Empecé a sentirme escritora a los 17 años, al publicar mi primera novela. Una de ellas es el paso del tiempo, especialmente en lo relativo a nuestras desmemoriadas repeticiones, lo cual me ha llevado a hablar también de la madurez.

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Le echo agua para que no se vean los restos. El timbre vuelve a sonar. Me miro en el espejo. Tengo el pelo enmarañado. Lo arreglo como puedo y corro a abrir la puerta. Cuando abro, jadeo por las carreras que me he metido y me sorprendo al ver a Eric vestido con un vaquero y una camisa oscura. Menudas carreras me acabo de meter. Él me mira de arriba abajo. Pero me sorprende cuando me dice: —Me encantan tus zapatillas. Me pongo roja como un tomate al mirar mis zapatillas de Bob Esponja que mi sobrina me regaló. Eric entra sin que yo lo invite. Curro se acerca. Para ser un gato es muy sociable. Eric se agacha y lo acaricia. A partir de ese momento Curro se convierte en su aliado. Cierro la puerta y me apoyo en ella. Curro es tan maravilloso que no puedo dejar de sonreír. Eric me mira, se levanta y me entrega una botella. Asiento sin rechistar. Extasiada por su cercanía, cierro los ojos y asiento. Me pone como una moto. De pronto, me da la vuelta y quedo apoyada entre el frigorífico y él. Mi respiración se agita. Él me mira. Yo lo miro y entonces hace eso que tanto me gusta. Se agacha, acerca su lengua a mi labio superior y lo repasa. Abro mi boca a la espera de que ahora me repase el labio de abajo, pero no. Me equivoco. Me levanta entre sus brazos para tenerme a su altura y luego mete su lengua directamente en mi boca con una pasión voraz. Incapaz de seguir colgada como un chorizo, enrosco mis piernas en su cintura y, cuando él pega su entrepierna en el centro de mi deseo, me derrito. Sentir su excitación dura y caliente sobre mí me hace querer desnudarlo. Vuelvo a ponerme colorada. Vale, yo también. Sin soltarme, mira en la dirección que le he dicho. Camina hacia allí conmigo enlazada a su cuerpo y me suelta. Me agita. Lo hago. Este tío va al grano. Cuando acaba de sacar los artilugios de su embalaje camina hacia la cocina y los mete bajo el grifo. Luego, los seca con una servilleta de papel y vuelve de nuevo hacia mí y me coge de la mano. La abro y ante nosotros queda expuesta mi bonita cama blanca comprada en Ikea. Entramos y me suelta la mano. Su orden me hace salir del limbo de fresas y burbujitas en el que él me había sumergido y, todavía excitada, protesto: —No. Chamuscada en el horno de emociones en el que me encuentro, niego con la cabeza. Él asiente. Se levanta con cara de mala leche. Tira los artilugios que lleva en su mano sobre la cama. Al verlo pasar por mi lado, reacciono y lo agarro por el brazo. Tiro de él con fuerza. Con gesto altivo, mira mi mano en su brazo. Entonces, lo suelto. Eso me enciende. Me fastidia. Yo soy una mujer. Una mujer independiente que sabe lo que quiere. Aquella contestación lo desconcierta. Sin cambiar mi semblante serio, lo miro e intento no desmayarme por la tensión que acumulo en mi cuerpo. Deseo a aquel hombre. Deseo desnudarme. Deseo que se desnude. Una tensión endemoniada se cierne entre los dos. Lentamente y con cara de mala leche, se acerca a mí y me besa. Me pone su gesto serio. Me succiona los labios con deleite y yo le respondo poniéndome de puntillas. De nuevo se separa y se sienta en la cama. No hablamos. Sólo nos miramos. Me quito las zapatillas de Bob Esponja. Sin pestañear, le sigue el pantalón corto que llevo y a continuación la camiseta. Me quedo ante él en ropa interior. Al ver que él respira con profundidad, me siento poderosa. Eso me gusta. Me excita. Nunca he hecho una cosa así con un desconocido, pero descubro que me encanta. Instintivamente me acerco a él. Lo tiento. Veo que cierra los ojos y acerca su nariz a mis braguitas. Con una sensualidad que yo no sabía que tenía, me bajo un tirante del sujetador, luego el otro y vuelvo a acercarme a él. Esta vez me agarra con fuerza por las nalgas y ya no puedo escapar. Vuelve a acercar su nariz a mis braguitas y me estremezco cuando siento su aliento y un dulce mordisco en mi depilado monte de Venus. Sin hablar, levanta la cabeza y con una mano me saca del sujetador el pecho derecho. Estoy tan excitada que voy a gritar. Juguetea con mi pecho mientras yo le revuelvo el pelo y lo aprieto contra mí. Vuelvo a sentirme poderosa. Me miro en los espejos de mi armario y la imagen es, como poco, intrigante. Me quito el sujetador y las bragas y quedo totalmente desnuda ante él. Durante unos segundos veo cómo me recorre con su mirada hasta que dice: —Eres preciosa. Oír su ronca voz cargada de erotismo me hace sonreír y, cuando él me tiende la mano, yo se la acepto. Se levanta. Me besa y siento sus poderosas manos por todo mi cuerpo. Me deleito. Me tumba en la cama y me siento pequeña. Eric Zimmerman me mira altivo y un gemido sale de mi interior en el momento en que él me coge de las piernas y me las separa. Se quita la camisa y vuelvo a gemir. Aquel hombre es impresionante con su sensual torso. Desea que se deshaga entre sus manos y disfrutar plenamente de sus orgasmos, de su cuerpo y de toda ella. Nunca lo olvides. Ahora cierra los ojos y abre las piernas para mí — susurra—. Estoy asustada. Nunca he utilizado un vibrador para el clítoris y oír lo que él me dice me avergüenza, pero me excita. Eric ve la indecisión en mis ojos. Lo miro durante unos segundos. Es mi jefe. Tengo miedo a lo desconocido. Ni sé lo que me va a hacer. Pero estoy tan excitada que, finalmente, vuelvo a asentir. Me besa e, instantes después, desaparece de mi vista. Siento cómo se acomoda entre mis piernas mientras yo miro el techo y me muerdo los labios. Estoy muy nerviosa. Nunca he estado tan expuesta a un hombre. Me besa la cara interna de los muslos mientras con delicadeza me acaricia las piernas. Luego me las dobla y cierro los ojos para no observar la imagen grotesca que debo dar. Entonces siento sus dedos por mi vagina. Eso vuelve a estremecerme y, cuando su caliente boca se posa en ella, doy un salto. Eric comienza a mover su lengua como cuando lo hace sobre mi boca. Su lengua va a mi clítoris. Lo rodea. Lo estimula y, en el momento en que se hincha, lo coge con los labios y tira de él. Un extraño ruido que pronto identifico como el vibrador. Eric lo pasa por la cara interna de mis muslos y tiemblo de excitación. Y tiene razón. Esa vibración, acompañada del morbo del momento, me enloquece. Con cuidado abre los pliegues de mi sexo y coloca aquel aparato sobre mi bultito, sobre mi clítoris. Me muevo. Es electrizante. Segundos después, lo retira y siento su lengua succionarme con avidez. Pocos después, su boca se retira y vuelvo a sentir la vibración. Esta vez no encima de mi clítoris, sino al lado. De pronto, un calor enorme comienza a subirme del estómago hacia arriba. Siento que voy a estallar de placer, cuando me doy cuenta de que la vibración ha subido de potencia. El calor se concentra en mi cara y en mi sien. Respiro agitadamente. Nunca había sentido ese calor. Nunca me había sentido así. Me siento como una flor a punto de abrirse al mundo. Durante unos segundos boqueo como un pez. Al sentir que él se tumba sobre mí y toma mi boca resurjo de mis cenizas y lo beso. Lo deseo. Le tomo la palabra y toco su cinturón. Mi petición parece convertirse en su urgencia. La píldora. Se queda totalmente desnudo ante mí y me estremezco de placer. Eric es impresionante. Fuerte y varonil. Alargo mi mano y lo toco. Él cierra los ojos. Obediente, le hago caso mientras veo que rasga con los dientes el envoltorio de un preservativo. Se lo coloca con celeridad y se tumba sobre mí sin hablar. Me coloca las piernas sobre sus hombros y sin dejar de mirarme a los ojos me penetra lentamente hasta el fondo. Inmóvil bajo su peso, le permito entrar en mi interior. Su pene duro y rígido me enloquece y siento cómo busca refugio con desesperación dentro de mí. Me ensarta hasta el fondo y yo jadeo cuando bambolea las caderas. Pero él exige que le hable y para hasta que respondo: —Sí. Sus ojos brillan, lo veo sonreír y yo me arqueo de placer. Eric es poderoso y posesivo. Instantes después me baja las piernas de sus hombros y me las pone a ambos lados de sus piernas. Coge mis caderas con sus fuertes manos. Abro los ojos y lo miro. Es un dios y yo me siento una simple mortal entre sus manos. Ver su expresión y su fuerza me enloquece. Tras varios envites que me rompen por dentro y me revuelven por completo, Eric cierra los ojos y se corre tras un gruñido sexy, mientras me aprieta contra él. En tres años de relación sentimental no había tenido ni un solo gesto hacia mí, ni un solo detalle, algo que yo al principio interpretaba como una cualidad propia de nuestro compromiso abierto, pero que llegado un punto tomé como un maltrato psicológico muy sutil que perpetuaba los roles de macho independiente y de hembra dependiente de los afectos. O me haces caso o te dejo. Llegó el turno de una de las anfitrionas granadinas, Cristina Romales, asesora jurídica del Instituto Andaluz de la Mujer. Poco puede aportar mi juventud a esta mesa redonda, pero agradezco la oportunidad que se me brinda para expresarme en un ambiente de absoluta libertad y complicidad. Yo, compañeras, llevaba cuatro años viéndome a escondidas con Juan, saltando de hotel en hotel, algo que hacíamos de mutuo acuerdo y con gran excitación por parte de ambos. Pélagie Mèrlon suspiró al micrófono ah, quién no ha sido joven, y recibió un tierno aplauso por su comentario. Ninguno de los dos pedía cuentas al otro, y si lo hacíamos era para felicitarnos por nuestras otras conquistas. Pero una es un ser humano y a veces necesita. Un día Juan me dejó sola en el hotel para ir a atender una cena importante de trabajo a la que, por razones de discreción, no le podía acompañar. En vez de llamar a ninguno de mis amantes lo esperé a él, compañeras. En vez de salir a divertirme por mi cuenta me quedé a esperarlo con el pijama puesto, llamando por teléfono a un amigo para que me consolara. O me tratas con la dignidad con la que tratas a tus amigos o no nos volvemos a ver. Pues bien, compañeras. El primer día no vi nada. El segundo día tampoco vi nada. Pero entre el tercer y el cuarto día me bajó la inflamación del ojo y empecé a ver algo. Muchas gracias. Saltar a la comba Ahmed y yo somos como dos presentadores de telediario. Estamos de pie uno al lado del otro como podrían estarlo dos estrellas de cine que van a hacer entrega de un premio en un festival, pero a diferencia de ellos nosotros no tenemos un atril delante, ni tampoco estamos sentados a una mesa como los del telediario. Entre dadores de premios e informadores, por tanto. Llevamos, como ellos, unas cartulinas con marcas de guion, pero nos sabemos nuestros textos de memoria y sólo acudimos a ellas para seguir los pies de entrada. Como los informadores cuando terminan de dar una noticia y esperan a que entre el vídeo, bajamos la mirada en una suave diagonal, que los informadores dirigen a un monitor y nosotros al suelo del escenario. Ahmed ha trabajado la sugerencia y yo la solemnidad, porque Ahmed tiende como actor y como todo a la solemnidad, y lo mismo yo con la sugerencia, y lo que no queríamos era asignarnos los roles de chica seductora y chico duro. Pretendemos ser intercambiables y a la vez imprescindibles, echarnos de menos y que el espectador también nos eche de menos si alguno de los dos se tira mucho rato sin hablar y el otro acapara el discurso. La noticia o el premio que damos es un discurso, o sea que la intención del texto es convencer a alguien de algo, lo cual no significa que necesariamente los personajes que representamos Ahmed y yo tengan la intención de convencer. O sea, poniéndonos irónicos. Lo que no significa que Ahmed y yo estemos necesariamente de acuerdo con el discurso y tengamos la intención de convencer, igual que el juez de Montesquieu no tiene por qué estar de acuerdo con la ley que habla por su boca. Esta coincidencia a tres bandas entre el discurso, los personajes que Ahmed y yo representamos y nosotros mismos nos hace escalar a alturas políticas. Es un milagro escénico esa coincidencia, igual que lo de Borja y Patri, si bien es cierto que para que los milagros ocurran debemos estar predispuestos a ellos. En el caso de Borja y Patri también puede hablarse de altura política. CRISTINA: Una minoría de españoles, agazapada en los bancos, en la gran propiedad territorial e industrial y en los negocios financieros que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes. Gente, pues, para la que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro. AHMED: En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Entre todos esos millones de hombres parados los hay de gran preparación profesional y buenos técnicos en sus respectivas ramas industriales. Se trata de que el nombre descubra nuevas tareas para el hombre. Quien salta a la comba, combate. Quien salta a la comba es un combatiente. Gestiona muy bien la respiración y el esfuerzo físico no le empaña la voz hasta pasado un buen rato. Y cuando se la empaña y pierde el aliento, de mezzo soprano pasa a soprano, soprano que se asfixia. Algo es regular, pero no puede estar. Si hay nada es que algo es que no hay, nada bien que mal, todo mal que bien. Nada de lo que es tiene por qué estar. Nada es lo mismo que el nihilismo, nada es lo mismo que el nihilismo. Es que yo no traje traje. La cama es un límite claro para los actores, no hacen como si no existiera. La perciben y la evitan, a veces la miran con extrañeza, con ira, con pena o con desdén. Mira a la cama. Ofrece su compunción con economía, un tembloroso languidecer. Esperar en un hotel es algo opulento, es una medida de espera muy particular. Para representar regalonamente esa soledad, esa unicidad del que ocupa y espera, a lo largo de la pieza se producen salidas de escena de tres de los cuatro actores ocupantes. Se queda así uno desolado en mitad del pequeño desorden el tiempo que tarda en hacer una breve intervención de texto. Se da un margen de silencio y entonces los otros tres regresan. El solo de Borja es el siguiente. Grandes pensadores hablan de su insomnio y de su permanente recurso a los ansiolíticos y se les percibe como complejas personas a las que sus grandes ideas no les dejan dormir. A mí, en cambio, ante la fatalidad y la pobreza, sólo me asiste el sueño, una enseñanza de contrición, un aprender a morir. Duermo sin necesidad de pastillas una media de diez horas diarias, y el día que no las duermo me siento mal y cansado, y ninguna gran idea sale a mi encuentro. Dormir es inacción, es lucidez, es rebeldía, es el paso previo a la guerra. El sueño que es la salud como el apetito que es la salud, la libido que es la salud, la guerra que es la salud. A los actores ocupantes se les pega la canción de Ana y la tararean de vez en cuando. Salen de escena Jose, Borja y Dogy. Ana, en escena, ni canta ni combate. Es la edad también, que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar. Usted no nada nada, es que yo no traje traje… Usted no nada nada, es que yo no traje traje Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio. Cada cual tiene sus modestos dones, su método para conquistar el sueño y comer. Patri se deja la cremallera subida a medias, se echa la bandolera al hombro y sale de escena canturreando a la par que los otros tres regresan. En adelante Amhed y yo también cantamos a veces. Cuando uno discursea el otro canta a menor volumen. Ni Ahmed ni yo sabemos cantar, hacemos lo que podemos. Ana nos ha enseñado a encontrar nuestro tono y no salirnos de él, pero sobre todo nos ha enseñado a no escucharnos, igual que uno no se escucha a sí mismo cuando habla y por eso sigue hablando. Esto de que interpretamos los textos como nos da la gana puede sonar a que hacemos demagogia, que es una forma barata de cinismo, cinismo para las masas. Puede ser. No existe quien la escribió, no existe la época en que se escribió, no existe el lugar donde. La palabra escrita no es espíritu al que respetar, sólo poder al que doblegarse. Preguntarnos por las intenciones y el contexto de la obra es un pasatiempo, es anecdótico, extraliterario. Banal y disuasorio, es decir demagogo. Para que las ideas, o sea las palabras escritas, tengan poder, hay que desposeerlas de su anecdotario de documental. Si no, Diógenes no habría pasado a la historia porque era un mendigo que dormía dentro de una tinaja y vivía rodeado de perros; ni nadie habría leído a Santa Teresa por ser una pija malcriada que tenía diez doncellas a su servicio en el convento; ni nadie habría concedido a Gandhi el título de Gran Alma porque fue un cabrón que abandonó a su mujer y a sus hijos. En efecto, Diógenes era un mendigo, Teresa era una pija y Gandhi un cabrón, pero eso no los define ni los encadena, que son la misma cosa. Lo que los define y los encadena no son sus actos, que por vivos, pasan; sino sus escritos, que por muertos, quedan. Idea perdurable es la que pasa el filtro del anecdotario y nosotros, los miembros del grupo de teatro de la UGR, creemos en la posteridad. El suicidio en España El vestido que Patri se deja a medio abrochar es de napa amarilla, de un amarillo intensísimo, de tirantes y por encima de las rodillas. Ese rollo le va a Patri, sabe movilizar indolencia de estrella de rock. Conque lo mejor es salir a la calle, pequeño suicidio, dice Patri en un momento de su solo. Aguantan ahí un momento largo, hasta que Jose habla, y entonces se distribuyen por sus tareas de espera en la habitación. DOGY: Siempre lo dice, pero es una pose. DOGY: Lo dice en serio para dar credibilidad a su pose. DOGY: No dice que se quiera suicidar, dice que comete un pequeño suicidio cada vez que sale a la calle. JOSE: Suena a letra de canción. DOGY: Pero también compone a veces. Es que el reportaje no tenía desperdicio, vamos, para fusilarlo y convertirlo en estrofas. DOGY: Por qué, qué decía. BORJA: Pues decía que el suicidio era un problema, decía el problema del suicidio, que al suicidio no se le llama abiertamente suicidio, que hay hospitales con planes de prevención del suicidio, y todo con punteo de guitarra melancólica. En todo caso es una solución. Y sale una doctora con cara de frígida diciendo cómo hay que tratar al suicida. JOSE: Joder, te lo sabes de memoria. DOGY: Bueno. JOSE: A ver, que lo buscamos en youtube. Cuando Ana combate o alguien habla, el audio vuelve a perderse. Patri regresa por el lado opuesto al que ha salido y lanza la bandolera al sillón. JOSE: Patri, llevas el vestido a medio abrochar. PATRI: Ya, tío, es que el Clark es un capullo y no me ha querido ayudar a ponérmelo, bueno luego sí ha querido, cuando me veía que me iba a la calle con la cremallera bajada, pero entonces ya la que no ha querido que me ayudara era yo. Trae que te lo hago yo. Ahora no es El suicidio en España Telediario 15 horas, que ya se ha terminado, sino El suicidio en España Telediario 21 horas. JOSE: La gente salía despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi engullido en sentido inverso hasta el gran vestíbulo del interior. Asombroso, antes que nada. Había que adivinarlo todo, la majestuosidad del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedía en torno a bombillas tan veladas que tardabas un tiempo en acostumbrarte. Muchas mujeres jóvenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a cierta distancia de ellas, curiosos y tímidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas. Me parecía que aquellas maravillas esperaban allí acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente no estaban pensando en mí. Patri, Dogy y Borja regresan, Ana no se detiene. A Ana, como a la cama, no la tocan, pero a diferencia de la cama, no la perciben. Se dejan llevar por su ritmo para canturrear y desarrollar algunas acciones, pero sin llegar a ser una coreografía. Las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. Muertas por escrito A Sara Molina le gustó mi texto de Juan Bonilla no lo sabe y propuso que lo adaptara y que yo misma me monologara una parte en la habitación de hotel. Después veríamos que no encajaba eso de que yo, corridos ya cincuenta minutos de pieza, saliera de mi esquina del discurso para ponerme a lloriquear en proscenio. Así que propusimos a Dogy. Me coloca ante la esquizofrenia de respetar a mis muertos porque son míos y de cagarme en mis muertos igual que me cago en los muertos de todo el mundo. A Dogy le pareció que en el texto las voces de los personajes se confundían no sólo retóricamente, sino que eran confusas de verdad, que despistaban al lector, y eso la tenía hecha un lío y a la hora de ensayar le salía su peculiar llanto-risa. Cuando le preguntas qué te pasa te dice no sé, entre hipidos. Sara vio que eso beneficiaba al texto y empezó a trabajarlo con Dogy, de ahí que hasta que llega su solo se pase la pieza entera intentando llorar y no llorar. Salen Jose y Patri, Borja se queda. Se sienta en el sillón que hay al lado de Ahmed y yo y adopta una actitud no similar a la nuestra, no de entre dadores de premios y presentadores de telediario, pero desde luego deja de ser un actor-ocupante y pasa a ser un actorobservador, un actor atento. Salí llorando de la farmacia y anduve unos cuantos metros en dirección contraria al hotel hasta que me di cuenta de que iba mal encaminada. Llamé a Borja López, Borja respondió a los tres tonos y empecé a llorarle. DOGY: Yo hablo de hacer lo. DOGY: No sólo la defiende sino que hasta le gusta la naturalidad. No sólo le gusta sino que hasta quiere imponerla la naturalidad, imponerse la naturalidad como lo haría un escritor malo e imponerme a mí la naturalidad como a una escritora mala, una actriz mala y una persona mala. DOGY: Sabes que no me miré lo que me habían crecido los pelos de los sobacos desde que llegué a Madrid, habiéndome traído una. DOGY: Yo se lo digo, que cuando me dice que a la señorita la deje en la puerta no sabe lo que dice. DOGY: A esa es a la que combato. DOGY: A tope con la cope. DOGY: Somos inteligentes, simplemente. Me dijo voy a la feria del libro si de verdad hay una feria, y yo le aseguré que si ella me ayudaba iba a haber feria y de la buena. No se arrepintió, le entró su llanto-risa desde que abrí por primera vez la boca. Cuando llegó el momento del aplauso que sólo me brindaron ella, Patri, Borja y su novia, los hipidos contradictorios de Dogy anegaban la sala. Sin ser para nada indiscreta, Dogy me hizo la inocente pregunta de si lo que contaba el cuento sobre Juan Bonilla era verdad, y de paso me preguntaba quién era Juan Bonilla. Precisamente porque ella no fue indiscreta yo me volví confidente. Quise que conociera a Juan y que ella misma comprobara lo verdadera o lo falsa que podía ser la historia, las dosis de realidad o de irrealidad que sustentan al cuento, a Juan Bonilla y a mí misma. La camarera intrusa consiste en uniformarse como los camareros del restaurante o del garito en el que sea la despedida de soltero o el cumpleaños. O puede hacer de ligue de uno de los amigos del grupo, a ser posible de uno de sus mejores amigos, y ponerse a ligar a su vez con el cumpleañero o el soltero. Si por el contrario le sigue el juego, Dogy le dice quiere hacer un trío con su amigo y con él. Desemboque como desemboque el asunto, al final no llega la sangre al río porque irrumpe en el garito otra actriz que se presenta como la novia de Dogy, la coge del brazo, llama mamones a todos y se la lleva. El domingo seis de junio de a las ocho de la tarde, después de la presentación de Una forma de resistencia de Luis García Montero, Bonilla presentó La vida es un sueño pop en el pabellón de actividades Banco Sabadell. Esa misma, le respondí yo. Y qué tiene que ver la Moix con Juan. Es que Juan ha escrito una biografía sobre su hermano Terenci Moix. Pues que ya que termina de firmar libros a esa hora, aprovecha y presenta a Bonilla, que le cae bien. Sí, muerto. Ah, vale. Al empezar la presentación José María Merino informó que Ana María Moix no había podido venir por problemas de salud, transmitía sus excusas desde Barcelona y le deseaba mejoría. Juan reparó en mí cuando ya estaba sentado y sonrió y redondeó los ojos de sorpresa. No esperaba encontrarme. Quien se lo había leído era Ana María. Pero a mí la poesía me abandonó muy joven. Yo defiendo que la poesía no es un género, es una esencia. Para mí la escritura de un cuento es, imagínate, ir de un extremo al otro de esta mesa diligentemente, sin entretenerme en lo que pudiera ir apareciendo en el camino: la botella de agua, el vaso, el micrófono, tu libro… Obviar todo eso y seguir adelante, que es lo contrario que hace uno en una novela. Entonces yo ingenio la venganza de pegar una grabadora a la pared y registrar el llanto del bebé para, dentro de cinco años, ponérselo a los padres todas las noches. Por acostumbrarme me he acostumbrado hasta a los placebos. Dogy y yo nos levantamos y educadamente salimos de la fila para irnos. Cuando estamos en el pasillo central nos acercamos a la mesa como para hacerles una foto a los intervinientes con el móvil. Etiquetas: espero que tu día sea tan bueno como tu culo, cita de butt, broma de culo, gran culo, culo grande, culo gordo, culo de grasa, bonito trasero, buen culo. Espero que tu día sea tan lindo como tu trasero Póster De alexmichel Etiquetas: autocuidado, hola, bonito trasero, botín, empoderado, feminismo, feministas, buenos días, creer, tipografía. Etiquetas: chucky, muñeca, conductor asiento trasero, feo, mal, cabello rojo, juego de niños, buen chico. Etiquetas: aterciopelado, trasero melocotón, bonito culo, buen trasero, culo, extremo, ducha, bañera, desnudo, gracioso, verse bien, demonios, te ves bien, desnudarse, blanco, humor, vamos a desnudarnos. Oh melocotón! Póster De AlessiaJD. 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Cuando llegué a la sesión de silla del siete de noviembre de era Jose el que estaba hablando. Creo que no he sido capaz de apropiarme de Beckett, dijo. Me esfuerzo, pero sigo teniendo la sensación de que mi voz es falsa. Completamente impostada, respondió Jose. No soy yo el que habla cuando interpreto a Beckett. No entiendo a ese señor o no es mi hora para Beckett. Me decían que no había pasado las pruebas psicotécnicas pero que me tendrían en cuenta para futuras selecciones de personal. Me sonreí agotadamente de no haber pegado ojo en toda la noche, con una satisfacción de gamberra refrendada. Patri dijo yo es que estoy en un momento de mi vida en que no me gusta el teatro, que no me gusta, voy contra el teatro, y sí, bueno, aquí porque una no soy sólo una actriz, pero yo, pues que no me interesa. Pues yo qué sé, pues que si tuviera que elegir me gustaría, yo qué sé, hacer las luces, el espacio lumínico, es la interpretación lo que no me interesa. Dogy subió a la silla y dijo que el primer libro que se había leído en su vida de un tirón fue Días felices, que nunca en su vida algo puesto por escrito le había interesado tanto como Días felices. Y mira que es difícil de leer Días felices, con la cantidad de acotaciones que tiene, replicó Ahmed desde abajo. En su turno de silla Ahmed dijo que Días felices se leía fluido porque no lo había traducido Ana María Moix. Sí, un libro blanco. Sí, que sale un dibujito de una mano que sujeta una sombrilla. No lo ha traducido Moix porque el original es en inglés, y la Moix no habla inglés. Es porque Ana María chirría, por los catalanismos que cuela en todas partes. Porque… Ahmed tardó en contestar. Yo estaba sentada e inquieta. Bajé al baño, sollocé en el espejo para distenderme, oriné, bebí agua, me soné los mocos, me lavé la cara y volví a subir. Quise atajar el conato de llanto nervioso, no quería llorar en la silla, tenía muchas cosas que decir y no quería llorar en la silla pero acto seguido quise llorar en la silla por todas las cosas que tenía que decir. Lloré con los dedos índice y corazón en las sienes y los codos elevados. Lloro de significado, de revelación, respondí. A lo mejor la realidad es precisamente Juan porque lejos de Juan yo no me encuentro, lejos de Juan yo no me pienso luego yo no me existo, posible colofón. Echo cuentas y yo he estado junto a Juan en total catorce días o dieciséis y entonces qué, he existido dieciséis días en veinticinco años. La caja blanca es la habitación alquilada con una mesa y una silla y un ordenador adonde voy todas las mañanas a escribir, y la caja negra es este escenario con la escenografía de Beckett. Me acaban de llamar los del departamento de asesoría jurídica de Repsol para decirme que no me cogen porque no he pasado los psicotécnicos y yo pienso normal, cómo cojones voy a pasar los psicotécnicos si me paso la vida entre la caja blanca y la caja negra. Escribir un poema Después del polvo Patri y Borja descansan unos segundos el uno en el otro. Eso plantearía nuevas posibilidades escénicas. Borja sale de la luz y se le pierde de vista, a quitarse el condón o a limpiarse si acaso, mientras Patri se queda de pie en el sitio al lado de la lamparita, que le ilumina un trecho de falda, de vientre, de seno y de brazo desnudos. Es una falda roja de algodón grueso y poliéster que le llega por la mitad de las rodillas, densa y cómoda, con bolsillos. Si se ha corrido deja el peso en una pierna y bascula, suspira. A Borja le afecta menos, pero correrse o no correrse determina mucho el resto de la actuación de Patri. El primer clic lo ha dado Jose en el proscenio y es un flexo de luz blanca. El tercer clic lo. El cuarto clic lo ha dado Borja en diagonal con Jose y es otro flexo igual. A mí la luz me baña toda la cabeza y hasta la cintura, pero Ahmed es muy alto y sólo se le ve desde el flequillo y hasta la mitad del pecho. Yo llevo una camisa beige y una falda roja como la de Patri. Ahmed lleva una camisa celeste y unos pantalones chinos marrones. Dogy lleva puesta una camisa beige como la mía y unos pantalones marrones como los de Ahmed, pero de mujer. Borja lleva una camisa beige como la mía, pero de hombre, y unos pantalones como los de Ahmed pero del color rojo de las faldas de las chicas. Jose lleva chinos marrones y camisa como la mía y la de Borja, beige. Todos sonreímos, en especial Ahmed y yo, y en Borja y en Patri sonríen las endorfinas. Han pasado nueve minutos. Los jóvenes no tienen riqueza, no tienen sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política que servir. Ahora bien, resulta que los jóvenes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio peculiar bagaje, aquel que ellos incorporan y traen, sea también torpedeado y hundido. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y la incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia. Pues la crítica se hace con arreglo a unas normas, a unos patrones de perfección, y todo esto tiene en realidad que ser aprendido, le tiene que ser enseñado a la juventud, no es de ella ni forma parte de ella. Pero un mínimo de crítica, en el. Hoy existen mil interpretaciones, mil explicaciones acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto para nada. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años. La excitaré con el trapo sangrante de mi corazón y me burlaré, descarado y mordaz. Con la fuerza de mi voz camino gallardo, atronando al mundo, con veintidós años. Mi alma no tiene una sola cana ni tiene ternura senil. Soy dispar a los ilustres. Me importa un bledo que Homero y Ovidio no tengan nombres manchados de hollín. No mendiguemos del tiempo el perdón. Nosotros, uno a uno, somos las correas de transmisión de los mundos. Yo, escarnecido por la estirpe de hoy, como un chiste obsceno, veo a alguien que nadie ve remontando las cimas del tiempo. El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. JOSE: Creo que no. Creo que en esto reside todo mi interés. Y en las cosas sobre las que escribo. El amor, las canciones, las calles, los rostros, las ciudades, los niños. JOSE: Ah, es usted ruso. BORJA: Pero sólo me pongo a escribir cuando todas esas cosas han ido subiendo en mi interior al nivel de las palabras. JOSE: Yo soy maestro pintor, escultor y arquitecto. Pinto vírgenes, cristos y santos, esculpo vírgenes, cristos y santos, y diseño catedrales. JOSE: Porque si no se acaban creyendo que son buenos, y lo que es peor, la gente se acaba creyendo que son buenos porque la gente no tiene ni idea de nada, y uno, que es bueno de verdad, acaba ninguneado. Yo siempre que tengo oportunidad les enseño la espada a los pintores malos. Ya me habría gustado, ya. A quien maté fue a mi mujer. Yo a las mujeres sólo las mato en mis textos. Bueno, a las mujeres y a los hombres. JOSE: Es usted inteligente. BORJA: A mí me los puede contar, no me espanto por nada, y menos por las razones por las que se mata a una mujer. JOSE: Siempre son las mismas. A lo que le digo que oidores puede hacerlos el rey del polvo de la tierra, pero sólo a Dios se reserva el hacer un Alonso Cano. JOSE: Me cago en su puta madre. Yo le digo que la poesía es como la extracción del radio: un gramo de producto por un año de trabajo. Pero no se entera. JOSE: De qué se van a enterar los del fisco. Por emplear un lenguaje que él pudiera entender, le hago la comparación de que la rima es un barril de dinamita y la estrofa es la mecha. Se consume la estrofa, estalla la rima, y la ciudad revienta como un verso. Y entonces tengo que lanzarme a viajar, ciudadano inspector, haga frío o calor, y para eso tengo que trabarme de anticipos y préstamos. Soy deudor de los lampiones de Broadway, de los cielos de Bagdadí, del ejército rojo, de todo sobre lo que no tuve tiempo de escribir. JOSE: Muy bien dicho. Hamletada Ya no nos acordamos del violador. Ni del violador ni del nazi. Pasaron el casting, engañaron a Sara. Ella dice que a veces se le cuelan prendas como el nazi y el violador, lo dice así, que se le cuelan, que igual que hay locos listos capaces de seguirle la corriente al psiquiatra hay actores listos capaces de aparentar lo que no son en un casting, lo cual tampoco es que sea muy difícil dadas las limitaciones estructurales de cualquier casting, pero sí que es difícil en los castings de Sara Molina, porque Sara, consciente de esas limitaciones, valora cosas rarísimas en los candidatos. Sara valora por ejemplo que te quedes pensando. Iba de una mujer a la que le gusta que los hombres la dominen. Cuando termino Sara me pide que lo repita pero muy nerviosa. Entonces yo me pongo un poco nerviosa, no actuando sino de verdad, me pongo nerviosa porque no sé cómo ponerme nerviosa con ese texto. Miro al suelo, respiro profundo y me desquicio silenciosamente. Seguro que es una técnica suya. Y en esto que de los nervios sonríes y al final, después de un minuto eterno, te arrancas de mala manera y haces de nerviosa moviendo nerviosamente el pie de la pierna que tienes cruzada. A las tres frases de empezar Sara dice vale, gracias, y escribe algo en el papel que tiene delante. Se lo hizo a Ester, una chica que luego se descolgó, el día que trajo un monólogo de Rodrigo García. Sara valora cosas raras en los candidatos y el violador y el nazi eran excepcionalmente valiosos en ese sentido. A Sara esas cosas le ponen, como ella dice. Este salón me pone, ese abrigo que llevas me pone, esa entrevista a Cioran me pone, esta divagación me pone, esta forma de trabajar no me pone. Y a Sara el violador y el nazi le ponían, hasta que empezamos a no tragarlos. El problema con el nazi y el violador no era que fuesen un nazi y un violador respectivamente, el problema fue que se volvieron pesadísimos. Si hubiera añadido gracias alguien se habría reído, o no sé, porque el círculo se había quedado patidifuso, sobre todo los curiosos para quienes existe una curiosidad permitida y otra no. Pepe dijo que prefería no contestar a la pregunta, con lo cual la pregunta quedaba contestada, y aunque no hubiera quedado contestada lo importante era hacer la pregunta. Piqué, claro. Dije que cada vez que uno de los presentes hablaba yo me construía un castillo de prejuicios hacia él y que de momento todas esos prejuicios estaban siendo malos, no porque él o ella fuera efectivamente malo, aunque por supuesto alguien malo habría, sino porque estaban hablando demasiado y sin decir nada porque ésta no es la manera de hablar, esta es una manera completamente forzada. Ahora sé, porque me lo demostraron en el trascurso de los ensayos, que en ese momento me gané recelosos como Borja y el propio Pepe, pero también desperté simpatías inmediatas como la de Ahmed, que la hizo explícita saliendo sutilmente en mi defensa. Así me calló la boca y me provocó las ganas de llorar, que me aguanté hasta la hora de la pausa. Pepe sudaba como un cerdo, tenía piel de cera y ojos azules saltones, y una media melena que empezaba a clarearle por la coronilla. Era un gordo que estaba adelgazando a toda velocidad, es decir un flaco blandengue. Yo tenía la camiseta empapada no de mi sudor sino del sudor de Pepe, y a mí eso no me da asco, lo que me da asco es que sea un sudor completamente enmascarado, no de alguien que se echa desodorante para no oler mal sino de alguien que no quiere oler en absoluto, de alguien acomplejado que quiere pasar desapercibido. Y la frase de Pepe no me habría dado asco y yo no habría empezado a presumir sus trastornos sexuales si en lugar de decir pelitos hubiera dicho pelos, simplemente pelos, los pelos de mi trenza. Pero dijo pelitos, y esa guarrada diminutiva dicha a una desconocida no indica que te la quieras ligar por la vía guarra, indica que la quieres humillar. A mí me entra un tío diciéndome te quiero reventar ese culo o ese culazo que tienes y vale, puedo recoger el capote o puedo decirle no gracias. Pero me entra diciendo te quiero reventar ese culito que tienes y le doblo la cara por grosero. Estoy harta de verlo en Derecho Penal. Las víctimas relatan las perversiones de sus acosadores y todos usan diminutivos: voy a follarte por todos tus agujeritos, enséñame esas tetitas, te lo vas a tragar enterito, este dedito adónde va, y así. En los primeros meses de montaje de Zwölf, cuando todavía ni tenía nombre y los ensayos consistían en largas discusiones sobre la falibilidad del lenguaje y por tanto del derecho y por tanto de la democracia, desbarrando en torno a Habermas y Murakami, Pepe defendía cierta bondad ilustrada y hippy. El pueblo no sabe que sabe pero sabe, decía, y decía que esa era una frase de Séneca y que si Jose iba a parafrasear a Le Corbusier y yo a Emily Dickinson él quería ir de Séneca, toga senatorial incluida. Esto era coherente con mis otras sospechas: sólo alguien a quien le repugna su propio sudor puede querer interpretar a Séneca. En una de aquellas largas disquisiciones que nos ocupaban tardes enteras, Pepe nos habló de una obra de teatro que había visto. En un determinado punto de la narración empezó a hacer gestos raros y a balbucir. Entonces los actores… Los actores se ponen. Follando, Pepe, terminé yo la frase. Sí, eso, follando, admitió con su cara de cera de un rojo reluciente, como una manzana de cera de expositor. Eso era concluyente. Una noche después de los ensayos me preguntó con su amabilidad habitual dónde vivía, él iba en la misma dirección, había que hacer grupo. Me negué a ensayar la escena de desnudo con Pepe delante y convencí a Patri para que se uniera a mi renuncia. Todavía no conocía a Patri y la trataba con distancias porque me parecía demasiado alocada, pero en esto hicimos piña. En lugar de ensayar el desnudo la tarde que nos correspondía llevé otra propuesta. Hamletada lo llamé para mis adentros. En ese fragmento Garibaldo regresa de América a su pueblo natal en Italia, un pueblo costero, es la posguerra mundial y su amor de juventud, Esperia, lo espera desde hace diez años en una casa de la playa. Esperia había sido novia de los hermanos de Garibaldo y Garibaldo acabó por gustarle también, y viceversa, inercias familiares de éstas de Tabucchi, pero Garibaldo y Esperia nunca han sido novios, ni se han besado ni se han acostado ni nada, pero se han estado escribiendo cartas de amor y reproches todos esos años. La violó dulcemente entre las redes y las sogas podridas. Adapté el texto a primera persona de manera que la voz del narrador coincidiera con la de Garibaldo, para que donde decía En cuanto Garibaldo regresó fue a desatar el pasado de Esperia, dijera En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Y para que donde decía La violó dulcemente dijera La violé dulcemente, y me propuse a mí misma como Esperia y a Pepe como Garibaldo, que aceptó encantado de que alguien lo incluyera en una de sus improvisaciones. En cuanto regresé fui a desatar el pasado de Esperia. Lo hice como me dictaba la naturaleza: con el ímpetu de una adolescencia incongruentemente reciente. Para llegar hasta la casa de la costa recorrí a pie el mismo camino que habían hecho mis hermanos todos los domingos. Era mayo y las retamas amarilleaban las dunas. Las redes, abandonadas en los cañizos y acostumbradas a la tierra, se habían convertido en vegetales; nacían en ellas campanillas rosadas, carnosas, que casi parecían ombligos. Esperia, cuando me vio en el umbral, comprendió para qué había vuelto, recitó Pepe engolando voz de Serrat, qué malo era, y nos pusimos de frente. La mano le chorreaba. Entonces cerró los ojos, se rio y se salió de la escena. Perdón, ay, lo siento, se excusó. Me he puesto nervioso, repetimos. Pues claro que se había puesto nervioso el hijo de puta. No pasa nada, Pepe, repetimos. Pausa para cogerme la mano, pauta por él introducida. Acto seguido hizo su pregunta de rigor: Por qué has elegido este texto. Yo continué con la milonga de las inercias familiares, satisfecha. Pepe dejó de acudir puntualmente a los ensayos hasta que dejó de venir, y nunca vimos su improvisación de Séneca. Pero qué hilo, si yo en mi vida he puesto por escrito los montajes, nos decía Sara que no se atrevía a decirle. Los abuelos de Walter eran alemanes establecidos en Brasil, donde sus padres y él habían nacido, y esta vez la pregunta que había que hacer estaba clarísima y la mentirijilla que nos iba a responder también: después de la guerra Alemania estaba destrozada, emigraron para buscarse la vida. No tuvo huevos de hacer de Hitler en Schweyk en la segunda guerra mundial, de Bertolt Brecht, cuando se lo propusimos en otra hamletada. El verdadero reencuentro Borja no recita el poema, lo dice. No lo dice coloquialmente, como si no le diera importancia a su contenido, pero tampoco imposta afectación a su significado. Tampoco lo larga como un autómata. Nuestra aspiración es reproducir en tanto que opuesto a recitar. Nuestra aspiración es que Borja no recite sino que reproduzca el poema, que lo reproduzca en el sentido biológico del término, aquél de la EGB de los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, o sea que no reproduce el poema sino que reproduce al poema. Luego mira a su mujer, todos estos años conmigo, piensa. Antes de que el taxi se pierda en la lejanía le da tiempo a observar su carrocería antigua y sus colores apagados y su letrero con la X fundida. Eso y que ha sacado el genio de su abuelo. A ellos les encanta jugar a eso, se yerguen y acercan su oído al radiocasete. Empieza la canción y esta vez es Gloria, que ha empezado a desarrollar los pechos, la que la identifica primero. Ahora eran cinco otra vez. A Ataulfo no le quitarían la licencia. Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías y revistas literarias. Escribo con conciencia de estar realizando una labor creativa desde muy niña, desde que iba a la escuela, y por dos razones: porque me daba mucho placer y porque mis padres eran extremadamente estrictos con mis notas. El lenguaje y el relato impuestos por el poder económico, cultural, político frente al lenguaje y al relato nacidos de mi experiencia y la de mis iguales, que ni tenemos ni queremos el poder. Esos no me han abandonado nunca. Me interesa la literatura que extrema las posibilidades del lenguaje y que desacraliza el hecho literario. Una literatura creativa con su materia prima: la lengua, entendiéndola como la institución de poder que es y de la que haríamos bien en emanciparnos. El cómic, la poesía, el teatro y el ensayo son nuestros aliados. Tengo entre manos una pieza de danza llamada Catalina, de la cual soy intérprete y coreógrafa dentro de la compañía Iniciativa Sexual Femenina. Tengo unas compuertas instaladas en las sienes. Cierran en vertical, como las del metro, y me clausuran la cara. Así son, en efecto, las compuertas del metro. Aunque se pueda ver perfectamente lo que pasa al otro lado, son lo suficientemente altas y resbaladizas como para que no puedas ni saltarlas ni agacharte para pasar por debajo. O eso o pagar el billete, claro. Hablo de estas mis compuertas y no lo hago en un sentido figurado. Qué retorcido, qué subliminal y qué rancio. Mis compuertas son visibles. Desde las sienes y hasta las quijadas se abren sendas ranuras por la que cada compuerta entra y sale. Volvió a darle al play y se puso la primera delante del espejo para que la siguiéramos. Ejecuto los movimientos con un segundo o menos de retardo, tiempo que necesito para imitarla de reojo y recordar lo que viene después, pero los ejecuto intensa y redondamente, y eso me satisface y me hace sentir una buena bailarina. Soy una buena bailarina. Contó cinco-seis-siete-ocho y arrancó, melena al viento por ella misma Ya no bailo sino que balbuceo de mala gana. No estoy deconstruyendo en series de movimientos el ovillo desmadejado que es la danza, no estoy agarrando el extremo del ovillo para no perderme en el laberinto de direcciones que es la danza. Entre las siete u ocho alumnas hay un alumno. Es un hombre pero ante todo es un macho, un demostrador constante de su hombredad en un grupo formado por mujeres. Va vestido con descoloridos colorines, mal afeitado, con el pelo largo y la apelación a la comunidad y a la cultura siempre a punto. O sea, un fascista. Fascista y macho son para mí sinónimos. Sin embargo el macho hizo como que no las vio y, cuando terminó la coreografía de la que yo me había salido, se me acercó para indicarme en lo que me había equivocado y se ofreció a corregirme. Sí sí, ya ya, le respondí sin moverme del sitio. Madre mía de mi vida, menos mal que las compuertas estaban cerradas y que la machedad llegaba amortiguada por mi total carencia de interés hacia el entorno. Este es un claro ejemplo de No es que antesdeayer no pudiera seguir la coreografía, es que no quería seguirla, es que no me daba la gana bailar coordinadamente con siete desconocidas y un macho, no me daba la gana masturbar los sueños de coreógrafa de la bailarina que ha terminado de profesora en un centro cívico municipal y no me daba la gana fingir el nivel de una compañía profesional de danza cuando en realidad somos un grupo de nenas en una guardería para adultos, y esto de tener la voluntad de no hacer algo la gente no lo entiende. Yo intenté mangarle a otra amiga una copa menstrual por su cumpleaños y es verdad que no encontré dónde, ni en El Corte Inglés, y que las farmacias dan reparo. Yo no sé qué coño tiene la píldora de emancipadora. Se trata de la salud de nuestras adolescentes, que no me entero. Pero si el sida no existe, Nati, qué dices. Ni el uno por ciento de la población. Pero es que yo no follo con españoles, Marga, porque son todos unos fascistas. Todo el mundo se quitó los calcetines menos yo, que tenía una ampolla en proceso de curación en el dedo gordo del pie derecho. La profesora repitió la disimulada orden. Era disimulada por dos motivos: prime Y segundo, era disimulada porque no se dirigió a la otredad que en toda clase, sea de danza o de derecho administrativo, constituimos las alumnas con respecto a la profesora. Si hubieran sido varias las personas con calcetines, la profesora habría comprendido que alguna causa, por minoritaria que fuera, las movía motivadamente a actuar de un modo distinto y habría tolerado la diferencia. Una causa minoritaria de insumisión puede llegar a ser respetable. Una causa individual, no. Todo el mundo miró los desnudos pies de los otros. Soy miope y para bailar me tengo que quitar las gafas, por eso no puedo afirmar a ciencia cierta que todas las miradas se concentraran en mis pies vestidos. Tras las dos disimuladas órdenes fallidas, la profesora sueca Tina Johanes llegó a la conclusión de que yo, aparte de miope, debía de ser sorda o no hispanoparlante. Ya ni pirueta ni nada. A la mierda el espejismo de estar aprendiendo a bailar. A la mierda los cuatro euros la hora en que se me quedan las clases con el descuento para parados. Cuatro euros que podría haberme gastado en ir y volver en tren de la sala de ensayo de la Universidad Autónoma, donde bailo sola, mambo, desnuda, mal. Cuatro euros que me podía estar gastando en cuatro birras en la terraza de un chino, cuatro euros que inaugurarían una fiesta o que me lanzarían mortalmente en la cama sin espacio para pensar en la muerte. Tina Johanes es una figura de autoridad. Yo soy bastardista pero de pasado bovarístico, y por esa mierda de herencia todavía pienso en la muerte, y por eso estoy muerta por adelantado. Es muy arriesgado, el viaje es largo y estar pendiente del revisor del que huir durante doce paradas me revienta los nervios, que se me arremolinan en el estómago y me entran ganas de cagar, y son doce las paradas que me paso aplacando los retortijones. Alguna vez he llegado a la Autónoma con las bragas cagadas. Después de soltar un poquito No, en los ferrocarriles de corta distancia de la Generalitat no hay lavabos. Hay que subirse en el tren meada, cagada y follada. En los trenes gestionados directamente por la Renfe y el Ministerio del Interior sí que hay lavabos. Dímelo, Angelita, te estoy leyendo el pensamiento y estoy deseando oírlo: Tina Johanes te estaba pidiendo que te quitaras los calcetines por tu bien Angelita no dijo Tina Johanes. Para que no te resbalaras. Para que no te cayeras y te hicieras daño. Para que bailaras mejor. Eres una exagerada. Eres incapaz de toda empatía no lo dijo así. Has pagado por unas clases de danza, o sea, has pagado por recibir órdenes tampoco lo dijo así. Te equivocas, le respondí yo. Te equivocas muchísimo. Una medio guapa, y ya no te digo una guapa o una tía buena, no tiene derecho a la radicalidad. Santiago de Compostela, Escritora y crítica teatral, doctora en Filología por la Universidad de Santiago y diplomada en Estudios Teatrales por la Sorbona, es columnista en el periódico La Voz de Galicia y, fundamentalmente, novelista. Se dio a conocer en con la novela Neve en abril a la que seguiría el libro de relatos Rosas, corvos e cancións , género al que regresa en con Tinta. Empecé a sentirme escritora a los 17 años, al publicar mi primera novela. Una de ellas es el paso del tiempo, especialmente en lo relativo a nuestras desmemoriadas repeticiones, lo cual me ha llevado a hablar también de la madurez. Otra constante es la reflexión sobre la identidad femenina; es desde ahí como llego a un tema que centra casi todo lo que he escrito:. Como mujer de teatro, siempre Shakespeare esa forma de ironizar… , Beckett la no-lógica y Camus la sencillez. Hace cuatro años que escribo sobre la verdad y la mentira a partir de un hecho concreto: una agresión sexual en el seno familiar. Ahí empezó todo. Siempre empieza así. Margot lleva tanto tiempo esquivando esa palabra que incluso ha llegado a olvidarse a sí misma. Todo el mundo dice que es así, y por eso ha dado por hecho que en su caso también sería de esa manera. En sus paseos de otoño al aire fresco de las mañanas de Vigo, fantaseaba continuamente con esa idea. Sabría reconocerlo entre millones de gitanos rubios y de ojos verdes, con su imaginario plato de lentejas en la mano. El hijo pródigo va de eso. Y sin embargo, cuando Margot entró hecha un flan en la sala de visitas, tuvo que esperar a que un funcionario le dijese Margot pensó que el cristal era una buena idea para los primeros encuentros, y se sentó. También intentó sonreírle, pero estuvo convencida de que cualquier gesto suyo, en ese momento, iba a parecer falso. Y no sabía muy bien qué hacer con las manos. Margot tuvo mucho cuidado en ponerse una ropa que le cubriese las marcas de la mala vida. Manga larga para que su hijo no viese las cicatrices de las jeringuillas primero y de los goteros después. Un jersey negro de cuello alto, para disimular esas arrugas que se colocan en los cuellos cuya piel se ha estropeado con los excesos de alcohol. Como si fuese a tener un vis a vis con Isabel, Margot decidió ese día maquillarse a conciencia. En el fondo siempre quiso que su hijo creyese que llevó una vida radicalmente distinta de la vida en la que la colgaron el día que la dejaron medio muerta delante del hospital que la salvó a medias. Margot siempre ha pensado que, después de muerta Isabel y con su madre totalmente anulada por el miedo, se quedaría sola para siempre, e incluso llegó a dudar de si aprovechar o no los permisos penitenciarios cuando empezasen a concedérsele. Pero de repente todo cambió. Dudó, vaya si dudó. Mientras desayuna, piensa ahora que son curiosas estas ganas que tiene de limpiar a conciencia la colección de teteras de porcelana. En otras circunstancias le daría una pereza terrible, bajarlas todas de sus estantes, pasarles un plumero una a una, y en algunos casos lavarlas con agua bien caliente con jabón, porque a veces el polvo se queda pegado en la porcelana y no hay quien lo quite. Pero después de llevar tantos meses sin hacerlo, Margot empieza a creer que estar en su casa limpiando es el mayor gesto de libertad que existe. A su hijo le va a extrañar su estilo decorativo. Los clientes se adaptan a una y si desapare Margot espera que su hijo no se ponga a recomendarle estudiar, o montar un estudio de decoración o cualquier cosa de esas, cuando le abra la puerta de su casa y lo invite a entrar con el aroma de un buen guiso en la cocina. No, eso no va a pasar. Eso es muy de madres, no de hijos. Si le dicen algo a alguien, no hay trato, insistió Margot. A pesar de criarse donde se crio, su hijo no entiende muy bien lo que es un destierro gitano. Puede ser que tenga parte de razón y Margot exagere, tantos años después. Los destierros son de por vida, querido. Lo sintió absolutamente ajeno a ella. Claro que sí. A esas alturas, ya Margot no podía dejar de llorar. Eso de llorar en la sala de visitas no es sólo cosa de las películas. Le fue suficiente para entenderlo todo y para poder comenzar la vida que decidió comenzar. Hace mucho que he salido de allí, de aquello. Pero se alegra mucho, con una alegría inexplicable y un orgullo esencial, de que su hijo haya sido capaz de lograr que a él le tocase la buena. Nada interesante. Ninguna desgracia. Ni una enfermedad, ni una viudez, ni un disgusto. Margot comprobó con amargura que Isaac y los suyos salieron triunfales, y eso le dolió como pueden doler pocas cosas a una puta toxicómana y ladrona que sabe muy bien lo doloroso que es vivir privada de la libertad desde que era una cría moribunda. La madre de Margot tuvo la habilidad de darse cuenta de que un gitano rubio y de ojos verdes, a su manera, también ha tenido que tenerlo difícil allí donde lo han criado. Y desde luego, la casualidad genética fue la que hizo que, desde niño, se aferrase a la idea de vivir de otra manera. Qué te voy a contar a ti. Uno es lo que es. Nosotros no inventamos el crimen, ya ves. Pero lo cierto es que Margot ha pensado muchas veces, todavía lo piensa ahora, cómo habría sido todo si no fuese gitana y si no fuese mujer. Si ella fuese Isaac en lugar de Rebeca. Si no la sacasen de la escuela para casarla y tener hijos tan joven. A Margot no se le escapa, tampoco, que su hijo ha tenido margen por ser hombre, y por primera vez en su vida, allí sentada con el cristal entre ellos, Margot se alegró de haber parido a un hombre y no a una mujer. Si este hijo suyo fuese niña, seguro que la mataban a golpes el mismo día que casi lo hacen con Rebeca. Mientras prepara la pequeña mochila con ropa para su primer permiso, Margot planifica sus días en libertad. Tiene que ir a ver a sus amigas, por supuesto, ellas son su familia, o por lo menos, lo eran hasta ahora. Y por supuesto, mañana se va a levantar pronto y va a recorrer las calles. Va a bajar por Torrecedeira hasta las conserveras, y antes, quiere desayunar en el Copa Dorada un croissant con un café con leche y un zumo. Hace siglos que no toma un croissant recién hecho. Margot ya casi no se acuerda de lo que es escuchar el silencio. Al cerrar la mochila, piensa en la Escritora. Margot ha planificado una vida muy normal para su permiso. Ha pensado ir a los lugares donde van los vigueses corrientes a las horas en las que se mueven ellos. Podría, perfectamente, encontrar a la Escritora. Aunque, no sabe por qué, cree que la escritora vive en un Vigo distinto del de Margot, por mucho que ésta se empecine en acudir a los lugares en los que imagina al resto de las personas de la ciudad. Cuando le regaló la mochila, Margot creyó entender que era mejor no volver a verse. Margot le agradeció el detalle y le preguntó qué iba a hacer ahora. Como si fuese un producto de la imaginación y de la vida de Margot, o como si todo en la vida de la Escritora dependiese, en realidad, de la existencia o inexistencia de Margot. Si Margot no se pregunta qué sería de ella, es imposible que las dos coincidan. Eso sí, si Margot pudiera, seguramente le pediría que escriba la historia de su hijo. Esa sí que merece la pena contarse. Probablemente es una tipa con suerte, pero también es verdad que alguien como ella no pinta nada en prisión. Pero al final, qué cosas, aquí sólo queda ella. Todas se han ido, sea como sea, y Margot se ha quedado como se queda siempre. Ahora mismo, con la mochila de la Escritora a la espalda, es muy consciente de su soledad porque no tiene de quien despedirse. De un modo u otro, las despedidas todas se le han ido adelantando sin que ella pudiese controlar nada. De hacerlo, Margot aprovecharía un permiso como el que va a disfrutar ahora. Iría a la playa de Coruxo, se descalzaría, se quitaría la ropa lentamente, y se pondría a andar hacia las Cíes hasta que el agua le cubriese el cuerpo y se le metiese por los conductos respiratorios. Como aquella tal Alfonsina de una canción de la que oyó discutir una vez a la Escritora con una de las colombianas. En realidad, por lo visto, Alfonsina no se había internado lentamente en el mar, como contaba la canción, comentaba la Escritora, sino que se había lanzado desde un alto. Y sí, Margot también se iría con su soledad para que una voz antigua de viento y de sal le quebrase el alma. Llegó a tenerlo muy bien planificado, pero ahora se alegra de que vaya a ser una muerte desperdiciada..

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